Honduras/Tijuana

Foto: Carlos Sanchéz

 

Guillermo Núñez Noriega

La manifestación contra los migrantes en Tijuana no se puede reducir a racismo y clasismo, aunque en algunos casos puede ser un ingrediente. Hay sobretodo un desencuentro cultural fuerte. Un desencuentro que pasa por formas y contenidos de la cultura norteña y fronteriza. Decir que Tijuana es antiimigrante y racista es faltar a la verdad. Pocas ciudades en México son tan abiertas como Tijuana. Pero los tijuanenses tienen una narrativa identitaria muy compartida en la frontera y en el norte: la cultura del esfuerzo personal, del trabajo, de la disciplina diaria de levantarse temprano y acostarse tarde, de cáculos de tiempos y movimientos lo mismo en la fábrica que en el cruce fronterizo, de dedicación y autosuperación. Es una narrativa que las personas venidas de diferente parte del país asimilan pronto y luego presumen de haber cumplido. Por eso desconfían de “quien nomás pide”, o peor aún “quien exige que le den”, “quien afecta a los demás” quien altera ese relojito de tiempos y movimientos calculados que es la vida fronteriza.
En mi libro Hombres sonorenses muestro cómo los adultos mayores están orgullosos de “nunca haber pedido la ayuda de la comunidad para un asunto familiar como conseguir medicinas para la esposa o los hijos”. Acá a mucha gente le parece que pedir ayuda a la comunidad es vergonzoso, es porque se “ha caido en desgracia”. Se espera que cuando se pida la gente diga: “me da mucha pena hacer esto, pero necesito tu ayuda”… Se espera pues un acto de contricción, de modestia, como demostración de dignidad y de que esa persona hará el esfuerzo para que eso no se vuelva a repetir.
En las narrativas antiimigrantes que he leido de tijuanenese, chihuahuenses y ahora nogalenses distingo quejas porque “piden con altanería”, “con arroogancia”, “no son agradecidos”, “son altaneros y rijosos”, “no son ordenados, son irrespetuosos, groseros y gritones”.
La población fronteriza está coincidiendo en algo: “esos migrantes son distintos de los que nos han llegado por años”. Uno de ellos agrega una anécdota: “le dije que estaba estorbando el paso en la garita y llegaría tarde a mi trabajo y me dijo que era un perro del imperialismo, y él ¿qué no quiere cruzar al imperio pues? Por qué no luchó por su socialismo en su país?”
Yo creo que a los tijuanenses se les puede acusar de generalizar (lo que pocos han hecho mal se vuelve luego acusación contra todos), de poca paciencia a que alguien introduzca desorden en su vida de relojito bien calibrado. Pero acusarlos de racistas o fascistas es un total exceso. De hecho suelen responderte: son migrantes en busca de trabajo, “pues bien hay 4 mil plazas vacantes en la maquila, que entren a trabajar y le chinguen como todos le hemos hecho”.
En fin, cuento todo esto porque desde hace tiempo he reflexionado que el activismo en México, como le pasó al brasileño, está dejando de educar, sensibilizar, ofrecer reflexiones, abrir el diálogo, dar argumentos y está cayendo en el facilismo de hacer memes por todo, memes radicales, memes altisonantes, memes descalificadores, memes sarcásticos, memes irónicos, memes contra los que no muestran los valores que consideramos progresistas. Aunque a decir verdad disfruto muchos memes particularmente contra los personajes en el poder político y económico que se han hecho especialmente odiosos, me pregunto ¿y a esos amplios sectores de la población que comparten los valores dominantes, qué les estamos ofreciendo? ¿sólo burlas y descalificaciones? Es peligroso crear una masa humana de resentidos e incomprendidos, porque entonces sí le estamos dando de comer a las verdaderas fuerzas fascistas que hasta hace poco agazapadas ya están empezando a asomar sus garras. Claro que dan ganas de insultar y uno se enoja ante muchas injusticias, pero si algo he aprendido es que el esfuerzo cotidiano por transformar la sociedad en la que vivimos es un trabajo de paciencia y dedicación, que requiere enseñar, educar, sensibilizar, argumentar, escuchar y volver a argumentar… requiere a menudo incluso sentarse con los que piensan diferente y construir diálogos que se creían imposibles.

 

Guillermo Núñez Noriega, doctor en Antropología Cultural, ha publicado libros como Hombres sonorenses,¿Qué es la diversidad sexual? Reflexiones desde la academia y el movimiento, entre otros. Actualmente es investigador en el Centro de Investigación en Alimentación y Desarrollo, A.C.

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