En el escenario puede pasar cualquier cosa

Carlos Sánchez

¿Por qué siempre es la sonrisa encendida? ¿Por qué siempre la disposición como si fuera la primera vez, como si fuera la última oportunidad?

Estas son preguntas que no hice a Adriana Soto, directora de orquesta. ¿Por qué y de donde tanta energía? ¿Cómo le hace para ser tan feliz y  proyectar también tanta nostalgia en la mirada? ¿Quizá la dictadura en el Uruguay en que nació? ¿Tal vez la genética? Son también preguntas que no hice y que no haré. No obstante, invito al lector a la conversación respecto del quehacer de Adriana.

La entrevista se da por la mañana, luego de una noche del concierto Mujeres de una pieza que Adriana Soto dirigió en el Teatro de la Ciudad de Casa de la Cultura de Hermosillo.

–¿Adriana, cómo fue tu encuentro con la música?

–Mi papá es músico, entonces desde chiquita tuve la música como algo muy fácil, muy cercano, era algo que estaba ahí. Cuando yo tenía seis años había dictadura militar en Uruguay, mi papá tuvo problemas y nos fuimos para Venezuela. Allí mi papá se fue a trabajar en coros y orquestas juveniles de Venezuela, entonces yo me paseé por todos los instrumentos: quiero viola, tome su viola, quiero violín, tome su violín, quiero chelo, tome su chelo. Terminé con el corno porque mi papá es cornista, mi hermano también. Tuve esa facilidad de la música, tanto que cuando decidí estudiar una carrera me fui para Ciencias de la Comunicación, me faltan ocho materias para graduarme. Ya cuando estaba en ese punto me di cuenta que necesitaba la música, y volví a la música.

–¿Qué lugar tiene en tu memoria la dictadura?

–La dictadura para mí significó no tener una raíz muy arraigada. Desde el momento en que nos fuimos a Venezuela, a los seis años, y a los diecisiete volví a Uruguay, luego me vine a México, luego me fui a Argentina, después volví a Uruguay, luego a México. La dictadura para mí significa (algo que para la gente puede ser duro), algo muy chingón, porque de una manera me dio una amplitud de pensamiento, yo lo vivo como una libertad, y de última hay una raíz muy grande que es la raíz latinoamericana, la de todos los países que nombro.

–Como instrumentista tocas el corno, pero ahora estás dirigiendo: ¿cómo fue ese proceso de ejecutar a dirigir?

–Empecé en coros y orquestas juveniles, empecé como instrumentista, mucho tiempo estuve tocando, y ya en México, cuando estaba tocando en la camerata de Xalapa, Veracruz, tuve un director excepcional, llamado Efraín Guigui, un argentino-norteamericano, un señor bajito, gracioso, encantador y buena gente, que no solamente usaba la dirección para hacer música, usaba la dirección para ayudar a la gente. El hecho de estar en ese lugar de poder, él lo sabía aprovechar muy bien, cosa que no todos los directores hacen, para tirar buena para todos lados, para ayudar al que se dejara. Efraín era además excelente músico. A partir de ese trabajo que yo vi, me empecé a entusiasmar con la idea de dirección orquesta, yo vivía en México, en Xalapa, y decidí irme a Uruguay porque en México la carrera de dirección orquestal aún creo que está nada más en el conservatorio, son diez años de carrera, es una lucra, demasiado tiempo, y en Uruguaya era en siete años, que al final pude hacer en cinco, porque di muchos exámenes libres.

–Entre tocar el corno y dirigir, ¿cuál es la diferencia?

–El corno es un instrumento complicado, se supone que han hecho estudios para ver quiénes son los más nerviosos en una orquesta y siempre es el primer corno, por ahí el primer oboe, también, pero en realidad es el primer corno el que se lleva las palmas, así que estamos hablando de un instrumento que cuando pifias se entera hasta el portero, se enteran todos, es muy evidente. La situación con la dirección es que tú tienes la responsabilidad absoluta de lo que está pasando, si alguien de ahí hace alguna tontería, es culpa tuya. Entonces tienes que estar en muchos aspectos más, no es nada más que la boca no se me seque, no es nada más que no tiemble, no es nada más que no pifie, es esto que ya es una cuestión social, tienes que estar en todos los detalles para que no se te escape nada, es diferente. Los dos tienen su presión, mucha presión, pero es diferente: en el corno pienso que es algo más físico, en la dirección hay que estar mucho más atento a todo lo que tiene qué ver con relaciones humanas, donde se te enoja el concertino y empieza a hacer sus tiempos, ya es un problema. Con la dirección tienes que manejar otro tipo de cosas.

–¿Qué de la naturaleza es lo que más disfrutas?

–El verde, ver el verde. Amo el agua, en general busco lugares con agua, me fu a vivir a Valle de Bravo porque hay un lago. Me encanta el agua y el verde cerca, verde que te quero verde.

–Esta conversación se da en contexto del desierto, adonde viniste a dirigir: ¿qué te significa venir al desierto donde no están tanto esos verdes?

–He estado fascinada en Hermosillo, sobre todo con la calidez de la gente. Es muy raro que en una orquesta (Orquesta Filarmónica de Sonora, la que vino a dirigir. N de la R.), no haya tres o cuatro individuos que se pongan pesados, y esta vez fue una ceda todo. La verdad es que el tema humano me ha encantado, estoy muy contenta, todos han sido amables.

–Tomando en cuenta que eres ya ciudadana mexicana, ¿cómo es tu reacción ante la innegable, inocultable violencia que impera en el país?

–Es durísimo lo que está pasando en México, pienso que en Hermosillo son privilegiados, en Valle de Bravo también somos privilegiados. Aquí en Hermosillo tengo entendido que no es una zona de paso, que no es una zona delicada, Valle de Bravo es privilegiada porque allí toda la gente de dinero tiene su casa, entonces lo cuidan, lo tienen blindado. En realidad es muy duro lo que está pasando, tengo la gran suerte de vivir en un lugar como ese y viajar a un lugar como este, pero te coartan la vida, te quedas absolutamente atado de pies y manos, en ciertas zonas de México que lamentablemente es ya casi todo.

–¿Para qué sirve el arte?

–Se supone que si es arte no tiene que servir para nada. Pero yo pienso que sí tiene que servir, por ejemplo, en mi caso, yo uso mucho esta posibilidad para valorarnos a nosotros mismos, para valorar todo lo que es latinoamericano, mi vida, Latinoamérica, valorar los artistas que ha dado esta zona, valorar lo que se hace aquí, el estilo que tenemos. Para mí es una de las cosas importantes, siento que el hecho de siempre mirar para afuera, para el norte, para Europa, para allá es como que nos quita la posibilidad de demostrar lo que tenemos. Además lo ves en la música, en cualquier cosa, si tú llegas y haces un minuet y lo haces fuera de estilo, te escupen, pero viene cualquiera de estos a tocar un danzón como si fuera salsa, y aplauden, por qué esa falta de respeto hacia lo nuestro; en mi caso lo enfoco por ese lado.

–Cuándo estás a punto de entrar a escena, ¿qué sensaciones experimentas?

–Mucho nervio. Hasta que no termina el último acorde no te quedas tranquilo. Tú sabes que en el escenario puede pasar cualquier cosa, aunque vengas preparado, aunque la orquesta esté preparada, si voló una mosca, se desconcentró alguien, si te desconcentraste tú, se puede ir todo bien lejos…

–¿Y cuando cae el telón?

–Un gran alivio, sobre todo si las cosas salieron bien.

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