Hay tumbas sin dueñas

 

 

Francisco Luján

A pesar de la primavera, el sol cae a plomo, dice la gente por acá que solo hay dos estaciones: invierno y verano. Los pájaros lo saben, por eso traen una algarabía de árbol en árbol y toman baños de tierra de vez en cuando. Más allá el monte es de matorrales y la luz es calor, incomodidad en la ropa. Una pequeña lechuza brinca para encontrar la sombra de algunas ramas.

Karla, de unos cuarenta y cinco años, pasa una y otra vez el pañuelo por su frente, el sudor empaña sus lentes y baja por la sien izquierda como si fuera una lágrima más. Llora al pie de un hoyo donde un esqueleto con ropas raídas luce con la quijada caída. Piensa una y otra vez el cómo pasó todo lo que la llevó a estar ahí. Arroja un puño de tierra y dice una oración. Detrás de ella hay otra mujer, en sus lentes los rayos de sol son una pantalla color plata.

El sonido de una chicharra comienza a ser intermitente, los pájaros enmudecen por un momento y después sueltan un canto atropellado que se pierde en la lejanía. Karla no le da importancia, con la mirada fija en los restos, descubre entre las costillas un bicho raro que repta hacia un agujero en la tierra. La mujer detrás de ella camina a un costado, mira de reojo al cadáver y se persigna.

—Vámonos. Ya lo viste —le dice a Karla.

Dos hombres armados con fusiles de asalto cubren con tierra el agujero. Un tercero más que solo observa, de gorra negra, les hace una señal a las mujeres.

—Ya lo vieron. Ya saben dónde está. Ahora no estén chingando. Nada de andar poniéndole una cruz o veladoras, porque si no se las lleva la verga.

—Dele gracias a su patrón por permitirnos verlo. Dígale que muchas gracias —dice la acompañante de Karla.

—A su chingada madre vaya a darle las gracias —contestó el hombre de la gorra.

Las mujeres avanzan tomadas del brazo. Karla llora quedo, apenas un silbido de su nariz congestionada. La otra mujer solo agacha la cabeza. Escuchan a sus espaldas el sonido de picos y palas caer en la caja de la troca, después el motor, una nube de polvo las cubre y empaña al sol. Los pájaros vuelven del monte con su algarabía, las acompañan hasta tomar carretera.

 

Francisco Luján (Navojoa, 1989), escritor de a veces y cronista a medias. Planea publicar un libro de cuentos policiacos en futuro no muy lejano.

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