Historias de futbol: El autogol de la muerte

Andrés Escobar, jugador de la selección Colombia y Atlético Nacional asesinado en Medellín.

La tragedia de Andrés Escobar

L. Carlos Sánchez

El balón detuvo su marcha al encontrarse con la red: el balón que pateara con su pie derecho, por accidente, por infortunio.

De pronto se apagó la luz de su mirada. Las voces de un estadio repleto festejando el gol  le cegaron la visibilidad. Veía sin ver.

Andrés Escobar, integrante de la selección de Colombia, sintió morir de tristeza, de impotencia. Por ese autogol desde su autoría en el minuto treintaicinco del primer tiempo. Tiempo después la muerte se le apersonaría. Contundente. Al son de doce balas. Una por cada segundo de angustia que él y los aficionados sufrieron en aquél trágico veintidós de junio de 1994 cuando Estados Unidos derrotó a Colombia con marcador de 2 a 1.

El sueño colectivo que arropó al país entero se diluyó en un instante. Autogol fue el vocablo más odiado, la tragedia de facto, el filo de una daga rasgando el interior. Un relámpago que devasta.

Andrés Escobar fue en un tiempo, previo a la Copa del Mundo USA 94, la garantía en la defensa para el seleccionado colombiano que dirigía Francisco Maturana, la compuerta para impedir el peligro del rival. Fortaleza y pulcritud en la técnica. El orden preciso, como un traje de sastre hecho a la medida.

Pero quiso el destino que la historia diera un vuelco, quiso que un balón fútil, intrascendente, disparado por el jugador estadounidense John Harkes, de pronto cobrara vida y dejar de moverse sólo hasta después de rebasar la línea de la portería que resguardaba Faryd Mondragón.

A sus veintisiete años de edad Escobar tenía literalmente el mundo a sus pies, porque con ellos había construido las esperanzas de avanzar y avanzar en un torneo mundial en el cual el seleccionado colombiano era un trabuco, el rival a vencer por los equipos de América Latina, y del resto del mundo.

Colombia llegaba al mundial en las mejores condiciones. Con un boleto que ganaron sin empaparse la camiseta, con un paso seguro y contundente. Con los puntos necesarios para treparse al avión de las ilusiones. El deseo de conquistar el mundo a través del futbol.

El minuto treintaicinco del primer tiempo marcó la pauta, el preámbulo para la muerte. Pero hubo antes algunos días para la reflexión. Escobar Saldarriaga confrontando su interior, atendiendo a la prensa colombiana, compartiendo sus conclusiones a manera de lamento. “Fallamos en el momento decisivo… jamás esperé un hecho de esta índole… derrotado, liquidado, sin poder reaccionar”.

A menos de un mes después de fenecer la copa mundial USA 94, el tres de julio del mismo año, antes que la luz del alba se postrará sobre Medellín, el fanatismo incendió la rabia. En un tiro de calle, al más puro estilo del barrio y su pasión, a Escobar le reclamaron su propia desgracia que emanó de su derecha al intentar reventar el balón, despejarlo hacia afuera, lejos, donde no atentara contra su portería.

Gracias por el autogol, gracias por el autogol. La frase retumbó en la conciencia del futbolista. Tres hombres y una dama apostaron por sus minutos de juicio. Ellos para dictar la sentencia. Doce balas en la humanidad del deportista.

En la calle su cuerpo. En la ciudad la extensión de la tragedia, la extensión del llanto que iniciara en la Copa del Mundo. En Medellín la muerte, en la familia el desconsuelo, en el futbol el luto.

Vinieron después los homenajes, la interpretación contraria a la reacción de los victimarios. Vinieron los rumores, “la mafia no perdona”. Vinieron muchos juegos en honor al mejor defensa de una región de tiempo en el seleccionado colombiano.

El desconcierto y desconsuelo por el timing incorrecto, o la lejanía de éste. Andrés Escobar Saldarriaga inscrito en la lista de celebridades que fallecieron a la edad de veintisiete años: Janis Joplín, Kurt Kobain, Jimmy Hendrix, Jim Morrison, Amy Winehouse, entre otros.

La mirada como antecedente de la tragedia. Andrés Escobar cavó dentro de su alma instantes después de que el balón golpeado por su diestra perforara la portería de su equipo. En la mirada el vaticinio, la desolación. Escobar la mirada de un niño abandonado. Quizá sólo pudo librarse de su desasosiego esa madrugada fatídica del mes de julio. En el noventaicuatro. Cuando lo mataron por un autogol.

Texto publicado originalmente en www.liberacionmx.com

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