Historias de fútbol: Dios no visita las cárceles

L. Carlos Sánchez

Detractor de las normas. La revolución en sus ideas. Simpatizante de Cuba y su régimen. Amigo de Fidel. Inventor de sueños. Realizador de.

Diego Armando Maradona es sinónimo de grandeza en el futbol. Y polémico hasta la madre.

A la menor provocación desenvaina la intolerancia y agrede a un reportero. En la mejor oportunidad anota un gol heroico y lleva de la mano a la alegría a su Argentina entero. México 86 le significa la gloria. Aquí los mexicanos exclamando: “Maradona, por qué no naciste en México”.

Y así los días. En el Mundial del 94 celebrado en Estados Unidos a los gringos, por temor, por precaución, se les ocurre ponerlo fuera de juego, con sus reglas y moralismos. El antidoping que Maradona jamás libraría.

Desde las gradas fue el espectador más frustrado. Y el más aplaudido.

La prensa todo lo divulga. O casi todo. Lo que no se ha sabido demasiado es la historia esta donde el pibe milagro desde sus piernas, un día ingresó a la cárcel de Medellín a jugar en partido amistoso, donde además jugó René Higuita –tan polémico como Diego Armando-, nada más y nada menos para el dios de la droga en Colombia: Pablo Escobar Gaviria.

Como en sus mejores años de correr las dimensiones de una cancha, Diego exploró las simetrías del campo, golpeó los balones, puso los mejores pases, se divirtió como enano y quizá nunca antes en 90 minutos obtuvo tanta plata como en ese día cuando “El patrón” lo saludó de mano, lo invitó al convivio con las mejores y demasiadas chicas bellas que se paseaban por la prisión como si fuera una tarde en la playa.

La aventura inició a propuesta de Guillermo Coppola quien le habló a Diego sobre una persona importante que deseaba conocerlo, mirarlo jugar de cerca, en su entorno.

Maradona aceptó la propuesta y pronto pudo ver la elegancia de una oficina al interior de la cárcel, el poder dentro de lo que se supone es el hábitat de la desgracia.

Allí el diez argentino supo de la afinidad que don Pablo Escobar tenía para con él, por aquello de que Diego nunca ocultó sus ideas de izquierda, su proclividad a la fiesta, el desparpajo, el consumo de la felicidad.

Y tal vez la afinidad no sea mutua, pero el futbolista acepta y lo ha dicho: Pablo generó los empleos para campesinos, pilotos, ha vendido droga para consumidores de un país que la adquiere por voluntad propia, nunca bajo presión o manipulación.

Maradona se refiere a los Estados Unidos, por su puesto, quienes siempre tuvieron el ojo puesto en el narco colombiano. Siempre pretendiendo extraditarlo, juzgarlo, lincharlo.

Pero, vamos, caramba, dice Diego, si Pablo no le robaba a nadie. En cambio los políticos roban al pueblo, inclusive en el momento en que una madre paga en la tienda una lata de leche para su hijo.

La lógica, el razonamiento, la agilidad en la ideas como lo ha sido con la piernas, los goles como un digno apellido.

Diego Armando Maradona es el jugador más aclamado. El más aplaudido, el más criticado.

La vida lo puso allí, en la mirada de todo un mundo perseguidor de la alegría que brinda una jugada de fantasía. La vida lo puso también dentro de la cárcel, para complacer al patrón, pero también para regalarle alegría a miles de presos que nada tuvieron que ver con el deseo de Pablo Escobar Gaviria.

Dicen que en ese partido, Maradona actuó la jugada aquella donde la mano de Dios se hizo presente. Sólo que allí fue infructuoso, porque Dios no visita las cárceles.

Publicado originalmente en www.liberacionmx.com

 

 

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