Entrepalabras de Abigael Bohórquez

 

Antes de caer la lluvia

Manuel Méndez

La invitación no admitía negativas, son el tipo de cosas que parecen caídas del cielo, se sabe que en voz alta, la poesía de Abigael Bohórquez es mejor; riega el alma y emociona, y al desmenuzarla se nos revela la genialidad, el gran talento que llevaba el vate en las alforjas.

Entre jóvenes y su rebeldía, y poemas leídos por ellos, las palabras resultan lechugas que se han cortado hoy en la mañana y aquí está en la mesa lista para ser ingerida.

Por esa razón resulta muy satisfactorio explorar algunas de las facetas de su poesía en actividades escolares como la de lectura en voz alta. Si se inicia con fragmentos de la biografía (en Poesía reunida e inédita), la actividad se mejora notablemente, se pueden resaltar los dichos de Gerardo Bustamante que se turnan de mano en mano, uno a uno carga la antología y la sopesa, como inspectores de calidad observan minuciosos su hechura, les gusta, algunos la acarician con ternura y se pierden entre sus capítulos, algunos otros como si fuera un bebé que ha ensuciado el pañal, sólo lo pasan. Los jóvenes así son en ocasiones.

Otros libros del vate recorren el espacio, se ofrecen generosos al olfato, la vista y al tacto de los estudiantes, con portadas discretas, típicas de los libros que universidades e instituciones oficiales han editado por ganar concursos de poesía, o por integrar su obra los mejores.

El espacio, sin orillas en bullicio, con dimensiones de aula de preparatoria técnica. Libros de Abigael Bohórquez, mesabancos dispuestos en círculo y un desgastado escritorio resultan los elementos y herramientas disponibles para la actividad que se ha planeado para recordar que un 12 de Marzo nació en H. Caborca, Sonora, alguien cuya vida fue dedicada a sentir las letras y el alma como nadie. Mientras se explica y acuerda la dinámica con unos cuantos alumnos del plantel que serán protagonistas en la actividad, como una conspiración; otros se toman fotos con los libros, se publican frases o fragmentos de poemas que han hecho eco en la mente de lectores casuales y se disponen a compartirlo con aromas de presunción en redes sociales, jóvenes al fin y al cabo.

La mayoría aquí no dudamos que la obra es basta, pero muchos de los presentes desconocemos la naturaleza y fuerza de su legado en la poesía, aún así, no nos molesta levantar la voz para hablar de su vida y parafrasear la buena pluma de Gerardo Bustamante. Se logra que muchos se contagien del sentimiento de estar compartiendo las andanzas de un Caborquense que hoy se le quiere y reconoce como siempre se debió. De la misma antología y los demás ejemplares dispersos se toman los poemas, la mayoría de huella gastada, llevados y traídos, al llanto por la muerte de un perro, a la madre, al grito de impotencia ante la represión y el abuso de poder, a las palabras dedicadas a las miradas de cuchillos, a los famélicos de amor y a los sinsabores de la desazón, al desierto. Y allí resurge el soldado, desde su trinchera de palabras crudas, lanzando poemas al aire en una guerra que se anuncia perdida.

Acordamos un día antes que leeríamos los poemas seleccionados en las inmediaciones de la escuela, a la intemperie, de cara al horizonte, al cielo o al desierto, cerca de un árbol, tal vez en su sombra, un arroyo, un puente, una cama de rocas, las vías y durmientes del ferrocarril, una planta, tal vez algo que evoque a lo que amó el vate. Cada quien y en equipos de tres o cuatro alumnos agarraríamos rumbo, el formato es libre, la lluvia que se desata también lo es. Caminamos aprisa, casi corrimos, pero igual nos mojamos.

…y así comenzamos las lecturas en voz alta “Entrepalabras” de Abigael Bohórquez, a partir de allí, nadie somos lo mismo.  Mr.

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