Francisco Trejo, Sumario de los ciegos

Ramón I. Martínez

Estamos ante la deslumbrante aparición de la madura obra del joven poeta Francisco Trejo (Ciudad de México, 1987), Sumario de los ciegos. (Antología personal), New York,  Nueva York Press, 2020, colección Piedra de locura, 9. Trejo es, además de poeta, ensayista. Investigador y editor, Maestro en Literatura Mexicana Contemporánea por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), autor de ocho poemarios publicados. De estos últimos el presente libro antóloga cinco, El tábano canta en los hoteles (2015), Canción de la tijera en el ovillo (2017), De cómo las aves pronuncian su dalia frente al cardo (2018). Balada con dientes para dormir a las muñecas (2018), Penélope frente al reloj (2019).

El joven maestro recapitula casi diez años de escritura publicada en un lapso similar. Es el recorrido del artista ante los hallazgos poéticos que son el rememoro de la intermitencia de la ceguera frente “…la pira de la muerte que siempre conduce a la poesía”, en palabras del autor en la nota preliminar, yendo de sus obras más antiguas a las más recientes, en un proceso cronológico (diacrónico) que da fe de la evolución de un talento que siempre practica la autocrítica de un modo muy sano.

Juzgue el lector, Flora, el amor nuestro,

este drama jocoso,

esta ópera de humanos aguijones.

En este fragmento del poema “Exordio” (p. 19) que abre la antología personal, podemos encontrar una clave de lectura del volumen, dedicado “A mi padre” como figura señera de la poética. Observe el lector atento cómo el poema instaura una representación de sí mismo como testimonio de la vida, de la experiencia transfigurada en el verso. El amor es el más hondo llamado de la sangre. Y la poesía su más prodigioso canto y su más fervoroso cumplimiento, no sólo dramático sino jocoso.

El autor utiliza el epigrama para manifestarse, sobre todo en sus primeros libros, que merced a la publicación ya no son sólo suyos sino nuestros, también. Según el Diccionario Panhispánico de Dudas de la Real Academia Española, “epigrama” significa “’Poema breve e ingenioso y generalmente satírico’ y ‘pensamiento expresado con brevedad y agudeza’(…)” Es una forma poética heredada de la antigüedad clásica grecorromana, por cuya mitología se ve tan influido Francisco Trejo, de modo que la hace suya y la restaura en una mitología personal. Tenemos como muestra un botón, el siguiente poema titulado “El pescador” (p. 42):

El hombre sale a la calle y presume a su esposa.

“Flora es el mar” le dice

al que diario pesca en ella.

Un recurso literario al que acuden poetas mayores como Héctor Carreto y que el autor que nos ocupa tiene a bien explotar. Declara el autor su vocación de brevedad en el poema “El suicidio del poeta” (p. 51):

Supe que Flora no me ama,

por eso voy a suicidarme;

pero no esta noche:

será cuando le haya dedicado

cientos de epigramas

y éste, apenas,

inaugura la enjambría.

Otro poeta cuya influencia también es notoria, es el sonorense Abigael Bohórquez (1936-1995), no sólo porque es citado en los epígrafes de varios de sus poemarios y en algunos versos referido como personaje, sino por la alusión a los hoteles y moteles, sobre todo en su poemario El tábano canta en los hoteles, que connota el B. A. y G. frecuentan los hoteles de Bohórquez. También se nota la influencia en el manejo de neologismos surgidos a partir de las palabras compuestas. Como en el siguiente poema del cual cito un fragmento. Este poema va hilado después de otro donde se ha declarado que es el minotauro, híbrido de toro y hombre. A semejanza de él, sus palabras también pueden ser híbridos nacidos de la composición (p. 60):

II.

Antes de ser carnempavesida, quiero crepitar con el garbo de la liebre: ser estruendo sobre los galgos azules de la hoguera (…)

El poeta también es un híbrido, que canta a pesar de que no se gane el aplauso de la multitud o se gane el aplauso de unos pocos. Un ser extraño que es feliz, pese a lo mal hecho del mundo, el cual ha sido dejado de la mano de Dios. No es que Dios no exista sino que se ha desentendido del mundo. Colección nocturna de las voces que nos habitan. Arte de amar y arte de vivir. Perfección epigramática, brillante en sus hallazgos poéticos. Contundente y conciso, en la precisión de la palabra. Trágico y eróticos lugares. La ausencia paterna, significativa y elocuente. La madre, sufrida y amante. Son constantes (junto con la Mitología) en la obra de Francisco Trejo. Así también la muerte como figura gravitacional del alma, y de la poesía. Como en “Sueñera” (p. 139):

La muerte esté dormida en mi pecho

–y mi canto es su sueño recurrente.

Asimismo, en el fragmento siguiente del poema que da título a la antología, “Sumario de los ciegos” (p. 183):

Madre, mi edipismo consiste

en arrancarme los ojos

para nunca ver el aspecto de tu muerte

Una figura mítica recogida en el volumen es Telémaco, el hijo de Ulises. Hijo que creció sin el padre, estando ausente de la casa por encontrarse en el extranjero. Una ausencia prolongada. Como en el siguiente fragmento de la “Invención de Telémaco” (p. 196):

Pero más que ropa,

yo encontré mi propia piel

en un libro de mitología griega

que olvidó mi padre

al irse de casa.

Una novedad literaria a la que vale la pena acudir, este Sumario de ciegos es un libro que, audaz, nos invita a la lectura espaciosa y que nos interpela desde su claridad de espejo. Larga vida al poeta Francisco Trejo.

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