HOTEL FLAMINGO (SEGUNDA PARTE)

Texto y portada: Bruno Herley.
La primera parte: http://mamborock.mx/2018/02/16/hotel-flamingo-primera-parte/

Para Julio, Adrián, Porfirio y Manuel. A la salud de aquellos años que compartimos.

No se hagan bolas

Carlos Salinas de Gortari,

presidente de México

de 1988 a 1994.

En el fin fue el principio.

*

El agente migratorio señaló que avanzaran y cruzaron hacia México en un Volkswagen Caribe blanco, llevaban tres maletas con ropa y aparatos de espionaje. Rick traía una Colt .45 fajada en la cintura, Matías una Beretta 92 metida en el sobaco, ambos con lentes obscuros, como cualquier otro gringo visitante.
Llegaron a Tijuana y se instalaron en la zona norte, pegado a la frontera, en un hotel de nombre Flamingo. Por seguridad, alquilaron una habitación a cada lado de la suya. El muchacho flaco que los atendió, acomedido, llevó las maletas esperando algún dólar por recompensa: le dieron cinco a cambio de que les dijera cuál taquería era buena y los envió a una al costado del hotel. Para Rick y Matías fue magnifico, ya que no tendrían que ir muy lejos por comida, la misión requería una presencia constante ante los aparatos y solo salidas necesarias.
—¿Te gustan los tacos? —preguntó Matías, acto seguido, mordió uno.
—Mucho. Los fines de semana mi mamá hacía tortillas de harina y mi papá asaba carne —Rick.
—¿Eres latino?
—De descendencia, Matías. Descendencia. Nada más.
—¿Tus papás viven?
—Eso no es de tu incumbencia.
—Disculpa, Rick.
Afuera de la taquería la calle era oscura. Matías estaba nervioso, entre taco y taco y empinada de botella de refresco, echaba un vistazo aquí y otro allá.
—Te estás comportando como imbécil —dijo Rick.
—Todo parece tan aislado aquí.
—Todo en Tijuana es aislado y junto. Es como comer distintos platillos y al final del día haces un gran mojón.
—Como este taco que voy a comer.
—Exacto. Como ese taco.
Al terminar fueron al hotel. Instalaron unos receptores en la habitación e infiltraron todas las radiofrecuencias gubernamentales. En dos horas ya sabían lo que hablaba hasta el gobernador.
—La cita con Alex está programada para mañana a las ochocientas horas —dijo Rick.
—¿Dónde será? ¿Es seguro? —Matías.
—Tú obedece.
La noche pasó lenta. El hotel, con la recepción rodeada de habitaciones, tenía una alberca cercada por árboles y lámparas, el aire tibio sacudía el follaje y aventaba las hojas hacia el agua.

*

 
Después de que fueran desalojados del palacio municipal y de que a Braulio no lo dejaran leer ni un poema, Pablo, ensimismado, hundió su cuerpo en un sillón y pensó en alguna otra acción para dar a conocer las posiciones políticas del grupo. Repasó sus propuestas para plantearlas y llegó a la conclusión de que sólo había dos formas: seguir con la propuesta pacífica o pasar a las armas.
—Qué buenos madrazos nos dieron. Todavía me duelen las costillas —dijo Jonás al llegar.
—Pinche gente, nada más se quedó mirando cuando nos partían la madre —Pablo, cuando hablaba, lo hacía desde una seriedad de tutor.
—¿Y qué propones? —Jonás, sentado en el piso, espiaba su propia sombra.
—Lo chistoso del asunto es que la mismísima momia del Fidel nos dio la clave a toda la bola: «A balazos llegamos al poder y sólo con balazos nos van a quitar.»
—Ahí está el detalle.
Braulio azotó la puerta al entrar y leyó un poema.
—Déjate de pendejadas y siéntate. Hay mucho por planear —Pablo, molesto, cruzó las manos a la altura de su boca.
—Un poema, querido Pablo, ilumina más que el sol. Son palabras y las palabras no pasan —Braulio habló entre ademanes caricaturescos.
—¿No te bastaron los madrazos?  —Jonás miró de los pies a la cabeza a Braulio.
—Tú no salías del suelo, querido Jonás. Apenas me reponía de un chingadazo y volteaba a ver dónde estaban y te veía en el aire con las patas arriba o en el suelo. Deberías de dedicarte a la lucha —Braulio sonrió.
—Mejor hay que planear qué clase de lucha haremos. Quienes nos dan el ejemplo se están partiendo la madre contra el ejército en la sierra chiapaneca —dijo Pablo.
—¿Y Alberto? —Braulio volteó hacia todos lados.
—En su casa. Curándose la madriza —Jonás.
Pablo fue a la tienda y trajo una Coca-Cola con trozos de hielo en su interior, colocó tres vasos en la mesa y sirvió con lentitud, soplándole a la espuma que levantaba el líquido.

Jonás, sentado y con brazos cruzados, miraba su ojo en la obscuridad del refresco, —Creo que llegamos a un punto definitorio. Mi propuesta sigue en pie: tomemos la sala de regidores y si estos huevones están adentro, mejor.
—Es buen momento para planteárnoslo —Pablo.
—¿Planteárnoslo? Es momento de hacerlo. Tú mismo hablaste de balazos —Jonás extendió los brazos en la mesa y centro la mirada en un vaso.
—No estaría mal. Sólo hay que planearlo bien —dijo Braulio.
—Hay que ver cuáles serían las repercusiones políticas para el grupo —Pablo pasó sus manos por el rostro.
 
 

*

 
Alex “El Grande” Potosí, rollizo y moreno, con bigote finamente recortado, esperaba sentado frente a una taza de café. El restaurante estaba solo, con el polvo flotando en la luz de la mañana. Rick y Matías entraron despacio, sus sombras eran dos líneas largas que subían y bajaban de las mesas, sorprendieron a Alex cuando trataba de darle un sorbo al café.

Rick, sentado, apoyó su pecho en los brazos cruzados, después volteó hacia la barra del restaurante, —Otra vez nos vemos —le dijo a El Grande.
—Otra vez, Ricardo. Otra vez —El Grande rodeó la taza con sus manos.
—La última vez que hablé contigo dijiste que estabas de acuerdo. ¿Aún lo estás?
—Claro. Es mi boleto de salida de este mierdero.
—El dinero será depositado en una cuenta distinta a la habitual. Tú escógela.
—Te haré llegar el número.
—Bien —Rick miró a Matías y éste sacó una caja negra de una bolsa.
—¿Con esto haré el trabajito? —El Grande tomó la caja y de ella extrajo un revólver Taurus .38.
—Le das en la cabeza y te retiras tranquilo. Dos de sus guardaespaldas te guiarán hacia un Golf color café y te vienes a la frontera. Yo voy a recibirte en la aduana y nos iremos a una casa de seguridad a San Diego. ¿Entiendes? —dijo Rick.
—Espero que no salgas con una chingadera —advirtió El Grande.
—¿Tantos años trabajando juntos y aún desconfías? —Rick Frunció el ceño.

El Grande fue el primero en salir del restaurante. Los dos agentes, de mala gana, pagaron la cuenta y no dejaron propina.

La luz del sol era un reflejo difuso en el parabrisas, se movía lentamente de un lado a otro mientras el carro circulaba por una avenida. En la mano izquierda de Rick, sobre el volante, brillaba un anillo, —Vámonos al hotel. Quiero dormir.
—Se ve bien para el trabajo —dijo Matías.
—Eres perspicaz. Lo anotaré en el informe —al decir esto, Rick guiñó un ojo.
—Espero y no se acobarde.
—Ese cabrón está bien curtido. Por sus manos pasaron cuellos de muchos capos.
—Eso de que no le salgamos con una chingadera es lo que me hace dudar de él.
—Convencerlo fue fácil. Sabe que no tiene salida.
—¿De dónde lo conoces? —Matías miró por el retrovisor para cerciorarse que nadie los seguía.
—Fue policía de Tijuana y realizó varios trabajos para la D.E.A. y para mí —Rick sonrió.

Los detuvo una columna de personas, era una marcha con consignas zapatistas y el rostro del Subcomandante Marcos en pancartas y grandes mantas. Un hombre se acercó al carro y les entregó un tríptico donde exponían los motivos del movimiento armado en Chiapas.
—Este país cada día huele peor —dijo Rick.
—Y nosotros a punto de enredar más la situación —Matías extendió el tríptico para tirarlo por la ventana del carro.
—La democracia cuesta dinero y estos no tienen con qué pagarla —Rick sonrió y escupió hacia la calle.
—En este país no saben qué significa democracia.
—Ni en el nuestro.

*

Habitación No. 6. Hotel Flammingo.
15 de enero de 1994.

Recuerdo cuando Jonás enfrentó a un hombre después de que en una manifestación nos gritara estupideces. Yo solo avancé vociferando consignas. Al llegar a la plaza envolvimos las mantas y subimos a un camión. No dije nada en el camino, me dediqué a ver a los transeúntes y carros; los edificios y casas eran un lego mal armado, la ciudad me pareció más asquerosa de lo habitual. Sentí la necesidad de huir, de salir corriendo a cualquier parte. Deseé que el mundo fuera inhabitable, que ni las cucarachas pudieran vivir en él. Entonces comprendí que la vida era una fatiga, algo sin un fin en sí mismo, sin valor alguno, porque al final terminaríamos pudriéndonos en un hoyo, y todo eso de la liberación nacional, de la supremacía de la clase trabajadora, era sólo un cuento más para aguantar la carga de vivir.
Miré a la nariz de Jonás salir de entre el pelo, a Alberto y su esbeltez de garrocha, a Pablo y sus ojos agotados con la furia siempre contenida.
Llegamos al punto de reunión y Alberto abrió despacio la puerta, era un movimiento en cámara lenta, deseé que durara toda la vida para quedarme ahí, observando ese movimiento una y otra vez.

 

*

 
Sentados en un parque, cada uno leía el libro La montaña es algo más que una simple estepa verde. Las palomas volaban alrededor, sus plumas caían sobre los cuatro. Alguien, en la banca contigua, lanzaba arroz al piso. La armonía de la lectura decayó cuando Alberto estornudó violentamente.
—¿Y ahora qué vamos a hacer? —dijo Jonás.
—No sé —Braulio pasó a otra página en su libro.
—Unirnos a la guerrilla. Eso vamos a hacer —Pablo miró al cielo y suspiró.
Alberto se limpió los mocos con la solapa y observó a los tres.
—Siempre he pensado que las armas son el camino. Lo demás es sacarle al bulto. Ya estuvo bueno de hacerle al pendejo —Jonás pronunció las palabras desde lo profundo de su alma.
—No es tan fácil. ¿Con qué dinero? ¿Nos iremos a Chiapas? —Braulio.
—No. Lo haremos aquí. A esta pinche ciudad le hace falta una buena sacudida —dijo Pablo.
Tijuas es un temblor constante. ¿Cuál sacudida? —Braulio no paraba de leer y hablar.
—Tijuana es un México chiquito. Podemos encontrar desde el más rico al más paria. Es un gran basurero nacional. No hay pierde. Pocos viven bien aquí —Pablo parecía recitar una visión.

Jonás miró hacia el cielo y su pelo largo cayó a los lados, su rostro era pequeño ante su nariz, —Comencemos tomando la sala de regidores. Será un gran golpe.
—No estaría mal. ¿Pero qué beneficios nos trae? Ni el presidente municipal quiere a esos cabrones —dijo Alberto.
—Por lo mismo. Nadie los quiere. La gente no los baja de huevones —Jonás sonrió y, al bajar la cabeza, el pelo volvió a su lugar, ocultando el rostro.

*

 
En la televisión, empotrada en una base, casi pegada al techo, pasaban las últimas noticias de la tarde. Un presentador de grandes anteojos mandó a una nota informativa, en ella, un hombre de ojos pizpiretos y lentes pequeños, enfundado en un traje oscuro, salió del Departamento del Distrito Federal y fue asaltado por cámaras y micrófonos.
—¡Licenciado! ¡Licenciado! ¡Una pregunta, licenciado! —dijo un reportero.
—¿Cuál? —el licenciado.
—¿Qué opina de las declaraciones del candidato Rodolfo Urquizo?
—¿Cuáles declaraciones? ¿Dijo algo?
—Dijo que todo lo que usted diga no lo tomáramos con mucha veracidad.
El licenciado sonrió, miró a todos los reporteros y los reunió alrededor de él, a la sombra de un edificio.
—Todo lo que diga el candidato Urquizo es verdad —dijo el licenciado.
Rick le dio un sorbo a la sopa de hongo y Matías peleaba con los palillos chinos tratando de sujetar un poco de chop suey. Mientras espiaban las conversaciones por teléfono de algunos funcionarios claves en el gobierno del estado y delegados federales, miraban la televisión.
—Qué buen golpe lanzó Urquizo —Rick sonrió.
—Lo desarmó —Matías enredado con los palillos.
—La sucesión presidencial en este país es de lo más extraño. ¿Sabes cuál es el problema del sistema político mexicano?
—¿Cuál? —Matías dejó por la paz los palillos.
—El presidencialismo. Carece de ángulos. Es un sistema llano. Un solo hombre hace todo y a su alrededor hay grupos de poder que lo siguen como al macho alfa. Lo que necesita este sistema es un enemigo que compartan los mismos intereses en el fondo.
—Para eso estamos aquí.
—Para eso y más. La calentura del regente por no ser el candidato nos acaba de regalar una joyita que facilitará el trabajo —Rick se frotó las manos como si frotara sus propias palabras.
—¿Tú crees?
—El tiempo nos dirá.
—¿Hablaste con Koki?
—Hoy en la noche los veremos —dijo Rick.
—¿Qué le prometiste?
—Quinientos dólares y visas para él y su familia.

*

Habitación No. 6. Hotel Flamingo.
21 de enero de 1994.

Desde niño me gustaban los árboles: el color de sus hojas, lo fresco de su sombra. Los azahares inundaban al barrio, rodaban entre piedras y ríos de drenaje.
La casualidad existe, no hay nada programado, todo es un caos donde uno cree tener la razón, fue una tarde de verano cuando lo descubrí: frente a mi casa podaban un árbol, al principio sentí odio por los vecinos, por lo imbéciles que eran. Al cortarle el follaje al árbol la casa estaría más caliente. La sensación de odio dio un vuelco y se dirigió hacia el pobre jardinero.
Al terminar su trabajo, el hombre recogió sus bártulos y se fue feliz, con dinero en la bolsa. Fui tras él y miré que en cada barrio ofrecía sus servicios; podó un total de cinco árboles, de personas igual de estúpidas que él.
El trabajo tiende a producir, a modificar la vida, la historia, pero cuando ello se vuelve solamente una base de ganancias sin importar lo que se haga, sin importar qué tanto podemos dañar nuestro entorno, se transforma en un peligro, un metaproducto que, en el significado hondo de este, despeña lo que somos y lo que tenemos.
Maté al hombre en un callejón, cuando comía un pan con queso. Sentado, apenas logró voltear para ver cómo la piedra le caía en la cabeza. Le di cuatro golpes y sentí una ligereza enorme en mi cuerpo.

*

 
En la mesa había un revólver treintaiocho, una escuadra veinticinco, un machete, un libro de Jorge Debravo y dos cuchillos tácticos. Jonás había conseguido todo y, sonriente, apoyado con los brazos abiertos en la orilla de la mesa, miraba de forma triunfante.
—¿Un libro de poemas? —dijo Alberto.
—Lo encontré en mi cuarto. Lo traje por si Braulio lo quería —Jonás.
—Bien. Con o sin libro ya tenemos algo para empezar —Pablo tomó el revólver y trató de sacar el cilindro de las balas, pero no supo cómo.
—Un poeta, estimados, es más eficaz que una bomba atómica —Braulio tomó el libro y lo ojeó.

Sentado y con los brazos entre las piernas, Pablo miraba de un lado a otro, —¿Cómo procederemos?
—Llegamos el día de la sesión de cabildo, entramos y lo tomamos —Jonás habló y pasó su dedo pulgar en el filo del machete.
—¿Alguna consigna o demanda? —Braulio no soltaba el libro.
—Entramos y macheteamos y tiroteamos a todos —en los ojos de Jonás la hoja del machete brillaba.
—Llegamos y gritamos que formamos parte del Ejército Zapatista —Alberto apoyó el mentón en sus brazos cruzados sobre la mesa.
—¿Nada más eso? Lo gritamos cada vez que marchamos —Braulio seguía con el libro de Jorge Debravo.
—Hay que idear otra cosa. Hay mucha tela de dónde cortar. Por ejemplo… —Pablo detuvo las palabras en sus labios abultados, como si quisiera lanzar un beso.
—Dilo. ¿Qué? —Jonás, agitado, frotaba sus manos.
—No sé. Hay mucho por reclamar, pero ninguna idea se me viene a la mente —Pablo.
—Cuando se pongan de acuerdo, me avisan. Tengo que ir a ayudar a mi papá a impermeabilizar el techo. ¿Me puedo llevar el libro? —Braulio sonrió.
—Llévatelo. Te lo traje a ti —mientras respondía, Jonás acariciaba el machete.

*

 
Koki Estrada, un reportero de sociales del periódico de mayor circulación en el estado, trataba de encontrarle sentido a las manchas de café en el fondo de la taza. Frente a él, en un ventanal de la cafetería, la luna era una uña sobre las luces de la ciudad y un sin fin de antenas con sus estrobos rojos.
—Hola, Koki —dijo Rick y le dio una palmada en el hombro al reportero.
—Hola, Rick. ¿Dónde andabas?
—Muy lejos, Koki.
—No voy a quitarte tiempo. Siempre eres un hombre apresurado —Koki aventó un folder amarillo sobre la mesa.
—¿Es la foto?
—Es la foto.
—La publicación será tres días antes del veintitrés. ¿Entendido? —Rick abrió el folder.
—Entendido.
—Es importante, Koki.
—No te preocupes… ¿Y él? —el reportero señaló a Matías.
—Él es el que se encarga de los que no hacen bien su trabajo —Rick bajó un poco el mentón.
—No habrá necesidad —el encargado de la sección de sociales no pudo contener el temblor de sus manos.
—Si haces bien esto y guardas silencio, seguirás teniendo trabajo. Es más, hasta la ciudadanía puedes obtener. ¿Te gustaría vivir en Los Ángeles?
—¡Claro!
—Veré si es posible.
—Rick, nunca he fallado. Sabes bien que lo que pidas lo tendrás.
—Eso espero.
Los agentes salieron apresurados de la cafetería. Las luces de la ciudad eran líneas multicolores que subían y bajaban del capacete del carro.
—No me mires así —dijo Rick.
—¿Cómo te miro? —Matías volteó a verlo.
—Pones cara de recriminación.
—No me habías dicho que era reportero de la sección de sociales.
—Es una iniciativa propia. Una especie de puntapié para que ruede la pelota. Si no sale bien, ya sabes qué hacer con el reportero.
—¿Yo? Mejor tú.
—No podría. Son muchos años de hablar con él y sería traumático —Rick sonrió y la luz de otro carro pasó rápido a la altura de sus ojos.

 

*

Habitación No. 6. Hotel Flamingo.
10 de febrero de 1994.

Nada es verdadero

­   —¿Es decir que esa silla no está ahí?
—No. No está ahí.
—¿Quiere decir que nunca me senté ahí?
—Nunca te sentaste ahí.
—¿Quiere decir que yo no soy real?
—Tú no eres real. Nada de lo que nos rodea es real. Cualquier acción que hagas en este mundo no es real.
—Entonces, ¿quiere decir que si le mato su muerte no es real?
—No. No es real. Pero la cárcel donde te metan, si bien no es real, seguirá siendo una cárcel. Y tú sabrás que no es real, pero ahí seguirás.
El pupilo, confundido, reordenó sus pensamientos.
—Entonces, maestro, todo lo que me ha dicho no es real, sin embargo, usted me muestra a base de algo que no es real la irrealidad. ¿Qué hago?
—Mañana tendrás tu respuesta.
El maestro, temeroso de responderse, fue a una colina y meditó bajo la luna, hasta desear que en el universo hubiera un hombre gigante y frotara al planeta como si de una lámpara maravillosa se tratara.

  

*

 
El Grande, sentado en el jardín de su mansión, se balanceaba de manera violenta en la poltrona, a un lado, en el cristal de una mesa pequeña, su imagen lucía falsa de tan blanca, era síntoma de que la enfermedad había avanzado. «Tengo que hacerlo o me carga la verga», pensó; en su mano derecha tenía el folleto de un hospital en Texas.
Salió de casa vistiendo un saco color café, fajada en la cintura una escuadra cuarentaicinco y la cajetilla de cigarros en la bolsa de la camisola, aunque ya no fumaba por prescripción médica, el sentirlos cerca le daba voluntad para no hacerlo. Subió al carro y miró el fulgor de la mañana, descubrió que la calle donde vivía estaba hecha de guijarros moteados. A lo largo de cuarentaiocho años de existencia no había sentido tanto gusto por la vida.
El carro entró a un viejo taller, dos muchachos corrieron por delante y abrieron un portón en el fondo. El Grande pasó despacio, hasta parar dentro de un almacén.
Tres hombres, uno sentado en un viejo sofá y otro sobre una mesa, ambos tomando cerveza, y otro más, recargado en un pilar, fumando, lo esperaban; todos, con el brillo del sudor en su rostro, tenían un gesto de enfado.
—Hola, muchachos —El Grande bajó del carro y sus botas levantaron un poco de polvo.
—¿Qué tal? —dijo el hombre que fumaba, El Porras.
—Los cité para un trabajo —El Grande, erguido con sus manos en la cintura.
—¿Cuánto? —El Panochas, sentado en el sofá, cruzó las piernas.
—¿Dónde? —El Mauro.

El Grande, sentado en el sofá, con las piernas abiertas y sus brazos extendidos en el respaldo, —Son cien mil pesos. Hay que formar parte de la valla de protección del próximo huevos de oro.
—¿Cuál huevos de oro? —El Panochas.
—El próximo presidente, cabrón —El Grande sonrió.
—¿Neta? ¿El chingón? —El Porras fue hacia donde estaba el ex policía.
—Neta. Hasta chamba agarrarán cuando gane el cabrón ese.
—Se voló la barda, comandante —dijo El Mauro.
—Ya saben, cabrones. Para buenas chambas siempre he pensado en ustedes. Tienen una gran oportunidad en las manos. No la desperdicien —El Grande no paraba de sonreír.
—¿Y cuál es el jale? —El Panochas se levantó del sofá.
—Sólo tienen que quitarme de encima a todos los lambiscones y arrimados. Yo seré parte del segundo anillo de seguridad del candidato y tengo que tener las manos libres para cualquier chingadera que pase —El Grande se levantó y le dio una palmada en el hombro a El Panochas.
—Ya está, comandante. Yo sí jalo —El Mauro.
—Yo también —El Panochas.
—Y yo —El Porras.

Trajeron cerveza y estuvieron el resto del día planeando el cómo se organizarían. El Grande ya sentía en sus manos los miles de dólares que Rick le prometió, sólo faltaba jalar el gatillo para completar el resto.

*

Habitación No. 6. Hotel Flamingo.
15 de febrero de 1994.

Hambre

Aquí,
a ras de calle
con la lumbrera en los zapatos,
sudando un manojo de currículos.
Nada calla
a esta hambre secular
rodeada de viñas
y tambores,
cuajada en la quintaesencia
del oro no encontrado.

Agua bendita de sol
donde el fuego
estremece de frio,
rellenando de sombras
una parada de camión.

No hay más hermenéutica
que la carestía.
No hay más dios
que un centavo en la bolsa;
Césares huérfanos del templo.
Y en ese candor
de yo puedo,
de
en ese lustro
será mío,
vuelve uno a la miseria,
al cántaro sordo
de la calle,
hartos
en el vacío multipolar
de la fila;
calles y calles
para una maza embravecida.

No cuadra el déficit,
la plusvalía,
el derecho de paso
a los supermercados,
el bien mostrenco
de la casa.
Y el viento se arremolina
en el oído,
en el pelo,
en la costura inexacta
de la camisa.
Pero todo es amor,
pulcro e indescriptible
amor a quién sabe qué
o quién,
lejos
de algo que salve
de tanta vida,
de tanta soledad
en el desamparo de los bosques.
La voz,
llena de diminutivos
y sílabas,
la guardamos
en una cajita de oro,
empeñada
a intereses inmediatos.
Monedas.
Billetes.
Cheques.
Allá la mano.
Allá el trapo lustrador.
Allá el asalariado.
Allá el solsticio deseado
en la sobremesa.
Después,
la lentitud,
el sí se puede
a contrato determinado.
Y uno queda seco,
angelizado en la desocupación.
Todo es tan mío
como de nadie.
Tan cercano.
Tan sin dueño.
Tan..
Era el último recurso
para guardar la paz,
para llorar quedito
en algún lugar de la casa
y sentir la salvación,
la angostura
de estar a gusto,
sedientos
sobre la plata.
Yo,
atónito ante la luz
y el viento,
ante los gases de la atmósfera
y mi cuerpo
Hoy.

*

 
Marx para principiantes era el libro que Alberto, recostado en el sofá, no paraba de leer y, desesperado, sin apartar la vista del texto, daba un trago cada tanto a la Coca-Cola.
Jonás llegó con un periódico en el sobaco izquierdo y una bolsa en la mano derecha. Sentado en una silla del comedor, subió las piernas a la mesa, después sacó diez papas de la bolsa y comenzó a pelarlas.
Braulio llegó y aventó la bolsa de mandado a la mesa, de ella salió disparado un chorizo de soya, el cual fue a dar a un costado de las papas peladas; sentado a un lado de Alberto, ojeó el libro que leía éste.
Pablo traía una botella de dos litros de Coca-Cola, un periódico y dos libros. Fue hasta la cocina y trajo un vaso.
—No friegues, Pablo. Todavía no es hora de comer —Jonás, molesto.
—Está bien, pues. No la abriré —Pablo dejó la bebida en el centro de la mesa.
—Desde que semos vegetarianos somos políticamente correctos —dijo Braulio.
—Ahí está la congruencia —dijo Jonás y apuntó con su mirada hacia la Coca-Cola.
—Aguas negras del imperialismo yanqui. Lo mejor que han hecho los He-Man —Braulio sonrió.
—¿Y qué han pensado? ¿Alguna propuesta para iniciar la batalla? —Pablo, con el vaso vacío en la mano.
—No he pensado nada aún, pero ¿qué tal un atentado a la casa del presidentito?, está vigilada solo por dos policías y la patrulla le echa la vuelta cada hora —dijo Jonás mientras pelaba la última papa.
—¿Y cómo sabes eso? —Alberto lanzó una mirada por encima del libro.
—Tengo un mes dando la vuelta por ahí. Paso cargando bolsas y una pala, para aparentar que trabajo. Hasta me ofrecí para limpiar el jardín.
—¿Y te echaron a patadas? —Braulio.
—¡Obvio! Con esas fachas hasta yo lo echo de mi casa —Alberto cerró el libro.
—Tu papá es más rojillo que tú. Cada que voy a tu casa me trata muy bien —Julio.
—Ya cállense. Hablan puras babosadas. Y eso de ir a la casa del presimuni es darse un tiro en la pata. No nada más están esos dos afuera de su casa, hay otros tres con sendos fusiles en la parte de atrás —Pablo dio un golpe en la mesa.
—¿Y cómo sabes eso? —Braulio, después de preguntar, fue a ayudar con a partir las papas.
—Me lo dijo un regidor —Pablo.
—Entonces lo único que queda es pasar por el palacio y echarle bala —Alberto se levantó y arrojó el libro.
—¿Y por qué mejor no…? —Braulio.

Bruno Herley. Ha publicado en antologías de poesía y cuento, tiene una novela corta de nombre Dios es sólo un nombre (cómo matar un pájaro con marketing), disponible en Amazon.

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