Este mundo está lleno de extranjeros

Edgar Contreras

Alguna vez escuché la anécdota de algún torero que al volver de su viaje por París, le preguntaron qué le había parecido el lugar, a lo que contestó: “está lleno de extranjeros”. Y efectivamente, ahí la mayoría guardaba ciertas diferencias con él, por lo que este torero (y vaya que hay que ser muy indiferente para de esa forma ganarse el pan) consideró que los que eran diferentes eran ellos, no él. “No tenemos pertenecías sino equipaje”, dice Jorge Dréxler y atina en el clavo del enraizamiento, de lo que te ata a un lugar al que consideras tu tierra y por la que se han dado las peleas modernas más estúpidas, defendiendo TU tierra, como si realmente te perteneciera. Defiendes tu casa de la basura del vecino, peleas con el barrio vecino por el territorio, pagas un puente por entrar a un estado “diferente” al “tuyo”, y cantamos un himno en el que fingimos morir por una patria que no se entera que es parte de un mundo.

Nací en un lugar distinto al que vio nacer a mi hijo, y en uno diferente al que mi abuelo decía pertenecer; mi hijo es muy parecido a mí, dice la gente, y mirando fotos antiguas descubro que guardo rasgos similares a los de mi abuelo. He escuchado que el campamento de lonas y cobijas, que inicia en la lámina fronteriza, está lleno de hondureños: morenos, chaparritos, gorditos y con acento chistoso; o sea yo pero en volumen. Cuando te acercas un poco a esa pequeña comunidad puedes escuchar ese acento chistoso proveniente de una familia que viaja desde Chiapas o Guerrero y que encontraron en esa caravana una forma de esperanza para una vida mejor, tirando al suelo el mote de extranjeros, hermanados y con más coincidencias que diferencias con el resto de la caravana. Después leo en las redes sociales, personas con las que he platicado alguna vez, con las que he estrechado la mano, dado un abrazo y tal vez hasta presentado a mis hijos, escribir, con un odio arraigado en una tierra que cambia bajo sus pies, contra alguien que dijo que ya no quería frijoles. No pretendo enfrascarme en una discusión culinaria o de la fiel abnegación que el pueblo exige de aquel que, contra todo, se vio obligado a estirar la mano, sino más bien en el punto del odio hacía lo que nos parece diferente. La comodidad de una pantalla conectada al mundo ha creado una nueva forma de convivir y formar parte de él, y afiliarnos en grupos que comparten gustos, pensamientos, posturas y territorio, para luego condenar a todo aquel que piensa, se ve o actúa distinto a mí.

Más de una vez mentar la madre al oficial de migración, cuando cruzo a EU, ha rondado mi mente. Cuando revisan los documentos, que ellos mismos me dieron, para entrar a su país anteponiendo una idea de delincuente y aprovechado en mí. Cuando analiza a mi familia haciendo preguntas ofensivas con trato hosco y a veces, hay que decirlo, denigrante para permitirnos la entrada a su primer mundo, reconozco el odio y el racismo que veo en la gente que me rodea quejándose de lo mismo. Y leo en la red que los hermanos que acampan en la línea son todos delincuentes y mal agradecidos, y miro a los pequeños corriendo en la acera como corre mi hijo y a las mujeres salir detrás de ellos como lo he hecho yo, y a los hombres con un gesto inconfundible de preocupación por estar en otro país o estado o barrio, y no saber si su familia estará segura ahí, porque hace rato cualquier tierra que pisan los tilda de extraños.

Alguna vez me contó mi padre, que durante la revolución mexicana mis abuelos salieron huyendo de Querétaro rumbo a la Ciudad, para evitar que el ejército o los revolucionarios tomaran a su padre y lo obligaran a pertenecer a un bando y pelear por una vida mejor (era indistinto el bando, ambos lo creían). Tomaron lo que pudieron, mi abuelo lo lanzó a su espalda y caminaron por horas con sus hijos de la mano por momentos, luego en sus brazos o en la espalda del abuelo que resistía a base de puro amor. Si te acercas un poco a la línea puedes escuchar la misma historia en boca de los habitantes de las lonas, que aseguran es mejor pasar por este periplo que perder a su familia en la violencia que su “lugar” les aseguraba. Pienso en las historias que se repiten, en los motivos que siguen siendo los mismos, pienso que siempre nos mueve el amor por el único grupo válido y por el que vale la pena dejar la vida en el intento, la familia. Yo no soy de aquí, varios de mis amigos no nacieron aquí, mi madre no es de aquí, mi vecino es de un lugar muy lejos en el sur de México, y parafraseando a Dréxler, yo no soy de aquí, pero tú tampoco. El gran Savater afirma que las ciudades se han formado con gente que se cree diferente a otros, de personas que creen ser distintas. Apenas termino de escribir esto y salgo a la calle, mi vecino lanza un envase hacía cualquier lugar, lejos de su casa; los campamentos de lona, cobijas y hermanos ha escaseado ya; la rabia del que se piensa distinto y enraizado ahora parece entretenerse en las mujeres que, pobrecitos, pintan monumentos de piedra y metal para pedirle al mundo no morir cuando un tipo lo decida. Estados Unidos ofrece a México ayudarle con la violencia pero primero instala un muro enorme entre los países, otra familia sale de un lugar que sentía suyo a buscar algo mejor, gringos en shorts pasean en invierno por las calles mexicanas, el tiempo estimado de cruce hacia el “otro lado” es de cuatro horas y veinte minutos, Drexler dice que estamos vivos porque estamos en movimiento, yo digo que este mundo, y qué bueno, está lleno de extranjeros.

Deja un comentario