Estética de la violencia y narcocultura

Martín Salas

Las Pinturas Negras de Goya, el Guernica de Picasso, el Der Krieg de Otto Dix ejemplifican solo en la pintura, una necesidad histórica de representar las crisis sociales. Si sumamos a lo anterior todo el conglomerado literario, musical, cinematográfico inspirado por la misma idea el resultado será una lista infinita de testimonios artísticos que funcionan como voces colectivas, como símbolos de un sentimiento común derivado de la guerra y la muerte. De aquí se deduce que la violencia como recurso estético haya cobrado buena presencia en el arte a lo largo del tiempo. Aun en los conflictos actuales surge como un boom que de forma indefinida deja estragos en el imaginario colectivo. La llamada Guerra contra el tráfico de drogas es evidencia ello. Su expresión en la narcocultura, término otorgado por la prensa mexicana, refleja cómo las presentes políticas antidrogas han impactado tanto en el plano material como ideológico.

Un proyecto de investigación gestado en los talleres del Posgrado de Arte y Diseño de la Universidad Nacional Autónoma de México aborda el narco en la teoría y en la práctica.  Estudios de narcocultura parte del análisis de ciertas producciones artísticas que van de lo pintura, pasan por la literatura, el cine, hasta llegar a la música. El autor, Mario Gibrán Acosta, más que visualizar el narco como un negocio lo ve como una estética que se fundamenta en la identidad cultural propia de los estados del norte de México, una identidad que se ha expandido nacionalmente y ha tomado diferentes matices. Su trabajo recopila datos históricos, estadísticos y periodísticos, así como antecedentes en la producción artística del fenómeno, mismos que le ayudan a configurar La Granja, una serie de representaciones visuales que reflexionan sobre la presencia del tráfico de drogas en la cotidianeidad del mexicano.

Inspirado en Orwell y en los Tigres del Norte, Acosta nos explica la narcocultura como una estética cuyo principal recurso es la violencia visual y su impacto psicológico. Dicha violencia se abalanza desde los medios hasta contagiar otras esferas, incluyendo el arte. Es el resultado de los conflictos entre dos estructuras de poder, por un lado el Estado y por otro las asociaciones dedicadas al contrabando de drogas.  Basándose en Bordieu propone que de tales diferencias emana un poder simbólico que cobra forma en los distintos canales de comunicación social. “Somos una sociedad teledirigida” diría Giovanni Sartori, moldeada por la imagen y los medios informativos. La cultura se impregna de ello. La metáfora es simple, La Granja es una manera de representar a la sociedad mexicana. El agua nutre la tierra de la granja como la información a la colectividad de un país. El gobierno funge como el granjero quien manipula ese flujo de “agua” con base en determinados intereses. Similar al riego por goteo, el estado mexicano brinda a los espectadores escasos datos de la totalidad de información. Así es como se logra un control sobre la opinión pública y como se mide el rechazo o aceptación de las masas ante tales hechos.

Para el artista plástico: “La forma en la que se asimila la violencia cotidiana se puede percibir por medio de la narcocultura, que se manifiesta por medio de múltiples expresiones culturales desarrolladas en paralelo a los hechos de violencia”. El narcocorrido es una de esas expresiones. Toda una épica que se ha conformado entorno a las “hazañas de la mafia” y ha configurado un mito, el del narcotraficante. Un arquetipo que encarna una serie de valores propios del sentimiento popular, un sinónimo de rebeldía ante la decadencia institucional de un estado fallido. Un nuevo protector de los pobres (en ocasiones) y un látigo lacerante para la casta privilegiada. El criminal, el bandolero, vuelto narcoleyenda. El Robin Hood contemporáneo. Y esto no solo se queda en la música, se viraliza hacia otras expresiones artísticas. Series televisivas como El señor de los cielos, El Chapo, Narcos, etc. Literatura como la de Luis Humberto Crosthwaite o Elmer Mendoza, incluso de Carlos Monsiváis y Vicente Leñero se impregna de dichas temáticas. La plástica tampoco escapa. Como precursores en la materia, tan solo en el noroeste, encontramos a Carlos Rodríguez con su propuesta Minificcones, una serie de pinturas dónde aborda la identidad sonorense. Luis Romero “Watchavato”, quien formó parte de la exposición NARCOCHIC-NARCOCHOC presentada en Francia junto con María Romero, ambos de Sinaloa. También la sonorense Miriam Salado con su exposición El cartel de los pesados, dónde explora la subcultura buchona.

Algunos ven en la narcocultura un conflicto de identidad, otros una apología de la violencia, algunos más un objeto de estudio del cual se desprende una profunda crítica social.  Lo que no puede negarse es que el tráfico de drogas, para bien o para mal, ha dejado su marca en muchos aspectos de la vida del mexicano. Mario Gibrán Acosta lo ejemplifica con sus líneas. Para el autor: “La narcocultura en el arte mexicano es un efecto de la muerte y la violencia”.

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