Herencia

Relatos desde la pandemia

Luis Álvarez Beltrán

Conrado Olalde tenía sesenta y ocho años y tres hijos: Augusto de treinta y uno, Catalina de veintiocho y Osvaldo de veintiséis. En el mundo y sus vidas se acababa de terminar la segunda década del siglo XXI y empezaba una tercera el primero de enero del año 2020. Empero, era una familia separada por el océano Atlántico. Su esposa Soledad, ahora de sesenta y seis años de edad, muchos años atrás, en 2003, le pidió marchar a España con el pretexto de que su madre la necesitaba en el último lecho de una enfermedad terminal que dilató otros tres años su penoso destino. Conrado y Soledad eran gente adusta, conservadora, que se casó muy tarde y procreó aun más tarde a sus hijos. En el fondo, la partida de Doña Soledad a España en plena adolescencia de sus hijos tuvo que ver con una historia oscura; una sombra siniestra que se posó sobre la mirada pacífica de las mujeres del hogar: El verdadero motivo de su partida al viejo continente, la vuelta a su madre y original patria, España,  guardaba en el pecho y en el seno espiritual de la madre el secreto de que en realidad Soledad de Olalde se llevó a su hija adolescente porque ya no aguantaba los embates sexuales de su hermano mayor, Augusto de quince años, enfermizamente enamorado de su hermana mediana. Aquel secreto, acendrado y roedor de la paz del alma de la madre, nunca fue comprendido ni enterado por Don Conrado Olalde, hombre casado a su trabajo las veinte horas del día.

Una oscura pena embargaba la pena de Doña Soledad y una inocencia dolorosa padecía la imberbe y hermosa Catalina Olalde de doce años y medio, quien nunca comprendió cabalmente la partida a esa tierra extraña y lejana a la que tardó varios años en poderse habituar. Lejos en el recuerdo se borraban los rostros de su amado padre, a quien admiraba de sobremanera y a su querido hermano menor, Osvaldo de diez años, a quien adoraba y con quien compartía juegos, sonrisas, miedos y correrías adentro y afuera de la inmensa casa; en cambio hacia su fraterno mayor, Augusto, sólo dedicaba nerviosismo, incomodidad y una vibra que siempre bloqueaba su boca y su memoria. Por lo demás, Osvaldo era sus ojos y sonrisa, a más de un cariño superlativo de hermanos infantes en un mundo feliz. Pero la adolescencia fue terrible en la mente de Augusto Olalde a través de una perversión que le traicionaba la lógica siempre que miraba en la intimidad de los reductos del hogar el cuerpo en desarrollo de su bella agraciada hermana. Al percibir aquella percepción y corroborarla a lo largo de un año, la madre Soledad advirtió un inminente riesgo que no quiso correr. Más de tres historias iguales se hablaban entre la docena de señoras que jugaban canasta los martes por la tarde.

Dos décadas después muere la propia Soledad de Olalde en la casa que sus padres guardaron para ella en un barrio viejo en Barcelona. El invierno que recibió al año 2020 fue letal para una neumonía que mal avenó la humanidad de la refinada mujer que toda su vida se dolió por la condición, maldita de alguna religiosa manera, que atrapó a su hijo en la forma de enfermo deseo por su hermana. Nunca se recuperó del peso de esa cruz que la vida le arrojó y sólo agradecía haber descubierto el peligro y, contra todo, haber puesto a salvo a su venerada Catalina de las garras del demonio incontrolable del incesto y estupro. Sepultaron a la madre de los Olalde en España a mediados de enero del año 2020.

Don Conrado, dueño de una centenaria empresa de venta de textiles en Guadalajara, México, a pesar de los años de separación, de repente tuvo un golpe emocional y en el último adiós volvió a vivir en sus entrañas, sus músculos y todos sus sentidos el gran amor que aun sentía por aquella mujer que había sido la única compañera de su vida. Como un flasback interminable que no imaginó experimentar, Don Conrado trajo a cuenta en esos días todas y cada una de las vivencias felices al lado de la joven Soledad en sus años de estudio en la Ciudad de México, donde se conocieron, él como hijo de un español y ella como española recién llegada a México. En la mente de Conrado volvieron esos viajes que realizaron juntos a muchos lugares del mundo. Sin embargo, la impresión más fuerte vino al momento de volver a ver a su hija Catalina después de más de quince años de no verla. Varios matices de la belleza de su hija mediana, eran réplica increíble de su propia esposa, su perfil, su pelo lacio y largo, la forma de sus ojos, el color de sus ojos, su mirada, la expresión de su mirada y su manera de crispar los labios. Fue una sensación feliz, casi milagrosa, que hizo poco a poco que Don Conrado repensara una cuestión central de su existencia: Su herencia.

Don Conrado tenía un testamento firmado. Contemplaba que su hijo Augusto recibiera todo el poder de la firma Olalde: La principal tienda vendedora de telas en Guadalajara, Ciudad de México, Tijuana y las capitales de Sonora, Sinaloa y otros Estados de la República Mexicana. El valor de la herencia en activos de la empresa rebasaba los mil millones de dólares. Desde 2015, Textiles Olalde había entrado al exclusivo grupo de empresas que rebasaban un patrimonio financiero de mil millones de dólares. Sin embargo, Textiles Olalde se destacaba, y ese era un factor que sus clientes contemplaban y les inspiraba una lealtad segura, por ser una de las empresas filantrópicas más activas de toda la República Mexicana, aspecto con el que su hijo Augusto no estaba de acuerdo y quería eliminar una vez ascendido al poder.

La familia convivió tres días en Cataluña y a despecho de un disimulo refrenado de Augusto al sufrir un asalto de deseo perturbador y primigenio hacia su hermana, aun mayor por fuerza de la edad y una virilidad de consideración mayor; su hermano Osvaldo se sentía jubiloso y más tierno y demostrativo que nunca con su hermana que, a su vez se sentía dichosa de recuperar a su hermano favorito. La naturalidad y limpitud de su cariño eran mutuos y era común que se enfrascaran en largas charlas insustanciales que los hacían reír como los niños que un día fueron. Los celos de Augusto no sólo eran infernales sino que, de una inteligencia aguda, de suerte que Augusto empezó a sospechar que aquella comunión familiar podía alterar su futuro en términos del testamento de su padre. Por lo tanto, Augusto se propuso ser el mejor hermano del mundo. Lo primero que hizo fue proponerle al padre que su hermana se convirtiera en la presidenta ejecutiva de Textiles Olalde en el renglón de actividades filantrópicas. En realidad lo que Augusto pretendía era tenerla cerca y manipular las actividades de ese expediente de la empresa. Tejer una red de engaños para alimentar un deseo ciego e insano. Eso mantendría alejado a Osvaldo que era encargado de relaciones internacionales y que permanentemente viajaba al interior y exterior del país. Pero el padre anticipó un montón de cosas.

El fundador de la empresa no fue Conrado Olalde sino su difunto padre, Don Augusto Olalde y Castro, un emigrante español que llegó a México ante la emergencia al poder del General Francisco Franco. Comprometido activista republicano, el hombre joven que fue Augusto Olalde y Castro hacia 1937, escapó de la muerte y como cientos o miles de españoles, tuvo que ver en el exilio en México el azar de inventarse alguna vida nueva. Y así lo hizo.

Don Augusto se casó en 1944 y varios años después procreo a Conrado. Algo le había enseñado Augusto Olalde y Castro a su hijo Conrado: Lo primero, el advenimiento de las crisis. Superviviente de la Depresión de 1929 y los primeros años de la década del treinta en el siglo pasado, Don Augusto instruyó a su joven hijo sobre la prevención interna que deben tener las empresas y las familias para enfrentar las crisis en las que suelen caer las empresas en países estructuralmente débiles, como México, y endémicamente corruptos, como México. De forma que desde siempre, Don Conrado, al igual que hizo su padre, ahorraba todo en dólares, por décadas, y sólo su capital de trabajo, con el que operaba, lo manejaba en pesos. Esa sabiduría de largo plazo había construido el emporio que era Textiles Olalde. Lo otro que le enseñó era algo casi casi esotérico. Su padre le enseñó: “Ten cuidado con las epidemias. Y más con las pandemias. El joven Conrado nunca olvidó esa lección. No era para menos, Don Augusto Olalde y Castro, a sus once años, en 1918 perdió a toda su familia en la pandemia de la gripe española. “Cuando en un tiempo se presente, no se sabe cuándo, pero las epidemias han acompañado a la humanidad por siglos y milenios, hazle caso, protege a tu familia sobre todas las cosas y deja todo asunto para después, hasta que pase definitivamente”, fueron las palabras de Don Augusto Olalde y Castro a su hijo que ya empezaba a entender de empresa y de trabajo y todo juicio lo aprendía de su padre. Por eso puso por nombre Augusto a su primogénito, a quien idealizó de una manera un poco desconcertante.

Llegado el 2020 y una vez Catalina instalada en la mansión de la familia en la capital de Jalisco; y una vez colocada en una oficina principal de la empresa de su padre, éste, súbitamente listo para retirarse, enfrentó una coyuntura en la historia de su empresa: Augusto presentó un plan al consejo de administración de la compañía, consistente en un estudio ambicioso que proyectaba la construcción y operación de Textiles Olalde en al menos treinta ciudades mayores a cien mil habitantes que había en el país para el aseguramiento de todo el mercado interno significativo a nivel nacional. Las doce tiendas mayores que poseían ahora se convertirían en cuarenta y dos en un plazo de cinco años. El proyecto expansión significaba invertir cien millones de dólares en la construcción de las tiendas que abarcaba dieciocho estados de la geografía de México. La exigencia de Augusto fue la autorización inmediata de su plan de negocios que cristalizaría a cinco años la recuperación total de la inversión.

El principal proveedor de la empresa era un productor textil de China que ofrecía las mayores ventajas y que se ubicaba en la ignota ciudad de Wuhan. El estudio presentado por el hijo mayor de Don Conrado era realmente notable, los números eran serios y factibles, pues las ciudades en donde construirían las tiendas realmente tenían una dinámica promisoria y creciente. Pero Don Conrado Olalde era un devorador de noticias nacionales e internacionales: Una ola siniestra de datos y de percepciones se ceñía sobre el mundo no sólo desde el frente de la salud de los habitantes de China sino que él conocía de sobra el efecto dominó que producen en la economía una ola de contagios en el hemisferio occidental, especialmente en los mercados financieros, el tipo de cambio, las tasas de interés, la inflación y el consumo por parte de la gente.

Sin embargo, la junta de la empresa omitió las reservas de Don Conrado y firmaron, incomprensiblemente, a través de un fast track que detrás del telón escondía la corrupción de la que echó mano el hijo mayor para ganarse votos de los veinticuatro socios de la empresa, la aprobación del plan de negocios a cinco años de la compañía. El proyecto se financiaría con los flujos de efectivo de la compañía los primeros seis meses del año 2020 y si fuera necesario, con capital histórico de la empresa para no incurrir en deuda con la banca nacional ni internacional.

El proyecto se echó a andar inmediatamente; pero en la noche de la aprobación del megaproyecto se realizó una improvisada cena de celebración en la mansión de los Olalde. Catalina presente, aun guardaba luto por su madre y todo aquello le venía como un torbellino desagradable de asuntos de dinero que le abrumaba y la entristecía. Su padre lo notaba y con todo lo brillante del momento de su hijo Augusto, volvió a escuchar claramente los consejos de su padre. Sin que su primogénito lo notara, Don Conrado convocó a sus dos amigos abogados de toda la vida que incluso trabajaron para su padre décadas atrás, y cambió el testamento. Todo su dinero lo resguardó para su hijo menor Osvaldo y para su hija mediana Catalina. Cien millones de dólares y sólo cien millones de dólares serían para su hijo mayor, quien ya los había comprometido en su proyecto de expansión. Conrado, lo mismo que su padre, poseía una voluntad y un juicio inquebrantables.

Aquella noche de brindis y festejo, algo terrible sucedió:

La noche del triunfo definitivo de Augusto Olalde nieto, en su alcoholismo enfermo, asaltó a altas horas de la noche la alcoba de su hermana Catalina y la ultrajó mientras la tomaba por el cuello asfixiándola, inmovilizándola, de manera que logró sus enfermizas intenciones aliviando de manera abyecta sus deseos más oscuros. Nadie se enteró del oprobio y de la mancillación que sufrió la aun joven y hermosa Catalina Olalde. Pero ella abandonó el país a mediados de ese febrero presagioso y horrible. No se enteró ni Osvaldo ni su amado padre acerca de su fuga y sus razones últimas. Los hechos que continuaron en el mundo y en la empresa de Textiles Olalde fueron un mar revuelto como para seguir la pista de Catalina que años atrás se había graduado en medicina general y entregado sus años a su querida madre. Catalina partió a España, donde podía hacer una vida desde el olvido de su hermano mayor y desde el recuerdo de su querida madre.

Las noticias corrieron como reguero de pólvora. Las muertes masivas en China, en Irán, en Italia, en España, en Francia y después en Estados Unidos, enviaron las bolsas de valores al piso y el subsuelo de una ruina casi generalizada; la actividad económica se detuvo tres semanas, un mes, un mes y medio, dos meses, hasta tres meses. Las oficinas de salud y protección civil ordenaron detener las actividades no esenciales del país y al mismo tiempo ordenaron no dejar de pagar a los empleados. Textiles Olalde tenía tres mil empleados en todo el país y el proyecto de construcción de treinta tiendas se inició con un derroche de gasto inusitado e inflado. Todo costaría casi el doble de lo proyectado en el presupuesto original. Los flujos de dinero se detuvieron por completo y la empresa cayó en una crisis inmensa en la que no sobreviviría el proyecto de expansión. Augusto se negaba a pagar a sus empleados pero su padre con mano firme le dijo que la ley y su voluntad era respetar el ingreso de sus trabajadores.

Catalina Olalde, viviendo en solitario, se alistó a las labores de la atención a los enfermos del coronavirus. Se contagió a principios de marzo y presentó los síntomas luego de la primera quincena de ese mes en que la sombra de la muerte cubrió las regiones de España como si una guerra napoleónica fuera. Catalina murió contagiada de coronavirus con la enfermedad que genéricamente llamaron Covid-19, a finales de marzo del año 2020. Su padre no lo supo; tampoco sus hermanos. Ella se dejó morir sin avisar. Al sospechar lo que le sucedía no quiso contagiar a nadie. Su debilidad la dejó postrada y no pudo reaccionar. Ella sentía que era algo más, otra cosa, lo que la había matado.

La empresa Textiles Olalde cayó en bancarrota y tuvo que cerrar ocho meses después en medio de liquidaciones millonarias a cinco mil empleados y la hemorragia multimillonaria de la empresa por el fallido proyecto de expansión. Cuando Augusto le pidió millones de dólares a su padre para continuar con la insensata inversión, éste le dijo: “Disculpa, hijo, no sólo te has gastado todo el dinero de la compañía sino también tu herencia. Todo el resto del dinero es de tus dos hermanos. Para entonces ellos no sabían de la muerte y desaparición de Catalina, de quien muchas semanas descubrieron una carta firmada en la que determinaba que todas sus posesiones fueran donadas a los hijos de las personas muertas durante la pandemia en España. Respetando la última voluntad de su hija, Don Conrado determinó que quinientos millones de dólares de su fortuna fueron donados a los huérfanos de la crisis del coronavirus.

Don Conrado, al no tener noticias de su hija Catalina y al no obtener información por parte de nadie, en la clandestinidad viajó hasta España para buscar a su hija hasta encontrarla. Se contagió en España a mediados de abril y murió sin remedio cuando ya la pandemia empezaba a remitirse. Cuando por fin logró dar con el paradero de su hija, en medio de medidas sanitarias que desquiciaron el sistema de salud de Barcelona, al leer aquella tarde, Don Conrado no sintió ningunas ganas de regresar a México. Camino entre los muertos y entre los contagiados y lloró interminablemente a su esposa y su hija, en un amargo día, en una amarga noche.

En el fondo, él sabía que la fuerza vital y la bondad de Osvaldo, sobrevivirían a la perversión y la ambición de Augusto. Don Conrado no sobrevivió al mes de abril de 2020. Mucha gente tampoco lo logró.

En México, Augusto Olalde, el nieto y primogénito de una familia privilegiada y honorable de la sociedad mexicana, se dio un tiro en la sien la última noche de abril de 2020. Lo habían desahuciado por Covid – 19 por no guardar las reglas de cuidado que todo mundo debía atacar.

Osvaldo vivió más de setenta años y recuperó la empresa de las cenizas una vez que la pandemia se hubo extinto en el verano y en la traslación del planeta que, más temprano que tarde, remite a otras cosas a nuestra humanidad.

 

https://www.youtube.com/watch?v=X6A96yQO82I

2 Responses to Herencia

  1. Muy buena historia. Me gusta que toca varios principios que gente de esa generación tiene. Un saludo desde Seattle, donde la pandemia sentó residencia desde enero.

Responde a Abraham Cancelar respuesta