Fui consciente del pánico antes de salir a escena y la magia transformadora de enfrentarlo

L. Carlos Sánchez

De mirada silente, como si en el acto de contemplar le fuera la vida. Analiza inquieta el mundo y sus vicisitudes. A veces acude a los misterios más imponentes, el de la muerte, por ejemplo. Y la desenvuelve desde el interior de un personaje que desdobla en escena.

Parecería qué al subir al escenario, Imelda Figueroa, encontrara por fin lo que anhela, esa posibilidad de tocar y conocer a profundidad su identidad. Qué curioso: auscultar y decir la vida de los otros para reconocer la vida propia. Y saber qué se está haciendo de ella, el acontecimiento fugaz que nombra ese momento efímero que es tercera llamada.

Imelda insiste en la férrea bendición que significa vivir de la vocación. Acude constante y puntual a la versatilidad de sus jornadas laborales, las cuales tienen qué ver con la condición humana y sus comportamientos, sus triángulos de las bermudas y sus contundentes claridades. Lo que es la mente y su indescifrable destreza.

Infatigable Imelda, conversa aquí:

—Imelda, gracias por aceptar esta conversación: ¿Para qué sirve el teatro en la sociedad?

—Creo firmemente que el teatro es un elemento transformador de los seres humanos y en consecuencia de la sociedad en que vivimos. Sin duda humaniza al conmover y sensibilizar. E incluso el teatro educa, forma e informa.

—¿Para qué te sirve el teatro en lo personal?

—Creo a los espectadores les sirve para verse y ver a otros, es un gran espejo donde se proyecta una realidad que nos toca a todos.

Para mí es la oportunidad de comunicar aquello que necesito por considerarlo trascendental para el desarrollo humano.

Para mí, estudiar y hacer teatro representó un descubrimiento personal de mi valentía, fui consciente del pánico antes de salir a escena y la magia transformadora de enfrentarlo.

—¿Qué diferencia hay entre actuar en reparto a actuar en monólogo o unipersonal?

—Ambas tienen su encanto, su nivel de dificultad y sus partes cómodas y complicadas.

El trabajar en un monólogo requiere un gran poder de concentración, tener conciencia de que todas las piezas las pondrás tú, eres la única responsable de que la historia se cuente bien. Por lo tanto, tienes más posibilidades de interiorizar con el o los personajes que interpretarás. Sin dejar de lado que el teatro es un trabajo en equipo siempre.

En un reparto hay que ponerse de acuerdo con los demás compañeros de escena, hay una complicidad en la mayoría de las veces disfrutable de que todos vamos hacia un mismo punto. Existe la comodidad de pensar que el otro me apoyará en el momento que lo necesito y juntos haremos que la historia funcione.

—¿Cuál de las dos opciones prefieres, y por qué?

—Ambas tienen su encanto, su nivel de dificultad y sus partes cómodas y complicadas.

Y sin embargo reconozco que el reparto es maravilloso en mi experiencia, es como estar de recreo, repartes la responsabilidad, más relajado, la complicidad en la escena es maravillosa y al finalizar la función la comenta es estupenda.

—¿Qué sensaciones experimentas arriba del escenario?

Ufff! Energía movilizándose por todo mi cuerpo, gozo, lucidez mental, mis sentidos abiertos, en ocasiones miedo paralizante y la mayoría miedo que se convierte en adrenalina. Intensidad pura y de ahí mi deseo constante de repetir ese acto una y otra vez.

—¿Cuál es la escena de todo tu repertorio como actriz que más te ha cimbrado y se ha quedado para siempre en ti?

—En la primera que pensé cuando leí esta pregunta fue una de la obra “La rueda de la vida”, es un pasaje donde interpreto a una mujer judía que va a pedir ayuda para el último de sus trece hijos pues todos los demás murieron en una cámara de gas. Es una escena conmovedora sin ser melodramática, es un suceso real donde esta madre muestra su dolor y su fortaleza para salvar a su pequeño.

—Parecería ser que todos los caminos te llevan al análisis sicológico del ser humano, lo digo por tu profesión de sicóloga, ¿qué te aporta el ejercicio del arte a tu desarrollo profesional de la sicología?

—Primero te aclaro que no estudié la carrera de Psicología, sino una Maestría en Terapia Gestalt, de forma estricta no me denomino Psicóloga, más bien Terapeuta Gestalt. Y el teatro me ha permitido tener herramientas para que mis pacientes entren en contacto con sus emociones. Es decir, los ejercicios teatrales permiten a los pacientes sensibilizarse y darse cuenta de asuntos que estaban muy guardados en su inconsciente.

En mis terapias grupales aplico dinámicas de juego teatral con las que logro que las personas tengan una actitud de disposición al trabajo emocional. Incluso he estado trabajando en talleres de salud emocional aplicando la técnica de Clown con mi gran amigo Manuel Navarro.

—¿Cuántas veces al día te permites ser niña, o llega de imprevisto la infancia?

—La mayoría de las veces llega de improviso y eso es lo mejor, cuando de forma espontánea juego, me río, me atrevo, soy osada, aventurera y tierna.

Cuando paso muchas horas en la mente me canso y al mismo tiempo me vuelvo rígida y controladora. Así que voluntariamente invocó a mi niña, tengo una imagen mental de ella con sus ojos bien abiertos y querendona, así que le abro la puerta de mi ser para que se exprese.

—¿Cuál de los personajes que has actuado quisieras ser en la vida?

—¡Ay!, qué difícil pregunta, puedo decirte que mi personaje de la vida real Elisabeth Kübler es una mujer que admiro y sin duda sería un honor hacer las aportaciones profesionales y humanas que hizo al mundo.

También está “Maryela” de la obra “¿Y tú, te amas o te rajas?, este personaje está basado en gran parte en mí, pero la cree más consciente y más despierta que yo. Así que claro que me gustaría ser ella.

—Si la vida es un teatro, ¿quién dirige esta puesta?

—Diría que es una creación colectiva, donde cada uno aporta lo que tiene, positivo o negativo y por eso la mayoría de las veces es un desmadre. Y sin embargo así es como trascenderemos con estas experiencias de aprendizaje.

—Dime un fragmento de guion que hayas actuado recientemente.

— “Mi primera experiencia sexual fue a muy temprana edad, estaba yo en el kínder, por accidente me tragué una pequeña muñequita de plástico y mi compañerita que era mucho más experimentad que yo en el tema, me dijo que aquello me crecería dentro, la panza se me pondría redonda y tendría un hijo.

“Mi segunda experiencia no fue más placentera, me preparaba para mi primera comunión y estando en el confesionario, el cura me preguntó: ¿hija has tocado tu cuerpo? Si claro, todos los días respondí con naturalidad, él me dijo con una voz que cimbró mi cuerpo y la iglesia: que no sabes que ante los ojos de Dios es una ofensa gravísima y que la pureza de una niña es lo más sagrado que existe. Yo sin entender nada pregunte ¿ni con guantes padre?”

Es un fragmento del texto “El sexo y yo” de Isabel Allende y forma parte de la obra de teatro “¿Y tú, te amas o te rajas?”

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