Hotel Flamingo (Tercera y última parte)

Texto y portada: Bruno Herley.

Primera parte: http://mamborock.mx/hotel-flamingo-primera-parte/

Segunda parte: http://mamborock.mx/hotel-flamingo-segunda-parte/

*

Manuel salió del escenario con una molestia en su rodilla derecha, había saltado sobre una mesa en uno de los actos de la obra Octubre fue hace mucho tiempo. El escaso público, boquiabierto por el brinco y no por la trama, aplaudió parado. En el camerino lo aguardaban Pablo, Jonás, Alberto y Braulio, sentados en el piso y con una Coca-Cola cada uno.

Manuel, largo como rama seca, salió de la obscuridad del pasillo al entrar por la puerta, —¿Y ustedes? ¿Qué hacen aquí?
—Vinimos a verte. Estuvo chingona la obra —Braulio sonrió y levantó el mentón para alcanzar los ojos de Manuel.
—Flaco, te venimos a invitar a algo —dijo Pablo.
—¿Y ahora qué planean, pinches enfermos? —El actor escupió las palabras.

Jonás, con la luz del techo sobre la cabeza, las sombras se centraron alrededor de sus ojos y las pupilas brillaron intensamente, —Vamos a matar al candidato.
—No chingues. Apenas y hacen plantones —Manuel acomodaba su vestuario en una maleta.
—Vamos a realizar una protesta cuando venga el candidato —rectificó Pablo.
—¿Y qué quieren de mí? ¿Les faltan manos para cargar mantas?
—Exactamente —dijo Braulio.
—Vamos a ir a hacérsela de pedo al candidato cuando venga de campaña —Jonás miró a Manuel como si los demás no existieran.

*

El muchacho flaco del hotel notó que no había personas en las habitaciones contiguas alquiladas por Rick y concluyó que la noche sería el momento ideal para ganarse un dinero extra, siempre y cuando los inquilinos no hicieran ruido, para motivarlos les cobraría la mitad. Fue Braulio quien lo hizo, llegó en una noche lluviosa, solo y con un cuaderno de cuero negro.

*

Habitación No. 6. Hotel Flamingo.
18 de febrero de 1994.

Cuando llegué por primera vez a esta habitación quise vomitar todo lo que era yo: «…lleno de mí –ahíto- me descubro en la imagen atónita del agua…», diría Gorostiza. Había dentro de mí una rabia enorme, una frustración venida de no sé dónde; hubiera matado al mundo entero. Dormí profundamente, como hace mucho no lo hacía. Creo que soñé algo, pero no recuerdo qué.

El caos

Los acontecimientos venideros, proyectan su sombra por anticipado.
J.W. Goethe.

I
La calle era salpicada por sombras de árboles donde el hombre aparecía y desparecía; encorvado y con mochila al hombro, temía voltear por las amenazas. «Ahora lo entiendo. ¿No quería barrer su porche? ¡Qué nos importaba! ¿No quería podar su árbol? ¡A nadie molestaba! ¿No quería pintar su casa? ¡Ni que fuera la nuestra! Ahora estoy siendo devorado. Esta cosa ha digerido la mitad de mi cuerpo. Poco a poco él soy yo».
Sentada en el comedor, Mamá revolvía el café, el sonido de la cuchara en la taza era un tintineo continuo. En las cuencas de sus ojos las pupilas brillaban como diamantes diminutos. Su pelo caía por los hombros y en medio de sus senos.
«Ella ya no es Ella. Nadie es nadie en esta casa. No sé si la amo. Es tan idéntica. Hubiera sido feliz con ella».
Papá, con los brazos abiertos en el respaldo del sillón y la cabeza hacia atrás, en su cintura sentía un jaloneo constante: con parsimonia Dios lo devoraba.
«Recuerdo el día cuando descubrí algo raro en Hijo. Respetuoso, como le enseñé, daba los buenos días todas las mañanas y sus frases diarias eran: “Madre, me puede hacer desayuno, por favor. Madre, puede preparar la ropa, por favor”. Su lenguaje era un mármol cincelado con dureza y amor, un puente para el orden en casa».
Al otro lado de la mesa, Hija miraba desde la habitación, la luz sepia de la tarde, cubierta de polvo, bajaba desde la ventana hasta sus pies y proyectaba su sombra hasta el comedor.

II
«“Madre, hazme desayuno”, dijo mi hijo. Esa fue la frase donde descubrí algo raro. Creí que era por la edad. A partir de la inversión en la frase, Hijo varió minuciosamente sus actitudes, y yo, su guía, fui percibiéndolo. Alterar el orden en casa era alterar el bienestar de todos; todos pertenecíamos a todos. Recuerdo la tarde cuando Hijo llegó de la escuela, le pidió a Madre que le sirviera. Yo le había enseñado a acomodar el plato cerca de él, para que pudiera inclinarse por si caía comida de su boca, ese día lo retiró un poco, sin embargo, comió como yo le había instruido: masticar lento, no tomar otro bocado hasta haber tragado el que tenía, beber agua hasta terminar la comida, dejar los cubiertos adentro del plato y el plato en la mesa para que Madre lo recogiera. Me propuse observarlo.
»Mi madre tenía la manía de decir: “Que mejor te vaya”, hacía alusión a que el día fuera mucho más esplendido cuando uno se despedía. Crie a Hijo apegado a ella y de ahí él adquirió la frase, volviéndose una muletilla en la familia, hasta que un día la cambió: “Que te vaya bien, Padre”. Sospeché que era drogadicto. Busqué en su habitación algún indicio y solo encontré un orden distinto en ciertas cosas: muchas veces le dije que no ubicara la computadora frente a la ventana, lo distraía de su academia por estar mirando hacia la calle, ahora la mitad de la pantalla del aparato daba precisamente hacia la ventana. El cambio en Hijo era un asunto de no poca importancia, sospeché que algo pasaba.
»Días después, descubrí que hacía falta un juego de ropa, al preguntarle por ella, contestó que también lo había notado y preguntaría a Madre. Desconcertado, le ordené hacerlo. En el fondo no supe qué hacer. En la tarde, al regresar del trabajo, aprovechando que aún no llegaba de la escuela, busqué su muda por toda la casa y no la encontré.
»Al día siguiente, cuando nos disponíamos a cenar, noté algo raro en Hija. No ayudó a Madre a servir la mesa. Sentada, miraba fijamente a Hijo y los dos sonreían. No sé qué me contuvo de levantarme y abofetearlos, solo recuerdo un respeto desmedido por ellos, casi miedo».
Dios había llegado al pecho de Papá, después lo tomó de los hombros y con pequeños empujones lo atraía hacia sí para engullirlo. No faltaba mucho para tragarlo entero.
«Cuando me percaté que Hija tenía las mismas actitudes que Hijo, pensé en el indeseado cambio generacional y el trastorno en casa, los futuros dolores de cabeza por la anarquía de su comportamiento. El temor creció al ver que, a pesar de sus pequeños cambios, ambos seguían a su modo las reglas de casa. A Madre le pareció natural, incluso adoptó ciertas maneras de ser de los dos. Sentí una necesidad imperiosa por aplicarles correctivos, pero no me atreví. ¡Maldita sea la hora en que Hijo cambió! ¡Lo preferiría muerto!
»Noches después tuve una pesadilla: al entrar a mi habitación encontré a Madre con algo en la cama, nada que haya visto podría describirlo, encima de ella bufaba como un toro furioso. Sentí temor y un deseo que aún me hace temblar. No me atreví a acercarme a pesar de que ella, con los brazos abiertos, me pedía abrazarla. De repente, esa cosa la tomó del cuello y la empujo hacia lo que parecía ser su boca: la engulló».
III
¿Ha visto un árbol caído sobre un hombre? Eso parecía Dios sobre Papá. O, tal vez, una laguna con todos los seres dentro. Frente a él, Madre sonreía y una especie de escupitajo formaba lentamente sus piernas. Hija, aún parada en la puerta de la habitación, tenía el ojo izquierdo enorme, con pequeños nervios latiendo alrededor al darle la forma adecuada.
«Todos se habían puesto en mi contra. El orden en casa era laxo. Madre, Hijo e Hija vivían en un edén: nada les importaba. Yo me dejé llevar. Esperaba algún momento para hacer los reajustes necesarios y volver a la normalidad. Quien más me sacaba de quicio era Hijo: sus ademanes preparaban una rebelión en casa.
»La noche del caos trataba de olvidar los sucesos en casa. Madre dormía profundamente. Algo sujetó fuertemente mi pierna derecha, al mirar, descubrí a Hijo con mi pie en su boca, sus ojos eran dos enormes glóbulos rojos que me miraban fijamente. Le di un golpe con el pie y logré zafarme; no lo encontré donde supuse que cayó. Fui a su habitación y lo hallé dormido. De vuelta a la cama escuché a Madre decir: “Dios ya está aquí”.
»Una tarde fueron a pasear al parque. Aproveché para buscar en casa algún indicio del porqué los cambios. Tuve la sensación de que se habían marchado. La soledad era con o sin ellos. ¿Qué más podía pasar? Mi familia se iba al diablo y no sabía el motivo».

IV
«Nada era igual, sentí que en casa hacía falta algo, extrañamente pensé que era yo. Una y otra vez miré a Hijo tratando de devorarme. El agotamiento me llevaba a aceptar todo: ¿no quieres acomodar el plato? Adelante, es tuyo. ¿No quieres estudiar? Adelante, es tu vida.
»Cuando llegaron, Hijo se paró frente a mí y me ordenó sentarme. Su voz era un manantial que si bebía de él tendría sed. En su rostro cada palabra era un gesto y un discurso sin tiempo. Me llevó en sus brazos hasta el sillón. Sentí en sus manos las alas de mil ángeles y en su pecho el calor de un brasero. Era lejano a lo que podría llamar humano, era hombre natural, copia exacta de sí mismo.
»De la boca de Dios cayó una baba tibia, con ella lavó mis pies, después se trasformó en algo que no alcanzo a describir. Tal vez era el único acto de amor en la vida. En ese momento caminaba a sus fauces como un cordero al altar. Reclamó lo suyo y yo no podía interponerme. Llegó a mi rostro, escuché su masticar lento, el tronar de mis huesos como el tintineo de la taza. Miré el resto de mi cuerpo sumergirse en un ojo de agua verde, ahí escuché a millones de rostros diluirse con gratitud. Dentro de él los planetas eran mapas de él mismo, no había referencia para entenderlo: necesitamos de él para representarnos. Cerré mis ojos y me dejé llevar hacia la nada. Me encomendé a quien me devoraba».

*

Rick metió en el programa de la computadora palabras clave: mandamás, águila uno, el bueno, huevos de oro, etcétera: el objetivo era registrar cualquier conversación que las incluyera.
Matías, sentado a un lado de la ventana, miraba a la luna sobre una nube gris.
—¿Qué tienes? —dijo Rick mientras programaba en la computadora.
—Pienso en el plan —Matías volteó.
—¿Recuerdas la declaración de Urquizo?
—Sí.
—Ya hay un efecto: el tecnócrata se ha vuelto populista, achicó el círculo de seguridad.
—¿Quién te pasó la información?
—Los medios.
—Nos cae del cielo. Ya veremos qué tan cierto es.
—Cierto o no, El Grande lo tendrá a tiro.
Había llegado la noche y Braulio a la habitación contigua; sin hacer ruido, tendido en la cama, miraba fijamente el techo.

*

Manuel caminaba en zancos de un lado a otro en el patio. Pablo, desde abajo, trataba de encontrar algún gesto de aprobación a sus palabras.
—Es sólo una manifestación. ¿Estás de acuerdo con todo lo que sucede en el país? —dijo Pablo.
—Sé que todo es un desmadre total.
—¿Entonces?
—Una cosa es pararte afuera del palacio municipal o en la calle, otra cosa es andar haciéndosela de pedo al delfín del presidente.
—No seremos los únicos. Hay otros que estarán ahí. Los de Izquierda Unida, por ejemplo.
—¿Esos pendejos? Esos cabrones son felices con su regidor. Se la llevan sacándole dinero nada más. Hasta gordos están los cabrones comecuandohay.
—También estarán los que apoyan a los zapatistas

La sombra de Manuel era larga, pasaba sobre Pablo y se doblaba en la barda, hasta perderse en el cielo, —Ok, pues. ¿Qué quieres que haga?
—Zanquear con una pancarta con una caricatura del candidato que hará Braulio —dijo Pablo.
—¿Nada más?
—Nada más.
—Haré mi contribución a la revolución.

*

Habitación No. 6. Hotel Flamingo.
28 de febrero de 1994.

Él estaba parado en un puesto de revistas, me llamó la atención la costura de hilo rojo en su saco gris. Las solapas, desgastadas, lucían sucias. Traía un maletín y una bolsa con chácharas. Parecía todo un burócrata. La casualidad me llevó hacia él: pasé por ahí con el tedio de siempre, como si cargara una maleta invisible; verlo fue un trago de agua fresca.
Lo seguí hasta su trabajo, un edificio de tres plantas, con la fachada quebrada por el sol y la humedad. Subió las escaleras con un cansancio parecido el mío, movía los brazos casi a punto de derrumbarse, era un hombre vencido, entregado a quién sabe qué desdicha. Volteó a verme, tal vez supuso que lo seguía, su rostro una especie de corteza de árbol podrido. No dijo nada y siguió su camino, sentí que pedía a gritos que lo separara de este mundo. Lo esperé hasta la hora de su salida.
Apenas dobló la esquina y le clavé el cuchillo en la espalda, atravesé el pulmón y el corazón con una sola estocada. Sé que en el fondo admitió su muerte como el sediento de corazón admite el agua sobre la sien. Cayó despacio, recargado a la pared, apenas lanzó un quejido y quiso tomar mi mano; su mirada era hueca, un pozo con renacuajos. En ese momento sentí la soledad más sola, tuve miedo por ello, ganas de soltar el llanto y salir corriendo a casa a brazos de mi madre, acariciar su panza, oler su pelo, escuchar su respiración bajo su regazo. La calle estaba sola, la lámpara parpadeante de un poste nos iluminaba a ratos.
Ese hombre tenía una costura mal puesta, sinónimo de una esposa enfadada con su vida —traía un anillo de matrimonio—, o tal vez esa mujer no sabía zurcir, o tal vez la mujer lo mandó al diablo porque ganaba poco o porque ella se va con otro o porque tienen varios hijos y no se dan abasto. Esa costura era la representación fiel de su inútil vida, de toda la vida inútil que nos rodea. Tanto trabajo para remendar el saco y ahora estaba ahí, con la vista perdida hacia el cielo, con la sangre coagulándose en las venas. Era un pobre diablo, un pendejo que merecía morir, un representante de la masa lumpen, esa que enciende la tv con el control remoto y cree que es el máximo progreso de la humanidad y con ello justifica la historia: ¡viva el mundo!
Llegué a casa agotado. Papá estaba borracho, sentado en una esquina, su mirada casi me fundió y no pronunció ninguna palabra. Encontré a mamá en la cocina, golpeada. Si mi madre muere primero, mataré a papá en la primera oportunidad.
 

*

El Grande aventó sobre la mesa una maleta con ciento cincuenta mil pesos, —¿Listos? Es el adelanto, para que le metan ganas a la chamba, cabrones.
—Mejor denos todo el dinero de una vez —El Mauro.
—Si les doy todo se pelan y dejan tirado el trabajo —El Grande, de manera simulada, acarició la Colt .45 que traía enfundada en la cintura.
—No seas pendejo. Esto es la entrada. Cuando gane el huevos de oro nos va a ir de lujo —El Porras no quitaba la mirada del dinero, apenas y pudo pronunciar las palabras de tanto salivar.

El Panochas estaba parado a un lado de la mesa, la luz de la lámpara dilataba la sombra de sus cuencas sobre el resto de su rostro, —Me voy a chingar el dinero en una noche.
—No quiero que hagan desmadre. Necesito que estén en sus cinco sentidos. Así que mejor dejen la fiesta para otra ocasión, o no les traigo la otra parte —El Grande miró a los ojos a todos.
—No se preocupe. Yo me encargo que estos cabrones no hagan su relajo —El Porras.

*

Habitación No. 6. Hotel Flamingo.
01 de marzo de 1994.

Matar a un político es cosa fácil. La historia lo demuestra. Hay muchos métodos y pocos motivos. Todo es un jaloneo de poderes. Las consecuencias de ello son múltiples: guerra, culturales, políticas.
Planean matar al candidato. No sé cuál será el motivo. ¿Qué repercusiones puede traer? Temo de solo pensarlo, con la guerrilla en el sur, todo puede suceder.
¿Qué será de mí? ¿Qué será de todo lo que hago para llenar este vacío? ¿Y si los rebeldes toman el poder por este asesinato? ¿Y si llegan otros al poder? ¿Y si cae el sistema? No pueden quitarme lo que es mío, es lo único que tengo. La gente es estúpida y solo sirve para llenar lo que no sé qué tengo. El mundo de por sí ya es una basura y llenarlo de esperanza, de utopías, sería comenzar de nuevo, reiniciar la caída, llegar al mismo punto donde está la nada. Hay que ver la revolución: mejor hubiera continuado Porfirio, ya había caos, vacío, no era necesario dejarnos caer otro velo sobre los ojos. México seguirá siendo la democracia de un hombre, el sistema de un hombre: el gran tlatoani.
 
Tripartita

A las tres de la tarde, como estaba previsto, Carlos recibió a Dios y el Diablo en la sala de su casa, para ello dispuso de té verde para avivar la plática y unas galletas para disimular los silencios incomodos; sentados en los sillones, miró cómo el último había tomado para sí la mayoría de las galletas.
—No le hagas caso, así es este —dijo Dios.
—Desde que me arrojaste de casa he trabajado como burro. Tengo que recuperarme —contestó el Diablo.
—Cuando los hijos cumplen la mayoría de edad, lo mejor es arrojarlos de casa para que sepan defenderse. Algún día estarás en mi lugar. Si permanecieras en casa nada aprenderías —contestó Dios y tomó su taza con las dos manos.
—¡Coño! ¡Pero si somos idénticos! —dijo Carlos
—A ti y a este los formé a imagen y semejanza mía —dijo Dios.
—No tanto. Yo por lo menos tengo independencia —replicó el Diablo.
—Cuando alcances mi edad entenderás ciertas cosas. Eso del libre albedrío es una argucia mía para ponerte a trabajar —señaló Dios.
—¿Y por qué los demás hombres no son iguales a mí? —preguntó Carlos.
—Porque los demás hombres son una creación de tu imaginación —contestó el Diablo.
—¿Quiere decir que soy Adán? ¿O Jesús? —preguntó Carlos.
—Ni uno ni otro. Esos dos me salieron muy mal. Ve cómo terminaron: viejo y pobre uno, crucificado el otro —Dios habló desde una profunda melancolía y la tarde lloró pétalos podridos.
—¿Entonces qué soy? —viendo la tristeza de Dios, Carlos miró al cornudo.
—Que te conteste él —dijo el Diablo.
—En un futuro no muy lejano, todo el universo se irá a la mierda. Este –apuntó al Diablo– tomará mi lugar y tú tomarás el lugar de él —dijo Dios.
—Pero… Pero… No entiendo —Carlos, asustado, miró hacia el techo.
—¿Por qué crees que me saqué de la chistera a Adán y Jesús? Todo tiene un porqué. Nada es gratuito. Soy un Dios viejo. Quiero disfrutar mis últimos momentos en un universo de playas interminables —dijo Dios.
Carlos, al verse en la obligación que se le ponía, solo agachó la cabeza.
—Eh, Carlos. ¿Hay más galletas? Están riquísimas… Ah, y té. Agradecería otra taza —el Diablo, con cara de incrédulo, sostenía su taza vacía frente a Carlos.
 
 

*

 Rick y Matías salieron de la habitación a desayunar, el sol brillaba intensamente en el capote del carro, el follaje de los árboles no se movía y en el cielo no pasaba ni un pájaro. Rick maldijo al clima y después quiso patear un perro callejero y el animal huyó chillando.
Comieron cuatro tacos de birria y tomaron Coca-Cola al por mayor. El sudor escurría por el cuello y humedecía las camisolas.
—Es un clima hijo de puta. De lo más raro —Matías, con refresco en mano.
—No desesperes. Ya falta poco para acabar el trabajo —dijo Rick.
—Este país es una mierda: comida muy condimentada, un clima descompuesto, un sistema que se niega a morir y la Coca-Cola sabe horrible.
—A este régimen no solo le va a dar fin una bala, la foto y las organizaciones civiles que vigilen la elección será el tiro de gracia.
—Pero qué gente tan mierda vive aquí.
—Cuando hice el estudio para esta operación, miré un documental de la Revolución mexicana en donde a cientos de personas les lanzaban paladas de maíz desde un vagón. Los generales que vencieron entendieron eso y ahí radica el poder de este sistema.
—¿Y crees que sean distintos los nuevos que lleguen al poder? —Matías bebió de un trago otro refresco.
—Quien llegue tiene que cuadrarse.
Desde una esquina, Braulio observaba a los dos agentes, estos, al terminar de conversar, subieron al carro y se marcharon; los siguió en bicicleta, por una calle contigua. El tráfico de la mañana le ayudó a no perderles distancia.
Los agentes llegaron a una fonda, en ella los esperaba El Grande con una taza de café humeante.
—¿Qué tal? —dijo Rick.
—Todo listo, jefe. Ahora hay que esperar el día —el ex policía dio un sorbo al café.
Braulio entró y fue a sentarse a una mesa de retirado, pidió un refresco y una torta, alcanzó a escuchar que Rick, en un español con acento anglosajón, hablaba de manera críptica. El único dato seguro que extrajo de la plática fue el apodo de El Grande, dirigido a el hombre con quien conversaban.

*

Habitación No. 6. Hotel Flamingo.
20 de marzo de 1994.

Encontrarlo no fue difícil. La mayoría de los mexicanos reúne esas características: obeso, prieto, cara de maldito. Y qué mejor lugar para encontrar a alguien así que en un taller mecánico. Fue fácil. La casualidad otra vez. Solo me bastó visitar un taller. Era un hombre solitario, con su negocio empotrado en la falda de un cerro.
El mecánico estaba tirado bajo un carro, le di un pequeño puntapié en la pierna y salió enfurecido. Lo tranquilicé diciéndole que averiguaba costos para arreglar el carro de papá. La avaricia funciona con quien sea. El tipo explicó por largo rato el trabajo a realizar, tratando de convencerme del costo. Acepté de buena gana, no sin antes preguntarle a qué hora cerraba: a las siete.
Tenía en mis manos la posibilidad de influir en la historia del país como nunca antes. Ni en los sueños más lurios podríamos planearlo. Solo faltaba convencer a los muchachos para acércanos al candidato.
 

*

Manuel saltó a la mesa y el público aplaudió de pie. Era su cuarta presentación y entendió que el meollo de la obra era el salto, ya no importaba si entendían el mensaje: podría ser su paso a la fama, el llamado a actuar en alguna película, aunque fuera de extra.
Al entrar al camerino encontró a Braulio parado al fondo. Los espejos jugaban con la imagen de los dos, la luz de los focos los volvía nítidos.
—¿Qué haces por acá? —Manuel, sentado frente a un espejo, no perdía de vista a su visitante.
—Te traigo un traje para el miércoles —dijo Braulio.
—¿Rojo? ¿No pudiste traer un color más chillón? —Manuel volteó molesto.
—Es para que todo mundo voltee a verte.
—¿No te basta en zancos?

Braulio, parado a un lado de Manuel, con el rostro iluminado, —Ten por seguro que esto lo agradecerás el resto de tu vida.
—Si voy es por hacerles el paro, nada más. No jodas con tu convencimiento barato.
—No seas tonto, la mayoría de los artistas apoyan el movimiento zapatista. Será una gran ventana para lucirte al andar en este relajo. Por eso te traigo el traje de color rojo, para que todo mundo te vea.

Manuel, callado, tomó el traje y lo extendió, —Me queda bien. Creo que sí lo usaré.
—Te quedará chingón —Braulio sonrió.
—Esa guerrita en el sur es buen escaparate.

*

Pablo, Jonás y Alberto escuchaban a Braulio. Sentados en el piso, mientras comían chorizo de soya, tortillas de harina y Coca-Cola, no disimulaban el gusto por la idea.
—¿Y cómo le haremos? —Pablo antes de morder un taco.
—Fácil. Nos mezclamos entre la gente y nos acercamos —dijo Braulio.
—Estará lleno de policías aquello, sin contar que el Estado Mayor repartirá madrazos a diestra y siniestra —Alberto, con su cara de niño, lanzaba pujidos cada que masticaba y hablaba.
—Siempre nos han dado madrazos. ¿De qué te espantas? Además, el cabrón del candidato quiere darse baños de pueblo —Braulio.
—Cuenten conmigo. Yo sí le entro —Jonás tenía un brillo extraño en sus ojos.
—Ok. Lo haremos —Pablo bebió lo poco que quedaba de la Coca-Cola.
Terminaron de comer y tres de ellos durmieron un rato. Braulio leyó un libro de Francisco Tario.

*

Habitación No. 6. Hotel Flamingo.
01 de diciembre de 1994.

El día que llegó el candidato a la ciudad todo se volvió un caos: calles cerradas, militares encubiertos, patrullas por todos lados y un aire festivo, pero denso.
A las cinco de la tarde le dieron el tiro en la nuca y cayó como muñeco de trapo, salpicó de sangre a todos los que estaban alrededor de él. En cuanto sucedió di media vuelta. Vi que subieron a un carro al tipo que disparó, no sin antes recibir una golpiza de los asistentes al mitin. A Manuel, Pablo, Jonás y Alberto, los detendrían un día después.
Fui al taller mecánico y esperé en una esquina hasta que fueran las siete de la tarde. Tenía miedo de que me asaltaran, ese barrio, lleno de perros silvestres y fugas de drenaje, tiene mala fama. Aun así, pasé para saludar al mecánico, no alcanzó a ver que mi mano no iba sola, el primer tiro se lo di en el pecho, el segundo en la cabeza. Era la treintaiocho de Jonás.
A Manuel y a los demás compañeros fui yo quien los acusó de estar involucrados en el atentado. Bastó una llamada a la policía y decirle que eran parte de un grupo de subversivos.
Gané por partida doble, tuve que darle un cariz trágico, confuso, bufonesco, al asesinato. Quedó en el aire una especie de tufo a conspiración, y, como es sabido, el recelo, el miedo, empuja a la gente a lo que conoce: la gente ya sabe cómo se mueve el sistema. Por otro lado, la policía me busca: es estimulante, lo disfruto a pesar de que todo tiene un sentido falso.
Mañana iré en busca de alguien. Mañana será otro el hotel. Ya es otra la historia. Ya es otro mundo. Ya encontraré algo que me llene de nuevo.
 
Revolución a plazos

Cuando los anarquistas solían poner bombas en las comandancias, la gente prefería corromper a los policías para no ser detenidos y correr el riesgo de morir en una explosión. Los sediciosos nunca entendieron el juego, miraban atónitos cómo la estrategia no les resultaba y el Estado se corrompía cada vez más.

*

Habitación No. 6. Hotel Flamingo.
09 de diciembre de 1994.

El tiempo sigue siendo el mismo
I
La luz de los faroles alumbraba el follaje de los árboles y la bruma culebreaba de una esquina a otra. Un sonido de agua acompañaba el paso de dos hombres que, a punto de chocar, caminaban lentamente con la cabeza agachada, una mano en el mentón y la otra en el bolsillo derecho.
Del oeste venía Julio, vestía unos jeans azules y una camisola blanca a cuadros, con su mano en el bolsillo toqueteaba el teléfono celular, algo pensaba, porque no dejaba de mirar sus pasos en la penumbra.
«Daniela sonrió, por un momento no supe qué decir, pensé en callarme, pero quería hablar».
—Llegué antes que la pinche carta, Daniela.
Daniela levantó la mirada.
—Julio, ¿puedes traerme un vaso de jugo de naranja?
Julio volteó hacia la mesa contigua.
—Creo que ya no hay.
Daniela sujetó la taza con sus dos manos.
—Julio, ve y cerciórate. Necesito algo dulce.
—Cada vez que se acerca a darme atenciones la hago a un lado. Parece que no entiende. Créeme, Dani, que en cuanto llegue la carta me divorcio.
Daniela, con los ojos cerrados, movía la cabeza en círculos.
—Julio, dime si ves jugo de naranja en la mesa.
Julio volteó de nuevo.
—Creo que no hay. Ya te dije.
Daniela, al abrir los ojos, lo descubrió con la mirada en la taza de café.
—Julio, solo díselo.
—Se lo he dado a entender. Estoy dispuesto a todo si esa carta no llega, incluso a matarla.
Daniela cerró los ojos y asintió.

II
Del este caminaba Ernesto, vestía una levita negra, pantalón café y un sombrero negro de copa, con su mano en el bolsillo del pantalón, pasaba una y otra vez una moneda entre sus dedos; algo pensaba, porque no dejaba de mirar sus pasos en la penumbra.
«Definitivo, no puedo decirles, Carmen me quitaría la mesada. Total, ya tendrán tiempo para hijos.»
Ernesto echó la hierba en la jarra con agua y Carmen mandó a sus hijas, Claudia y Ernestina, a desempolvar la casa por todos los rincones. Estas hijas suyas, a punto de casarse, traerían a sus cónyuges a la casa materna.
—No quiero hijos. Échala en el agua de tomar  —dijo Carmen a Ernesto y le dio una hierba seca y verde.
Carmen había despedido a la servidumbre en cuanto sus hijas confesaron la intención de casarse. Ernesto, por su parte, lamentaba no poder ver más a la pequeña moza con la que llevaba una relación y a la que Carmen confesaba sus problemas.
—Tienes un semblante sombrío desde que dispensé de la servidumbre —dijo Carmen.
—No sé. Me siento mal por lo de nuestras hijas. Creo que no deberías hacer eso.
—¿Quieren casa? Vivirán aquí, pero con mis reglas. No hago nada malo, solo atraso lo inevitable mientras vendo la casa. El licenciado Palastra está arreglando los papeles para que liberen la cuenta. En ese tiempo de espera necesito a Claudia y Ernestina, conociéndolas no quiero sus achaques. Cuando venda todo, podrán tener los hijos que quieran.
—Pero los muchachos esperan vivir aquí con ellas.
—No es asunto mío. La necesidad los hará conseguir hogar —dijo Carmen.
—Iré al parque a despejar la mente.
—Dile a ella que no todo está perdido. Te daré dinero para que alquiles un departamento después que venda la casa.
—¿Cómo sabes? —preguntó Ernesto quien, nervioso, sonrió y desvió la mirada hacia el techo..
—¿No tienes otra cosa qué decir? También me contó que no dejas de comer dulces. ¡Tanto que te lo prohibió el doctor! —dijo Carmen.
—No eran muchos, solo los necesarios para quitarme el cosquilleo.
—También me dijo dónde los escondes, y otra cosa más: sigues apostando en el casino.
—No puedes prohibirme nada. Yo también podría contarte cosas de ti.
—¿Cómo cuáles?
—No tiene caso. Yo no te recriminaría.
—Ya tiré los dulces y hablé al casino para que no te dejen entrar. Mientras tanto, no te preocupes, te daré suficiente dinero para que tengas a tu juguetito en un buen departamento.
Ernesto abandonó la habitación. Carmen, sentada en la cama, lo miró bajar las escaleras, tomar el sombrero del perchero y salir a la calle.
El calor del trabajo empujó a Claudia y Ernestina al agua y entró en ellas un sueño profundo.

III
Antes de chocar, los dos hombres se detuvieron.
—Disculpe, no lo había visto —dijo Julio.
—De ninguna manera, caballero, la culpa es mía. Caminaba absorto, bien pude estrellarme con un caballo y jamás me hubiera dado cuenta —se disculpó Ernesto. «Este tipo parece que viene de una fiesta de disfraces. Qué hombre más raro. Por las fachas que viste, seguro ha de ser un ladrón. Tendré que disimular». —Bonito clima nos tocó. ¿De dónde viene caminando, caballero? Si no le molesta mi pregunta —preguntó Ernesto.
—Vengo desde el boulevard —dijo Julio.
—¿Cuál boulevard?
—El Pedro Solís.
—¡Pedro Solís?… ¡Ja!. Ese boulevard dejó de llamarse así hace dos años. Es el boulevard General Francisco Arragoso —Ernesto habló molesto.
—Señor, se llama Pedro Solís —dijo Julio.
Ernesto introdujo su mano derecha en el bolsillo de la levita y tomó el pequeño revólver que siempre llevaba consigo en sus largas caminatas nocturnas.
—No tengo humor de discutir de política con usted. Con esas fachas y apoyando al sedicioso de Solís, dudo que tan siquiera sepa leer —Ernesto habló y miró hacia todos lados, esperando encontrar algún policía.
—¿Es broma? —dijo Julio con una sonrisa.
—De ninguna manera. Recuerde: Boulevard General Francisco Arragoso.
—¡Solís o Arragoso! ¿Qué diablos me importa?
Los dos hombres se apartaron sin perderse de vista: Julio con temblor en las manos, Ernesto con el dedo en el gatillo.
« Viejo estúpido, cree que vive en el siglo diecinueve.»
«Sedicioso. Si veo un montado lo denunciaré.»
Los dos hombres escucharon los pasos alejarse, la bruma se interpuso entre ellos para no verse más.
 

*

El Panochas, El Mauro y El Porras, iban aventando personas, dando codazos y patadas en las espinillas. El Grande, en el centro de los tres, tenía las manos libres y enfundada la Taurus treintaiocho; un agente del Estado Mayor Presidencial trató de retenerlo al aproximarse al candidato, pero se identificó con una placa de la Policía Judicial del Estado, el militar le ordenó que despejara el lado derecho.
A la izquierda del candidato, a unos treinta metros, un grupo de jóvenes sostenían mantas en apoyo a los zapatistas, detrás de ellos, un hombre en zancos y vestido de rojo sostenía una cartulina con una caricatura.
El Grande le señaló a El Panochas que se metiera entre un hombre moreno de estatura baja y un elemento del Estado Mayor Presidencial. El Mauro alcanzó a ver el disparo.
El primer golpe lo recibió en las costillas, otro más en la espalda y alguien le dobló las piernas con una patada: El Grande cayó al suelo y escuchó un disparo más. El Porras se tiró hacia atrás y, lento, dio media vuelta, no quiso mirar más y se marchó, no volvería a ver al Panochas y al Mauro.
El ex policía recibió duras golpizas en la delegación de la Procuraduría General de la República y, antes de quedar inconsciente, habló de Rick y Matías. El mensaje estaba entregado.
 

*

Rick, sentado en una cafetería en San Ysidro, en el condado de San Diego, California, a un costado de la línea divisoria de la frontera, tomaba un café mientras leía un diario de fechas pasadas. Matías, frente a él, comía un par de huevos con jamón.
—Salió la foto. Siempre he dicho que en las fiestas de la alta sociedad hay que tener cuidado a la hora de tomarse una foto con algún desconocido —dijo Rick.
—Todo por pasar de incluyente —Matías por poco y se atraganta con un trozo de pan.
—El sobrino del capo aparece muy sonriente al lado del candidato.
—¿Y ahora? Es todo un relajo allá. Ese muerto que se le parece a El Grande dejó material para los periodistas.
—Ya hicimos el trabajo. Eran planes de los cerebros de Washington. Si no les complace, tendrán que esperar seis años más o, ya metidos, darle otro empujón.
—Con lo paranoicos que se han de ver puesto los mexicanos —Matías no paraba de masticar.
—Ahora ya saben que estamos hasta en la cocina. Y no los vamos a soltar.
—¿Qué pasará con El Grande?
—Ya debe de estar en una tumba.

*

A Manuel, Pablo, Jonás y Alberto, los encarcelaron en el penal de Almoloya bajo los cargos de conspiración, subversión, complicidad en un asesinato y atentar en contra de las instituciones del país. La policía cateó la casa familiar de Braulio y la casa abandonada donde se reunía con los demás y hallaron imágenes del Che Guevara, libros y poemas, evidencia presentada a los medios de comunicación para confirmar que eran peligroso.
Braulio partió a Ciudad Juárez, convencido de que era el lugar para llenar el vacío de su vida. Nunca más se supo de él.

* 

Lauro cerró la libreta al mismo tiempo que un trueno rajaba la calma en el cielo, la luz del relámpago pasó parpadeante sobre la cama. Recostado, prendió un cigarro, miró al humo subir con lentitud hacia el techo y, con las manos en la nuca, cerró los ojos y dejó que el tabaco se consumiera hasta sentir el calor cerca de los labios.
Volvería en otras ocasiones a la habitación. La libreta la dejó en el mismo cajón, releerla se convirtió en un ritual a lo largo de dos años, hasta que la crisis del dos mil ocho lo llevaría a trabajar en una maquila en Ciudad Juárez. Siempre acarició la idea de encontrar a Braulio.

*

Habitación No. 6. Hotel Flamingo.
20 de diciembre de 1994.

A Kurt Cobain lo mató la estupidez. Cuando escuché la noticia pensé que una puerta se había cerrado. Me gustaba su música, pero no era políticamente correcto escucharla, había mucho Silvio, José de Molina, Atahualpa; había una revolución por hacer. La música era una especie de tambor de guerra que nos impulsaba.
Mi adolescencia quedó muda en el pasado. Otra vez el mundo venía de bajada, esa ilusión de creer que salimos de la fosa séptica solo nos dio alas para caer más fuerte.   El año está a punto de acabar y ha cambiado todo, ha quedado un campo para mí, un pequeño resquicio por donde pasar para no ahogarme. Los amigos quedaron atrás y yo junto a ellos. Pisaré las calles como si nunca hubiera estado. Tengo fe en el futuro.
Hoy iré al cine para relajarme y pensar un rato, están pasando Sólo con tu pareja, se ve que es una película ñoña, espero y me divierta, espero y deje de llover.

Crisis existencial

Una noche de diciembre, en un bar de Paris, conocí a un viejo vampiro. Me explicó que su especie desciende de Narciso y por ello la condena divina fue no reflejarse en los espejos. Me decía este Drácula que muchos de su especie eran identificables por no tener dinero para que alguien los peinara y eso les costó la vida a miles. Una de las cosas que trajo el castigo fue que al morder a una persona podían convertirla a su forma, lo hacían para suplantar la falta de reflejo.
A grandes rasgos fue lo que contó. Lo vi partir triste y desaliñado. Hace veinte años de esta plática.

Fin.

Bruno Herley. Ha publicado en antologías de poesía y cuento, tiene una novela corta de nombre Dios es sólo un nombre (cómo matar un pájaro con marketing), disponible en Amazon.

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