Extrañanza

Cuando se acababa la misa y recogíamos las copas, los cálices, los vinateros, las patenas

Luis Álvarez Beltrán

 Entonces Luis Armando y yo éramos monaguillos y estudiábamos juntos en la secundaria; en el mismo grado, diferente salón.

            Entonces yo sabía de la existencia de ella. Ella era compañera de mi amigo. Más aun, ella era vecina de mi amigo.

            Yo trabajaba como empacador en una tienda de servicio. Él trabajaba atendiendo una carreta de churros rellenos de cajeta o chocolate que era una novedad para todos los glotones del pueblo. Yo ganaba cien pesos por semana. Él ganaba quinientos. Él creía mucho en Dios; yo simulaba, creía, creer en Dios. Las misas eran los viernes a las siete de la tarde, yo tenía trece años y Luis Armando doce, ella también. En esas misas siempre había una boda o una quinceañera, o varias quinceañeras juntas. Mi amigo era discreto y nunca comentaba nada acerca de la belleza o atractivo de las festejadas. Luis Armando era un santo, casi. Nos turnábamos para leer la primera y la segunda lectura y el salmo responsorial antes de que el padre leyera el evangelio. Luis leía perfectamente bien, sin énfasis y sin bemoles, completamente circunspecto. En todo era circunspecto, principalmente en su estudio. Sacaba puros dieces en todo; también ella. Yo rondaba los ochos y los sietes.

            Cuando se acababa la misa y recogíamos las copas, los cálices, los vinateros, las patenas, cuando nos quitábamos sotanas y roquetes y luego de reacomodar las sillas y los reclinatorios y ponerlos en el salón del coro, luego de enrollar la alfombra de color escarlata que recorría el pasillo central del templo desde la entrada hasta el altar, pesadísima, luego de mirarnos al espejo para no vernos despeinados, a la hora de salir Luis Armando me invitaba a buscar una fiesta de viernes por la noche allá rumbos de su colonia o más lejos aun. Las fiestas las hacían en los patios de las casas: conectaban un modular, un tocadiscos o un tornamesa cableado a una bocina, o de plano contrataban un sonido, ponían un flashador colgado de algún árbol y soltaban la música para toda la noche. Era la época de la música disco, el rock y el pop norteamericanos de los años ochenta cuando Madonna y Michael Jackson eran dueños del mundo, luminarias de una globalización que estaba por llegar. Otros cantantes y un montonal de grupos de la época grababan excelentes canciones que nosotros conocíamos y bailábamos sin saber bailar.

            Yo lo acompañaba aunque de mala gana. Los dos sabíamos que debíamos regresar a nuestras casas antes de las doce de la noche. Éramos menores de edad, con mucho. Mi única emoción era saber dónde vivía ella. Con frecuencia le preguntaba a mi amigo si pasaríamos por allí. Siempre me decía que no. Un día él, con total naturalidad de su inteligencia lógica, se convenció de mi exagerado interés por ella. A partir de ahí empezó a jugar con mi psicología. Me decía que ella era su novia. Me decía que la encaminaba hasta su casa. Me decía que la visitaba en su casa para hacer tareas porque les tocaba hacer equipo ya que en las clases él se sentaba apenas adelante de ella, en pupitres contiguos, porque eran consecutivos en la lista de asistencia, se apellidaban casi igual. Entonces la vida se volvía una tortura de la cual me costaba trabajo sustraerme; pero a final de cuentas, el buen Luis Armando, cuando veía mi evidente pesadumbre, me decía: No te agüites, no es cierto. Y yo volvía a respirar, aliviado. Luis Armando era un maestro para hacerme desatinar. Es como si tuviera treinta y cinco años y yo trece.

            Ella era las nubes de algodón que viajaban al infinito oeste llevadas por el viento, de un lado a otro del cielo sobrevolando la ciudad, las mañanas de sábado cuando aun sin haber clases yo pasaba por la escuela para pensar en ella. Era increíble que tan sólo con pasar y rondar por la escuela vacía en mi ser aquello equivalía a sentir que ella estaba ahí. Ella era el murmullo de las hojas de los árboles batidos por el viento en ese pasillo de las banquetas de la escuela. Aun lo sigue siendo. Ella era el viento y el viento dejaba de ser invisible para tomar la forma de su rostro. Ella era el viento y lo sé porque lo respiraba. Lo digo porque se metía adentro de mi cuerpo, circulaba en mis venas, estremecía mi carne y lo veían mis ojos. Ella era el aire y el aire lo llenaba todo.

            Ella vivía en mis sueños. Si la soñaba caminábamos por un parque interminable en una tarde nebulosa de un amarillo oscuro, me tomaba la mano, me miraba y sonreía un instante  que se eternizaba. Si la soñaba ella era una especie de imagen como la Mona Lisa, excepto que mucho más hermosa, inconcebiblemente hermosa. De forma que yo despertaba con una sensación idiota de fascinación y todo lo que hacía lo hacía como un autómata: No me daba cuenta cuando me ponía el uniforme, no me enteraba de haberme puesto los zapatos, ni siquiera podía decir si usaba calcetines, no sabía lo que hacía mientras desayunaba encarecidamente, no entendía lo que decían en la tele; cuando caminaba hacia la escuela mis pasos eran su rostro y su mirada y en tanto ella nunca caminaba por donde yo me enfilaba a la escuela, nadie más existía… nunca acompañé a nadie, nunca hablé con nadie al recorrer los setecientos noventa y cuatro metros que gastaba de mi casa al portón escolar, excepto Luis Armando. Yo vivía justo en su camino hacia la escuela y siempre pasaba a la misma hora de las seis y treinta de la mañana por la esquina de mi cuadra, era puntual como el gran reloj de Londres y caminaba velocísimo; siempre que lo encontraba me aseguraba de dos cosas, que llegaríamos a tiempo a clases y que yo tendría que correr para seguirle el paso. Yo que, taciturno, caminaba lento lento siempre siempre. Aun lo hago. Luis siempre hacía sus tareas, yo casi nunca, de eso es de lo que hablábamos, de las tareas que él hacía y que yo no. Él siempre estudiaba para los exámenes y yo jamás lo hacía. Él se sacaba dieces, ella también; yo dependía de la buena memoria y nada más. Los conocimientos eran una laguna del mismo color de las noches sin luna.

            Los días no se distinguían por las clases de español, de matemáticas, sociales o ciencias naturales. Para la educación física yo era un campeón y para la educación artística era una bestia. Para la educación tecnológica yo era un completo inepto pero con la disculpa de que el profesor era un inepto aun más grande que yo. Mi boleta estaba tapizada de seises y de sietes y mi cara tapizada de granos y espinillas. La carrilla era esa. Los pocos a quienes no les salían barros se encargaban de crear un infierno para los granujientos; pero más allá de todos los males necesarios, para mí los días se distinguían por el peinado de ella. Cada día era una sorpresa, aun cuando fuera una sorpresa repetida, su cabello era largo, sedoso, oscuro, bello, limpio, exquisito. Las menos de las veces lo llevaba suelto y ataviada con una diadema que la hacía verse sumamente infantil, entonces me abrumaba su imagen vulnerable, grácil, frágil, como si su adolescencia no se despidiera del todo de su última niñez. Otros días, la mayoría o la mitad de las ocasiones se hacía una pony tail o cola de caballo que la hacía verse como una colegiala hermosa, tierna, como una gimnasta olímpica o como una señorita con gusto refinado y maneras educadas y excelsas; la otra mitad de las veces se hacía un curioso chongo ligeramente lateral que se distinguía graciosamente entre la inmensidad de su cabello haciendo parecer, haciendo ver, la perfección de la medida de su arte para lucir esa belleza y las encantadoras figuras que lograba al peinarlo, siempre resaltando su rostro. Los días iban de eso, de cómo se veía ella con su sudadera roja, con su suéter blanco de estampas de colores, su rompevientos amarillo de zipper que no le cubría de todo el frío, su uniforme escolar de rosa y blanco sin abrigos,  después todo lo demás eran añadiduras: Las bromas y las risas, los gritos y los pleitos, los juegos y las corretizas, los reportes a la prefectura por la mala conducta, los jalones de greñas del maestro asesor durante las ceremonias de los lunes cívicos por no guardar silencio o por romper la fila, las clases infinitas que acarreaban un vendaval de elementos químicos  de la tabla periódica y una lluvia de números de la teoría de los conjuntos, la imposible idea acerca de la historia de La Iliada y el caos en mi hoja de dibujo en educación artística. Ella era el misterio insondable que ocupaba mi mente y mi razón de ser. Su rostro, su mirada, eran los objetivos generales y específicos de todas las materias. Las actividades diarias escolares. Más allá nada importaba nada.

            El nombre del amor era el silencio y el juego del silencio consistía en las miradas. Las frecuentes y tal vez para ella infinitas miradas que yo le dedicaba. Aprovechaba la menor oportunidad para salirme de clases con el pretexto de ir a tomar agua o al baño para cruzar por su salón, que no estaba en camino de los baños ni de los bebederos, para asomarme a verla desde los grandes ventanales del aula que se descubrían a la altura de mi cintura. Me quedaba mirando fijamente al centro del salón donde ella se sentaba y si Luis Armando notaba mi presencia yo nunca me enteraba aunque estuviera a treinta centímetros de ella, la miraba a ella hasta que volteaba y cuando hacíamos contacto visual, el cruce de los ojos duraba exactamente cero punto noventa y nueve segundos y tras ello ella se volteaba mirando hacia la clase. Nos miramos así, por ese espacio de tiempo, fracciones de segundo, como unas quinientas mil veces los tres años de la secundaria y nunca le dirigí la palabra. Ni ella a mí. Si nuestras miradas llegaban a durar un segundo completo o más, se detenía el mundo.

            Algo hacía que el mundo se parara.

            Ahora lo pienso pero entonces lo sabía, el amor de secundaria es del tamaño del pequeño universo que uno puede concebir, del tamaño de la existencia misma, por pequeña o por grande que ésta sea; del tamaño del mundo inmenso como desconocido, del tamaño del cielo que agota la mirada. Una mirada puede contener el universo, unos ojos pueden ser, y lo son, la medida justa de los misterios de la vida. Uno puede buscar y encontrarse con la clave de poseer el mundo por medio del poder y la política, por medio de la guerra o del dinero, por medio de la suerte o del crimen, por medio del genio y del talento, pero uno no puede vivir sin esos ojos, uno quisiera perderse en esos ojos y después puede pasar la locura más increíble jamás contada en la historia de la humanidad, no importa tanto, cuando te vas a vivir adentro de esos ojos uno puede dejar que el mundo ruede todo lo que quiera… Entonces yo vivía poseído, hechizado, por sus ojos.

            En el ínter de esos días ocurrieron hechos algo extraños. Una vez la perseguí por largo rato durante muchas cuadras… la seguí por cien metros, doscientos, trescientos, cuatrocientos y quinientos metros, ella caminaba inocentemente camino de su casa que no era mi camino, a esa hora del calor la prisa me estaba derrotando, pensé rendirme,  pero entonces ella llegó a un semáforo y tuvo que detenerse un minuto por el cambio de luces y al punto fue que la alcancé. Creo que ese momento se convirtió en el acto más tenso y más nervioso de toda mi existencia (sin contar el ridículo de mi participación en un certamen de oratoria en quinto de primaria) pero ahora ahí estábamos, treinta segundos uno al lado del otro, ella a un lado de mí, juntos, sin voltearnos a ver, entonces me quedé mudo, como si me hubieran comido la lengua los ratones, y no le ofrecí encaminarla a su casa ni siquiera unas cuadras. Me dio vergüenza, me dio miedo. Cincuenta metros caminé junto a ella y después doblé hacia la derecha aprovechando un callejón; me miré yendo solo por un camino vacío, interminable, como si el mundo hubiera desaparecido tras de mí, me alejé yendo solo, como si la soledad fuera una condena de la cual yo tomaba una total conciencia, un destino anunciado, y al seguir mis pasos pensé y sentí que no sabía nada de la vida. Todavía creo que no sé nada de la vida.

            Ella era mis mañanas, mis tardes y mis noches, a la hora de acostarme a dormir la cama era un refugio para pensar en ella, por lo que el sueño era una buena noticia por primera vez desde que tenía memoria. Antes de eso la hora de dormir era un trámite que no me llamaba la atención; pero ahora ella estaba conmigo, adentro de mi pensamiento y nada ni nadie podían interferir. Eran horas felices.

            Ella lo era todo, pero también es cierto que todo está adentro de la cabeza de los locos y de los insensatos. Ella apenas conocía de mi existencia a fuerza de mirarme, a fuerza de plantármele enfrente cada una de todas las mañanas entre lunes y viernes; para mí no había peor día que los días festivos en que suspendían las clases, los sábados y los domingos; ella acaso sabía sobre mí a fuerza de ser un monigote que se aparecía afuera de su aula, en el abierto ventanal, terco, infaltable, un accidente del paisaje como los anuncios pintados en las bardas con sus colores chillantes, sus mensajes banales, pusilánimes, como los cercos caídos y estorbosos que nadie retira o repara, como los portones y los barandales que se abren y se cierran para entrar y salir, yo debí haber sido para ella como los perros callejeros que uno ve todos los días rondando los arroyos por donde uno pasa. De forma que yo vivía dentro de mi propia cabeza, en mi propia ilusión, mi propio mundo, mientras ella existía como una majestad dedicada a escribir una biografía notable con las letras de oro de su inteligencia y de su inconmensurable belleza: Inteligencia y belleza son destino recitó el periodista Guillermo Ochoa al referirse al juicio político del militar Oliver North en el conflicto Irán-Contras que escandalizó al gobierno de Reagan en el 85, mismo año que los norteamericanos bombardearon la casa de Moammar Khadafi en Libia matándole a tres de sus siete hijos, para que se calmara, mismo año en que murió el emperador japonés Hiroito a sus ochenta y seis años de edad, el hombre que era considerado Dios por su pueblo antes de la catastrófica derrota de los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial; días y semanas después del gran temblor en la Ciudad de México, días y semanas y meses posteriores a nuestro ingreso al GATT o Ronda General de Aranceles y Comercio y primer paso de Carlos Salinas a la presidencia. Todo eso pasaba mientras yo la conocía a ella, mientras vivía dentro de mí, pasaban cosas en el mundo y se quedaban guardadas en mi mente y siempre vuelven a salir cuando me acuerdo de ella, infinidad de cosas que escuchaban mis ojos y veían mis oídos mientras yo vivía en un laberinto de encantos y ternuras.

            Cuando tuve diez años fui a jugar futbol a un torneo estatal a Hermosillo, mi gran sueño de la infancia, y nadie se dio cuenta que mis tenis no eran pares, eran parecidos nomás, nuestros padres no fueron con nosotros porque en aquel tiempo no se acostumbraba y no era necesario; pero al segundo día algunos de mis compañeros lloraron porque querían ver a su mamá; yo estaba feliz de haber escapado de casa y todo su desmadre aunque fuera unos días. En la nerviosa inauguración jugamos contra Ciudad Obregón y empatamos cuatro goles a cuatro, por la tarde perdimos contra Guaymas 4-3, al otro día le ganamos a Navojoa 15 goles a 0, por la tarde le ganamos a Santa Ana 8 goles a 0 y el último día le ganamos a Hermosillo 1 a 0. Quedamos en tercer lugar pero volvimos felices y orgullosos de haber derrotado al campeón anfitrión, en ese torneo anoté ocho goles en cinco partidos y me convertí en un famoso jugador de futbol en mi ciudad, desde niño y para siempre. Bueno, casi para siempre. Ahora nadie me conoce ni sabe mis hazañas.

            Ella tampoco lo sabía; no sabía de mi talento con la pierna izquierda ni mi visión de campo, ni sabía que trabajaba y me ganaba mis pesos; no sabía que era acólito del Padre Valencia y del Padre Panchito aunque en alguna ocasión se habrá enterado o estoy equivocado; ni tampoco sabía que estaba enamorado de ella. (A lo mejor qué bueno)

            En el ínter de ese tiempo soñado pasaban, o yo hacía, cosas un poco extrañas. En la escuela hacían bailes, tardeadas, todos los chicos de todos los grupos íbamos a bailar sin bailar, a ver a los demás, a oír música, a dar la vuelta. Y siempre iba ella. Y siempre iba yo. Entre la clara oscuridad de las luces de colores que subían, bajaban y daban vueltas por todo el viejo casino iluminando el baile, yo la veía a ella, sentada junto a sus amigas y su hermana, con una ropa diferente al uniforme de la escuela que nunca olvidaría aunque me arrancaran la cabeza, no tenía nada de particular pero era diferente al uniforme, de forma que eso lo volvía especial, sus atuendos se quedaban grabados en mi memoria como si fueran los diez mandamientos de la ley de Dios que fueron entregados a Moisés en el Monte Sinaí; así funciona eso, es algo involuntario, como si las obsesiones tuvieran su propia fuerza irrefrenable, alteran los sentidos, los potencian. La música corría y corrían los minutos y corrían las horas y yo la veía a ella y ella me miraba con sus ojos profundos, grandes, oscuros, inmensos, expresivos, me miraba como preguntando qué, o por qué, o para qué, y yo no podía o no sabía contestar, sólo me fascinaba de mirarla y me conformaba y me saciaba de eso, como si sus ojos fueran en sí mismos un universo entero y su mirada un viaje por ese fascinante universo; y ella me miraba como esperando que la invitara a bailar y yo no acudía a su mesa, sólo me quedaba mirándola toda la tarde y parte de la noche y no la sacaba a bailar porque me daba vergüenza porque yo no sabía bailar, o porque me daba miedo. Todo me producía nervios y todo me daba miedo. Entonces se acababan los bailes, se llegaba la hora de salir, se encendían las luces, la multitud de chicos se encaminaban a la puerta y afuera se desparramaban, yo me esperaba a que saliera ella, me le quedaba viendo hasta que desaparecía con sus amigas y su hermana. Entonces yo me iba caminando a mi casa agobiado y pensativo en un silencio hondo y solitario y pensaba y sentía que no sabía nada de la vida. Todavía sigo creyendo que no sé nada de la vida.

            Los años llevaron por nombre segundo secundaria, tercero secundaria, graduación, examen de preparatoria, colegio de bachilleres, universidad y de ahí hasta el infinito. Preso de mi propia cobardía y mi incapacidad para decir y para ser, seguí mirándola de lejos hasta que nuestras personas se volvieron comunes a fuerza de tanta cercanía y de tanto torpe encuentro en los pasillos de la preparatoria, a fuerza de tantas miradas a propósito y a despropósito. No era nada del otro mundo, ella era una chica agradable, sencilla, muy inteligente, extraordinariamente hermosa como siempre lo fue, inmensamente hermosa como todos sabíamos que había sido siempre. La mitad de los chicos de la escuela estábamos enamorados de ella y ese no era un secreto para nadie, salvo que ella no tenía un novio. Quiero decir un novio que fuera el amor de su vida. Luego cruzamos dos o tres palabras, frases que hacían temblar mis labios y tropezar mi voz, momentos en que no atinaba a pensar o a actuar correctamente, pero ella no se molestaba ni se perturbaba por mis torpes maneras. Ella era de una naturaleza cordial y sin afectaciones. No sospechaba nada sobre mí y no era mal pensada, salvo que yo era como los botones que cargan las maletas para los huéspedes de los hoteles, un ser accesorio inconsecuente. Luis Armando aun seguía por allí, rondando los pasillos de la preparatoria, todo un futuro ingeniero, todo un caballero educado, responsable, excelente, cordial, bien intencionado, un tipazo. Nunca coincidimos en un mismo grupo desde los tres años en el taller de electricidad durante la secundaria. Mientras yo me descarriaba, él seguía derechito el camino del bien. Siempre pensé que mirarlo era mirar a un buen hombre, a todo un hombre. Sus padres siempre se miraban orgullosos de él.

            Me volví un cínico estudiante sin oficio ni beneficio, no me importaba nada, nadie, lo que viniera en forma de destino no me significaba tomar decisiones importantes, analizar mis posibilidades en una vida adulta que ya estaba a las puertas de mi actualidad en esa edad no me significaba nada, todo me era indiferente, creo que en el fondo no me importaba ni siquiera lo que iba a estudiar; si no me convertía en futbolista profesional lo demás era lo de menos, podía ser profesor, historiador, sociólogo, comunicólogo, abogado, economista… podía ser economista, economista o escritor. Economista y escritor. Y un desastre. Un auténtico desastre.

            Al paso de los años, ya entrados en temas de carrera, de futuro, de una posible vocación, cuando platiqué con ella en confianza le conté algo extraño que hice el primer año que la conocí cuando yo tenía trece años y ella doce. El veinticuatro de diciembre de 1985 conseguí dinero para comprar una caja de chocolates, le escribí una apasionada carta de tres hojas, envolví todo junto en una oblonga cajita de regalo, incluida una especie de joya color dorado que se pondría en el pelo como adorno para uno de sus hermosos peinados; caminé hacia su casa en medio de la noche mientras todos me buscaban en casa, incluidos mis amigos del barrio; permanecí una hora observando de lejos las luces de su casa en el porche de entrada, escondido tras el tronco de un árbol a la distancia del cruce de la calle; la vi entrar y salir al lado de sus padres y hermanos. Tenía la caja de regalo en mis manos y recuerdo que temblaba como si estuvieran a punto de expulsarme de la escuela por haber reprobado la clase de flauta de Don Kiko de la Rosa. Era demasiada la emoción y alocado aquel atrevimiento. La gente que pasaba me miraba como lo que era, un extraño, el extraño más extraño del mundo. Un tipo de lo más raro, tan raro como lo que estaba a punto de hacer. La jugada más audaz de todos los románticos. La insolencia más absoluta de los aventureros. El acto más osado de los enamorados. Cruzaría aquella calle y tocaría su puerta y pediría permiso para entregarle aquel regalo y sólo tenía que decir un par de cosas. Feliz – Navidad.

            Yo hubiera sido ese personaje, pero no lo fui, porque no llegué a hacer lo que iba a hacer. Ni aun como un hecho furtivo de dejar el regalo por fuera de la puerta, ni siquiera con el valor de arrojarlo a su porche, a su patio, me alejé de la casa y me fui caminando de regreso, a solas como siempre lo estaba, en silencio, con la cabeza gacha, comiéndome todos y cada uno de los chocolates que eran para ella, vengándome de mi fallida idea de creerme todo un hombre de trece años y medio… pensando entristecido que no sabía nada de la vida. A veces aun pienso que no sé nada de la vida.

            Después de escuchar con atención aquella historia, mirándome con esos ojos que aun me seguían derritiendo, ella atinó a decir:

            Qué loco estás. Y todo quedó en esa anécdota curiosa e inocente. No significaba nada, salvo lo que pudiera guardar su corazón, sentir su corazón. Una especie de empatía. Una especie de condescendencia amable. Una especie de está bien. Está bien.

            Todo eso debió haber ocurrido en otro mundo, en otra realidad, en otra vida. En una especie de universo otro y entrañable.

            Luis Armando es una de las mejores personas que he conocido en mi vida.

            Ella también.

 

 

 

https://www.youtube.com/watch?v=9CPMr-Jpk3A

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