Hotel Flamingo (primera parte)

Texto y portada: Bruno Herley.

Para Julio, Adrián, Porfirio y Manuel. A la salud de aquellos años que compartimos.

No se hagan bolas

Carlos Salinas de Gortari,

presidente de México

de 1988 a 1994.

En el fin fue el principio

*

En San Ysidro, en el condado de San Diego, California, a un costado de la línea divisoria de la frontera, el humo del cigarrillo se fusionaba con el vapor de la taza de café. En la ventana, al lado de la mesa, el halo amarillo del reflejo del sol dejaba ver los rayones en el vidrio de tanto limpiarlo. Rick Laurens odiaba la pulcritud exacerbada, sacó un moco de la nariz y lo embadurnó en la ventana, sintió que el mundo tenía consistencia, rumbo, un fin para seguir vivo; miró a las personas caminar por la acera, cruzar la calle, tomarse de la mano, besar, rascarse la cabeza; los observaba desde una distancia íntima, sobre otro nivel, sin algo que reprochar.
Matías Bergman abrió la puerta de la cafetería a la vez que examinaba todo alrededor, hasta cerciorarse que era Rick el sentado en una esquina. Se acercó y encontró al hombre de siempre: taciturno, de mirada escrutadora, con el ceño fruncido y en la boca una delgada línea rosa donde a veces se asomaba una que otra sonrisa.
Los dos hombres, sentados en un sillón de medio círculo con una mesita al centro, no dijeron nada por largo rato. Ambos, delgados y altos, de musculatura discreta pero firme, los diferenciaba el color de piel: Rick era moreno y Matías rosa como lechón.
La mesera les sirvió un par de huevos, tocino, papa rayada y café. Desayunaron sin mirarse, solo escuchaban los sonidos guturales de la saliva mezclada con el alimento.

Matías terminó y dejó el plato a un lado, la luz del día resplandeció en las sobras del pan y los residuos del huevo, —Un desayuno nutritivo.
—A mitad de la guerra comíamos porquerías peores. Tan siquiera este desayuno tiene un trabajo de elaboración que te hace admitirlo como comida —Rick levantó la cabeza al compás de las palabras.
—¿Mataste a muchos?
—Es el problema de la guerra moderna: nunca sabes. Solo aprietas un botón y todo desaparece. Tal vez había uno o mil allí abajo.
—Algún intendente o algún coronel.
—Ese era el otro problema: en Irak todos se parecen, hasta los edificios: las coordenadas lo eran todo. Y ya ves, tanto relajo para que ese hijo de puta de Saddam quedara donde mismo.

La mesera se acercó para ofrecerles más café y preguntarles si deseaban alguna otra cosa, los dos la despidieron con un ademán y al unísono tomaron la taza y dieron un sorbo. Matías sonrió y de su mano, como un as escondido bajo la manga, lanzó el pasaporte que fue a dar a un costado de la taza de Rick.

*

La lluvia caía como puños sobre el capote del carro. Los relámpagos pasaban de un lado a otro en el cielo, iluminaban a las nubes musculosas sobre la ciudad. Lauro tenía que limpiar el parabrisas del carro a cada rato, la prostituta que traía a un lado no paraba de hablar, el vaho de su boca empañaba los vidrios y el olor a mierda de su aliento pesaba en el ambiente. La mujer bajó un poco el vidrio y encendió un cigarrillo, la lluvia entró en pequeñas rachas, escurriéndose por su rostro hasta humedecer sus pechos.
El anuncio del hotel, de color rosa y con un enorme flamingo parado sobre las letras, hizo que Lauro sintiera alivio y ganas de cagar, pero al voltear y ver los muslos abultados y blancos de quien lo acompañaba, causó en él unas ganas locas de coger, metió la mano en medio de las piernas y acarició la vulva desaliñada, el sudor pastoso en la ingle y, más abajo, casi tocando el ano, granos de sarpullido.
Cuando abrió la puerta de la habitación número seis, tomó a la mujer del brazo y la lanzó hacia la cama, le quitó la blusa y acarició los senos, pasó su lengua de una teta a otra.
—Abrázame, por favor —dijo Lauro y mamó con fuerza hasta notar la dureza del pezón.
—Venga, bebé —habló la mujer de cuerpo vacuno y colocó la cabeza de Lauro en la almohada.
Pasó una hora y la lluvia dejó de caer, solo quedaron truenos y relámpagos a lo lejos. La luz del anuncio del hotel, empañada por la cortina, caía sobre de la sábana como una marea sombría y brillante en los pliegues.
—¿Terminaste? —la mujer murmuró al oído de Lauro, este extendió su mano con dos billetes entre los dedos.

*

Pablo, en un arranque de cólera, lanzó el maletín de cuero hacia la calle, para suerte de Braulio, su dueño, un joven alto y moreno, quedó enganchado en la reja del balcón y unas cuantas hojas se desprendieron.
—¡Eran poemas, Pablo! ¡Poemas! ¡Chingadamadre! Ni los había tallereado —dijo Braulio.
—Disculpa, pero es que eres aferrado. No te entran las cosas en la cabeza —Pablo, de tez obscura y estatura baja, hablaba disimulando su furia.
—Los poemas no pueden cambiar al mundo —dijo Alberto quien, parado en una esquina de la habitación, con su delgadez parecía crecer más, hasta tocar el techo, como un chorro de leche que brotaba del piso.
—¡Tú qué sabes, pendejo! —Braulio volteó y encaró a Alberto.
—Mejor vénganse a la mesa y sigamos planeando esto o no vamos a terminar. Tengo que ir ayudarle a mi papá en un trabajo —dijo Jonás, el de greña larga, de estatura baja y tez blanca, como un oso pequeño de panqué.
Los cuatro, jóvenes de diecisiete años, pelaban cacahuates. En el centro de la mesa una enorme botella de Coca-Cola mojaba una servilleta. El calor caía a cuarenta grados, la humedad relamía la piel y el aire percudía la ropa con fuerte olor a sobaco.

El árbol en el baldío tenía la sombra raída, por la ventana abierta un rayo de sol caía lleno de polvo y el sudor perlaba la frente de Pablo, —Sólo hace falta ponernos de acuerdo en cuál esquina nos pondremos.
—La que sea. Total, igual nos van a partir la madre —dijo Jonás.
—A la pura entrada, para que nos vea el pinche presidentito. Que vea que en este pueblo hay huevos. Puedo leer algunos poemas antes del discurso —dijo Braulio.
—Cualquier esquina es buena, en todas nos pueden ver —sentenció Alberto.

De la cabellera larga de Jonás sobresalía una nariz ganchuda, blanca, era lo único que podía vérsele del rostro, —No estaría mal entrar al palacio y tomar la sala de regidores.
—No hay que llegar a tanto. Primero damos a conocer las demandas y luego vemos eso que planteas —habló Pablo.
—Estaría bueno que yo entrará de golpe a la sala de regidores y comenzara a leer mi poema Hoz en tierra. Todos esos burros se quedarán con el hocico abierto —Braulio.

La Coca-Cola borboteó en los vasos y roció las cáscaras de cacahuates. La ventana era proyectada en el techo por los últimos rayos de sol.

*

Lauro despertó y fue al baño, al salir se echó de nuevo, revisó en el teléfono las noticias en Facebook, aventó el aparato a un lado, miró las grietas en el techo, una araña al lado de la puerta de entrada y la luz neón del anuncio del hotel en la ventana, abrió el cajón superior del velador y encontró paquetes vacíos de condones, después abrió el cajón inferior, tuvo que darle un pequeño golpe para despegarlo, en su interior, adherida en la parte de arriba, una libreta cayó al desprenderse las cintas con las que era sostenida, pasó el dedo sobre el filo de las hojas, brotó un polvo fino y casi lo hace estornudar, era un diario escrito con pluma azul, lo dejó en la cama y salió a buscar café para no dormirse con la lectura, al volver, la luz detrás de él prolongó su sombra hasta el fondo de la habitación.

 *

Habitación No. 6. Hotel Flamingo.
09 de enero de 1994.
 
Fue la nostalgia, los recuerdos amontonados en algún rincón de mí. Tenía que sacar todo, dejar constancia de mi paso por el mundo, de mi andar, de que alguna vez señalé algo, pronuncié palabras, quise cambiar al país, lloré, reí, y entre todo ese desbarajuste un gran vacío.
Todo comenzó con el levantamiento zapatista, es tan puro, tan sin sentido, surgido de la nada; fue una explosión abrupta, una renovación. Al principio recelé del movimiento, pero al ver la enorme simpatía que ha despertado, me involucré con mis amigos en hacerle propaganda.
A partir de la pureza del movimiento comprendí que las personas forman parte de un sistema caníbal: prisioneros, ignorantes, culpables de darle vida a un gobierno que todo lo que toca pudre; inmersos en la mierda la paladean con gusto, lejos de la pureza de las palabras, del sentido de estas y de su carácter renovador. Llegué a la conclusión de que la salvación es individual, expiar los pecados propios y desprenderme del deseo. Solo soy uno, un pequeño grano de arena en la playa, sin embargo, mi línea está trazada. El mundo no tiene cura.

Bruno Herley. Ha publicado en antologías de poesía y cuento, tiene una novela corta de nombre Dios es sólo un nombre (cómo matar un pájaro con marketing), disponible en Amazon.

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