Fondo tras fondo y trasfondo: Crónica de una mañana en la Zona Norte

Luis Álvarez Beltrán

Quizá el destino humano,

de breves dichas y de largas penas,

es instrumento de Otro. Lo ignoramos.

Darle nombre de Dios no nos ayuda.  

De que nada se sabe.

Jorge Luis Borges.

Fondo

                Es domingo. Fue domingo. Era domingo. Escribiré en primera persona del presente, así podrás, te lo permitiré, meterte entre mi carne, sentir este dolor. O no.

                Es domingo, leve, ligero, la vida es trasparencia, levedad, facilidad, mis pasos se mueven en espacios abiertos, más abiertos que antes y que ayer, en la estrecha recámara que usurpo. El amanecer de domingo es azul pero no azul como los días que pasaron, oscuros y siniestros en mi autocomplaciente irreversible defenestración. No, hoy domingo es un amanecer claro y azul, ¡Claro, azul! De claro azul. Leve, abierto, transparente y profundo, el frío no da frío, el agua no remoja, llovizna y no me moja, he salido silente, despacio, para no despertar a los madrugadores, para no perturbar a los silenciadores y para no notarme. Es menester, es menester. Notarse es molestar, importunar. Hay que salir y no notarse. El domingo es tan leve que caminar es flotar pisando el piso, avanzar sin cansarse, acometer el día deslumbrado de un día deslumbrado; no me duelen las piernas, no me duelen los ojos y lo más increíble: no me duele la vida. Me prohíbo a mí mismo este día accesar al dolor. Como un reflejo de supervivencia, por condición humana, inconsciencia o por transigir de un estado flagelo a un estado inerte, me bloqueo y me reprimo de pensar en mis hijas. Me doy un descanso necesario. Una tregua.

                A pesar de que no trabajo los domingos, me paro a trabajar. Eso es estar un poco loco pero no. Cuando no tengas nada qué hacer, trabaja. Trabaja y apaga todos los malditos ocios, pensamientos insanos o siquiera se acerquen para atormentarte. Me despierto a las seis de la mañana, imposible lavar la ropa, no se secará nada, el día es una sopa… una sopa azul leve. Se juntarán los calcetines fétidos, no es para menos en alguien que camina treinta kilómetros a la semana, se juntarán los calzoncillos ácidos, los pantalones percudidos, camisas olorosas a sobaco y el uniforme de la empresa en sus dos piezas yace ahí arrugado y manchado. Descargo del morral los libros y cuadernos, exámenes y tareas de la clase que imparto de Español Tercer Grado de nivel Medio Básico, así se le dice a secundaria, porque hoy es domingo y no es necesaria, obligatoria, esa joroba penitente, no por hoy. Incluyo en este andar tan sólo mi Tablet computadora muestra, el lector electrónico, el manual, los volantes, mi cell phone de wassap, de cámara integrada, GSP, (GPS en spanish), ubico en mi memoria la cuadrícula del Ageb que me toca cubrir, tienda por tienda, de abarrotes en abarrotes, somos Tiendatek, nos dedicamos a hacer estudios de mercado, nuestra estrategia es ésta, señora, ¿es usted la dueña de la tienda? Sí, qué bueno. ¿Cuentan ustedes con servicio de internet instalado, Wi Fi? Nuestra estrategia es esta, le repito, nosotros hacemos estudios de mercado, le ofrecemos de manera gratuita esta computadora Tablet, este lector electrónico y una base para su colocación y para su seguridad. Se trata, yo le explico, de que ustedes realicen de ahora en adelante todas sus operaciones de ventas, de compras, de proveedores y pedidos, la organización de su inventario, sus aperturas y sus cortes de caja en esta práctica, moderna, sencilla y “fácil de usar” computadora, completamente gratis. ¿Que qué ganamos nosotros, señora? Nosotros nos dedicamos a realizar estudios de mercado, nosotros estaremos conectados a ustedes vía internet y cada venta que usted realiza nos indica un movimiento de mercancías, es como si la gente nos estuviera contestando una encuesta cada vez que viene a su establecimiento a comprar algo. En lugar de contratar a un ejército de encuestadores que ande casa por casa molestando a la gente, esquivando a los perros, sorteando peligros y enfrentándose a cholos, la tecnología nos permite fácilmente hacer encuestas, llenar todo un banco de datos, convirtiendo este punto de venta en un encuestador secreto y eficiente… ¿Que qué gana usted, señora? Usted gana hasta un treinta por ciento en la eficientización (no existe tal palabra) de su administración, hasta un treinta por ciento en el aumento de sus utilidades si usted aprovecha las ventajas y las herramientas que nuestro producto y servicio le ofrece. En este aparatito usted checa las ventas del día, de la semana, del mes, del año, usted puede analizar su empresa, sus ventas, sus utilidades, su inventario, su cartera de crédito, etcétera… Usted puede vender tiempo aire… Usted puede además… Usted puede también… Usted puede, señora…

¡Qué maravilla! ¡Se lo compro, señor! No se vende, señora, es gratis. Sólo le pedimos tres requisitos: Uno, que tenga internet propio y permanente. Dos, que lo use y que lo use bien, nosotros la capacitaremos. Tres, que lo cuide, no lo use para otra cosa, es para la empresa y nada más.

¡Oh, qué bien! ¿Cuánto cuesta? No cuesta nada, señora, es gratis. Sólo que la monitorearemos por internet, checando que lo use bien.

¿Perdón, joven, y ustedes qué se ganan? Nosotros vemos y medimos el comportamiento de los consumidores, el movimiento de productos, las mercancías, en diferentes ciudades del país y, con la base de datos, analizamos la información, desarrollamos modelos científicos para sustraer información relevante sobre marcas y productos y vendemos esa información a los grandes corporativos nacionales, quienes hacen uso de esa información para decisiones importantes.

Oiga, señor. ¿Es usted un robot? No, señora, no soy un robot, soy un vendedor. Actúo como un robot, y efectivamente carezco de sentimientos y motivos. Esa es la condición para hacer este trabajo.

Fondo

                Supero el callejón en bajada, entre matorrales y basura gruesa. Bajo a la ahora centenaria calle, cañón le llaman por acá, que antes de la humanidad y durante la Creación fue un arroyo insalvable, antiguo como el Diluvio de Noé, y camino su ahora ya bien concreta pavimentación que permite andarla y recorrerla no digamos ya sin dificultad sino hasta con comodidad. Es el Cañón Maclovio Herrera de Tijuana, la Colonia Guerrero. Es el amanecer de domingo, ocho de la mañana, no hace frío el frío, es 16 de octubre, domingo 16 de octubre, 2017. Si fuera 16 de octubre de 1990 estaría yo en los patios de la parroquia guadalupana de Caborca participando en la colocación de un stand de la kermesse en el patio del templo porque hoy, tercer domingo de octubre, se celebra, siempre, el Día Mundial de las Misiones. Pero no estoy ahí, allá, ni tengo dieciocho años, y no es 1990, es 2016 y mi vida es podridero, resumidero, de lo que fui por dentro. La lluvia no me moja, es llovizna, la llovizna más leve que yo haya conocido. Decir que voy bajo la lluvia es una vil mentira; mentira que en este caso no lastima a nadie. Mentira literaria. Pero en estricta verdad, camino bajo la lluvia y no me moja. Es la más leve llovizna que yo haya conocido. Doblo hacia la izquierda y mi rostro deja sentir el aire apenas fresco pero omnipresente… La lluvia imperceptible pero omnipresente… El cielo está cerrado, es domingo. Se acerca el Escorpión. Mi amigo estudioso de la astrología, vicioso y fanático de la astrología, dice que si el Diablo tuviera signo zodiacal, sería Escorpión, igual que mi ex mujer, la madre de mis hijas, pienso en ella y pienso en un gran aguijón como músculo – rayo – relámpago venido desde el cielo, gigante, con todos los venenos, pero no… no hace falta… imaginar no es nada enfrentado al verdadero peso de la realidad, de la verdad… Sigo mis pasos, eludo los taxis de ruta que bajan para el Centro, me ahorro quince pesos, eludo los camiones, me ahorro doce, me castigo a mí mismo para comprar un pan, una soda… camino como siempre camino, lento, cargado, tardado, retrasado (mental), pero ahí va el camión. Con mi credencial de mediador de Salas de Lectura del Conaculta, un sellito esquinero de la SEP hace creer a los choferes de las burras que soy un estudiante, un estudiante de cuarenta y cuatro años de edad, qué bonito vivir en una urbe donde los camiones no necesitan refrigeración y parecen armatostes salvados de los cementerios de buses de los Estados Unidos, lo que quiere decir que lo que se usó en los sesentas del Siglo Pasado en California, cincuenta años después rifa aquí como transporte colectivo… Me subo en él, seis pesos no son nada y adelanto camino hacia mi Ageb (área geoestadística básica en lenguaje de Inegi) que está a la bajada de los cerros. También el hecho de tanto caminar recorriendo los mismos lugares hace de la rutina la locura y eso es ignominia en medio de otra ignominia más profunda y resistir todo eso es poco menos que estoico, poco más que un hastío de severa magnitud.

                Abordo el destartalado transporte colectivo azul y blanco y, como siempre, en estos casos observo humanidad, la gente que sube a los camiones en Tijuana es un ensayo sociológico en vivo. Conmovedor, paradigmático, concluyente. No puedo verme así. No puedo ser así. Soy una persona afectada, me afectan los demás, observo y me enajeno.  De choferes hay de todo, todos son diferentes y todos son iguales. Bajo en el Parque Teniente Guerrero. El día es claro, diáfano y ni un asomo de sol. La esplendidez matutina tiene que ver con un nublado de un azul esponjoso, tenue, brillante; no ese azul como gris londinense, no el pesado y friolento azul del invierno lluvioso de Hermosillo al llover cuando llega a llover, no, no ese día nublado que hace decir a alguien me gustan los días nublados, no, no es así, es un nublado éste sin ninguna amenaza, un nublado total, pero que no incurrirá en el chubasco cotidiano ni en el viento helado, ni en el escampado después de leve tromba, ni se aparecerá el sol para nada… Este es el día perfecto para caminar, nada de calor, nada de frío, un clima tijuanero, nomás pa que me entiendan.

                Camino el perímetro del Parque Teniente Guerrero, uno de los íconos del Centro de Tijuana, émulo del Jardín Juárez, no recordar el Hotel Washington, no recordar el Hotel Monte Carlo, no recordar el San Ángel ni el lúgubre Motel París, ni el Hotel Ferrán, todos ellos donde estuve con Karen… no recordar… no recordar… Tijuana está a mil años luz de lo que fue mi vida y aquí estoy, a un millón de años luz de lo que fue mi vida… Me enfoco en mi trabajo por medio de un esfuerzo anímico de supremos arrestos, como si desde la muerte regresara a la vida a cada rato, cada día.

Llego a la primera tienda, Carnicería y Abarrotes El Alteño, el dueño es un muchacho listo, un empresario. Inmediatamente me convence de que nuestro aparato no le sirve a él para nada, que al contrario le estorba… respetable opinión… guardo todo en mi mochila y me largo… poco a poco me interno en lo que promedia el cambio de sector, entre la Zona Centro y la Zona Norte… detecto, aunque ya las había visto antes, fondas, cenadurías, carretas callejeras de tacos, antes de ir a ellas y a sus aromas ratoneros, llego a una librería de viejo y pregunto por Los Viajes de Gulliver que me encargaron Ismael Alvarado y Luis Fernando López, mis alumnos, con quienes empezamos a leer clásicos, ya El Viejo y el mar, ya El PrincipitoFrankensteinCuentos d Amor de Locura y de Muerte, ya  ya, ya… no encuentro en ningún lado una edición barata de Gulliver y en Caborca alguna vez tuve un ejemplar que me prestó David Chavarín Vargas, Duermevela, mi grupo de lectura, qué exilio, qué trasmundo, qué muerte de la vida.

Qué extraño, la gente se mete a comer a estos tugurios, todo huele tan mal y los desayunadores llenos, la gente trae a sus hijos a comer en estas fondas, la gente viene de Estados Unidos a pasar el weekend y se vienen a comer a estas pocilgas. Los precios son la mitad de baratos o el doble de baratos, mejor dicho, que los verdaderos restaurantes. Mi diabetes ataca muy temprano. Entro a uno de estos mosqueros cuasi vacíos, me siento y me arrepiento, hubiera entrado al otro. Desayuno más el café incluido treinta y siete pesos, una mesera como de prostíbulo me atiende, la cocinera parece la sirvienta de una casa y el muchacho asistente parece que nació bajo el signo de no tienes nada que perder y tienes todo por ganar y ordeno unos huevos a la mexicana después de preguntar cuál es la diferencia entre unos huevos rancheros y unos huevos a la mexicana y no entender de bien a bien la diferencia. El huevo estaba bueno, el arroz también un poco, acaso apenas comestible, los frijoles estaban también buenos, pero en mi nariz, mi garganta y mi mente caminaban ratones, cucarachas, estaba yo en el fondo, lo sabía, entonces tenía que sentirme en el fondo: me sentía en el fondo. El café estaba simple y sencillamente perfecto. Sabroso. Desde luego, me lo preparé yo solito. Me persuadí de que a los ratones y a las cucarachas no les gusta meterse a los frascos de café a comer café. De que el agua hervida era efectivamente agua hervida y, por lo demás, yo mismo hurgué el azúcar que yo mismo serví de media cucharada. Tan osado me vi que incluso me atreví a ponerle leche a mi café. Qué decir. Me gustan las fondas. Me encantan. Mi nana María Luisa tenía una en el mineral de Cananea y era fascinante. Inolvidable. Hay algo de pobreza y ternura, de desgracia que casi se puede respirar, de mucha humanidad de mujeres maltrechas y hombres mal avenidos que conviven en estos ratonales, en estos pertrechos del bajo mundo culinario… No mucho después, como si no hubiera estado allí, me escabullo.

Tras Fondo

                Zona Norte. Tijuana. Nomás para que vea mi jefe, me voy a chingar toda la colonia más culera y peligrosa de Tijuana. Y lo haré en día domingo. El día del futbol americano. Pero día éste, y todos los domingos, sobre todo, en que esta avenida de putas y congales que es la Calle Coahuila, hemisféricamente conocida, anda llena de borrachos amanecidos, de drogadictos con malilla, de asaltantes ansiosos, día de Sobre Ruedas, de Swap Meet, día de venta de calle, de putas trasnochadas, día populoso y cochino, día del Bien y del Mal… La Catedral principal de la Ciudad hace distancia de cien metros con el puterío hirviente, con la prostitución más rancia, no de abolengo sino de carnosidad, no de veneración, sino de venérea enfermedad, y aunque el Sida aquí sentó sus reales hace ya muchos años, es tal el lucro de los negocios negros, giros negros, que mejor mandan puntuales, más o menos puntuales, a los reguladores de la salud pública a la salud impúdica para que el foco de infección quede delimitado; y es así que de a poco me voy convirtiendo en un Proust tijuanense momentáneo, descuadrado, ramplón, aspirante, en un Joyce de séptima categoría, Dostoievsky de octava, Cortázar puñetero, Marías imposible; y es aquí, justamente aquí, entre la calle Primera y la Coahuila que empieza el Armagedón del Siglo XXI latinoamericano… empieza el bullir de los transeúntes, empiezan las caras peligrosas, las caras sospechosas, la mierda de aroma penetrante por las fosas nasales, los puestos de comida, las fétidas banquetas, los ojos cerrados pero abiertos de los amanecidos, fayuqueros al piso ofreciendo herramientas calientes a precio que deje pal cristal. No falta el que se acerque. Si en la Calle Coahuila no estás bien tijuaneado, mejor no hay que meterse. Recuerdo el primer capítulo de El Señor Presidente, la novela del Nóbel Miguel Ángel Asturias y me parece justo que aquí lo estoy viviendo, lo estoy viviendo ahora, el ciego, el tuerto, el mocho, el loco, el vagabundo, el limosnero, la banqueta, cobija de cartón, el cuchillo, el gobierno que rige pero no convive, el gobierno que lucra pero no se ensucia, el gobierno que manda pero no se acerca… La Calle Primera es paraíso pero ya desde aquí se siente la fragancia perdida de la Zona Norte; la Calle Primera da lugar, de acera a acera, a la Zona Norte; la Zona Norte es negra, peligrosa, pestilente, hacinada, una cárcel abierta, convictos y proscritos perviven y conviven, te los encuentras a vuelta de mirada, a vuelta de centímetros y compartes alientos, respiras su cigarro y su mirada es cuchillo ya lanzado; ¿la gente qué hace aquí? ¿Por qué vienen aquí? ¿Qué los hace venir a este mierdero y a esta cuadra (barrio, colonia) de acecho de peligros? La respuesta es muy fácil. La gente vive aquí. Son los mismos de aquí. Son los mismos vecinos, que son muchos: Salen a hacer su día. Ya saben lo que hacer si les roban el bolso. O ya saben qué hacer para que no suceda. Aquí nadie es pendejo. No vale ser pendejo. No eres pendejo porque ya te bautizaron antes, robándote, asaltándote, violándote, quemándote, y la gente se dice, no me pasa dos veces, no me pasa tres veces, no me pasa otra vez… Así, dejan de ser pendejos y se vuelven culeros, como hay que ser aquí. Niños inocentes se asoman por ventanas, niños aguzados, educados para sobrevivir, juegan en las banquetas. En un corredor común pasa enfrente de mí una joven obesa prostituta con un rostro bonito, pasea sus dedos bordeando la anatomía inconfundible, presta, de su joven vagina y me ríe y me invita a que vaya con ella… me río sin dar lugar a la debilidad imberbe que otrora me haría caer, seguramente, en garras del asaltante que se esconde en su cuarto; sostengo su mirada y sin ser grosero me siento cómodo en mi desapego, ella insiste y me sigue, me sabe solitario, me sabe de domingo ocioso, me sabe un pendejo que no lo han bautizado. Prosigo mis andanzas y me meto a unos abarrotes riéndome de mí mismo y del rol ridículo que hago, allí, entre raza bravera. Gente de sur y sur, afanada, entra y sale de innumerables puestos de casetas telefónicas. Los pobres asalariados mal pagados juegan a unas maquinitas ilegales que en lugar de premiar con puntos o con juegos extras, dan monedas, escupen premios económicos, así, en tiendas de abarrotes el crimen del casino y los juegos de azar, pero no les importa, estamos en México y Tijuana, estamos en Tijuana y en la Zona Norte y en el Coahuilón y aquí todo se vale, los bares no cierran a las dos de la mañana, no cierran a las tres de la mañana, no cierran a las cinco, no cierran a las seis, en la Calle Coahuila de la Zona Norte de Tijuana las cantinas no se cierran nunca; hay putas dormidas en la barra, borrachos ya bolseados botados en el piso, cocodrilos y piedras echando monedas al karaoke, a la pianola y, afuera, en las calles el desfile de putas es de madrugadoras lo mismo que de amanecidas, pero al mismo tiempo y a la misma hora el trajín de familias, las idas y venidas por verdura, el hacer el mandado, abarrotes pululan en carretas, en bolsas, en cajas y en las manos, manos malabaristas de señoras que cargan al par a dos bebés de menos de un año de diferencia… cafés internet pululan, casetas telefónicas pululan, puestos de comida pululan, fayucas cual Tepito pululan, Mercados Sobre Ruedas pululan, y sabes por qué es esto, quieres que te diga por qué: Aquí hay un chingo de abarrotes porque ninguna cadena comercial se instalaría aquí, porque la mitad o el setenta y cinco por ciento de sus clientes serían expresidiarios, drogadictos, maras salvatruchas, prostitutas, transexuales, vagos y vagabundos, méndigos y mendigos, enfermos venéreos y la gente de bien no baja para acá… No abren restaurantes limpios o decentes tampoco, porque los comensales serían indeseables y no pagarían precios altos ni dejarían propina y la imagen de la clientela sería pésima, y en este lapso de ciudad, en este barrio de frontera no hay ferreterías, refaccionarias ni muchos tipos de comercios porque los asaltan… a todos los asaltan hasta que mejor se van…así que la herramienta de la Zona Norte es buena, barata y robada, y no hay casetas telefónicas porque las destruyen para robarlas o nomás porque sí… y por eso está lleno de abarrotes, porque en las vecindades de los callejones viven gentes como en los hormigueros, porque no sabes de dónde te va a salir la navaja ni para dónde se va a ir tu perpetrador y el que anda aquí anda bajo su propio riesgo, al igual que las putas que alguien las ha de proteger, igual que los vecinos que nacieron y crecieron y murieron y morirán aquí. Cohabita el joven muerto con el joven que nunca regreso del Otro Lado, el que nunca cruzó por no tener papeles y cada vez que entró lo regresaron a punta de macana, porque esta pocilga, esta cuadricula de racas se llama Zona Norte y se llama Zona Norte porque a dos cuadras de aquí esté el cerco internacional que divide a Tijuana y San Diego. Aquí el infierno, enfrente el paraíso. Zona Norte: Somos el  cedazo del Sueño Americano converso en pesadilla. Allá hicieron el flush y aquí el resumidero de los expulsados y de los suspirantes que se quedaron esperando otra oportunidad. Aquí en lugar de fe hay tatuajes. Aquí en lugar del libro, el cuchillo. Aquí en lugar del pelo, la rapa y cicatriz. Aquí en lugar del traje, camisas tirahuesos, el desnudo brazo y el desnudo cuello, el músculo, la anunciación de no te metas contigo y si me da mi chingada gana yo me meto contigo. Aquí camino, con mis computadoras de bolsillo, con mi teléfono inteligente, a escondidas, operando visitas, inventando negativas, acumulando reportes, buscando clientes pidiendo a Dios no encontrar, las tiendas de abarrotes son como hongos aquí, hay un chingo, en un rato hago siete, nueve, trece, diecisiete, veinticinco visitas en el día, y ni madres, a nadie lo haré calificar para dejarle un equipo, no por mí, sino por mis jodidos compañeros desarrolladores – capacitadores que no quieren poner un pie en esta pestilencia. Dijeron que ni madres, que no, que no venían para acá, pero yo vengo de domingo, muerto en vida, inanimado, fantasmal, a cubrir el Ageb, cuando no tengas nada qué hacer, vete a trabajar y relájate, laborterapia para no recordar, al cabo en el mundo pa los que sufrimos la muerte en el alma, vivir o morir es lo mismo…

Y por otra parte, oh sorpresa, alguien ya lo ha dicho, ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre… es estricta justicia, la Zona Norte, no sé cuándo pasó o si siempre fue así, lo cierto es que no es, que se pueda ver, una calle, es un boulevard, una amplia calle doble, la remozaron ahora en las últimas décadas, yo no sé o no la había observado bien, o la bonanza de bares, o la bonanza de la prostitución, o el flujo incesante de solicitadores de este servicio, o la prevención de un foco de infección inconmensurable, o porque ahí vive tantísima gente, pero de pronto, como si fuera un área turística, comercial o social protegida o cuidada o promovida al estilo Centro Histórico del DF post gobiernos priistas, igual que se abrió el mar para los hebreos, así veo la calle Coahuila en sus cuadras posteriores al gran alud de cantinas que no duermen jamás, una calle abierta, limpia, amplia, desalojada de lo que a primeras instancias apenas se soporta y se libra… La calle Coahuila bien urbanizada, casi ajena al bullir del bajo mundo de los primeros accesos y las laterales, patrullas pasan de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, capturar criminales también es negocio, es recaudador, las multas y las fianzas hinchan a la huina, a la garrapata ingente y gigante, así que en medio de toda la pelusa, este oasis de luz en la etérea mañana… Y ahí vamos, acometiendo el día y observando a la gente. La Zona Norte es una prisión abierta, dominan los hombres más recios y la ley del más fuerte. Y por eso las señoras y los hombres de bien, los chamacos que no se han maleado o no los han bautizado, ahí andan, a hurtadillas, con su cara de susto, con su menester, con su aquiandar, con su código encendido de no entres para allá, no te metas ahí y no hables con él, ni con él, ni con él, ni con él, que no es mujer, es hombre el cabrón, y no te vayas con él porque no te vuelvo a ver, no me vuelves a ver…

Trasfondo

Se agota la calle. La mañana se va. De a poco me voy alejando, dándole la espalda mas sin descuidarme, a este siniestro submundo surrealista de verdades duras e inescapables para muchos culpables e inocentes. He tentado al diablo, me he metido en su boca de lobo. Este no soy yo. Yo no vivo aquí. Yo no ando aquí. Soy un zombie. Soy un zombie perdido en busca de mis hijas… En busca de ellas y sabiendo muy bien dónde están. Y las lloro. Y las lloro a secas.

Cabalgando la noche

se acerca tu nombre.

Amor… amar.

Lucía Bosé

https://www.youtube.com/watch?v=nx-i_Agc764

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