En Cananea vieja la gente parece vivir en otro tiempo

Foto: Josefa Isabel Rojas

Juan José Flores Nava / Fabiola Jesavel Flores Nava

La luz del sol no ha tocado aún la ciudad, pero en Cananea se observa ya un movimiento desconcertante para el recién llegado. Hombres con chalecos naranja y cascos amarillos se desplazan de un lado a otro, caminan o esperan. Autobuses escolares van de aquí para allá y no llevan estudiantes, son obreros quienes los abordan. Van a las minas. Al fondo de la ciudad, hacia el poniente.

Los autobuses transitan por anchas avenidas de dos sentidos. Y cuando parece que la urbe termina, un alto y breve túnel abre paso a una ciudad pequeñita, escondida, casi amurallada. La gente de aquí la llama la vieja Cananea. A diferencia de la otra, de la ciudad de calles tan anchas que sin problemas caben seis autos uno al lado de otro, en las calles de la vieja Cananea no hay espacio para más de dos.

En Cananea las edificaciones no se ahorcan entre sí, al contrario: la luz y el aire encuentran espacio entre ellas, en Cananea vieja las casas son un gran muégano de colores ocres; en Cananea, la gente, en la calle, es el minutero de un reloj que está en constante movimiento, en Cananea vieja la gente parece vivir en otro tiempo, uno en el que la manecilla de la hora marcha más despacio: se detiene, se aglutina, conversa. Estos blancos y negros, estos contrastes entre la Cananea vieja hecha para los trabajadores más pobres en el siglo XIX y la Cananea moderna erigida y planeada al arrancar el siglo XX por el señor William Cornell Greene, fundador y propietario hasta su muerte de la empresa minera Cananea Consolidated Copper Company, son evidentes para el visitante, pero quien vive la Cananea completa a diario sabe que esta región ha sido desde siempre, sobre todo, un lugar agridulce.

Dulce: si se otea desde muy alto el horizonte de estas tierras, es posible admirar un lugar rodeado de agua, de lagos. Agrio: al indagar un poco más sobre esas hermosas acumulaciones hídricas, se sentirá uno más cerca de Venus que en la Tierra: son restos líquidos atestados de ácido sulfúrico generados por la mineras como parte de sus procesos de producción. Este paisaje no comenzó a dibujarse ayer, es el costo de la explotación del mineral más abundante en Cananea: el cobre. Y empezó, en su fase moderna, en 1899 cuando el estadounidense Greene registró en Nogales la Cananea Consolidated Copper Company (CCCC), asentada en los terrenos que le vendiera la esposa del ex gobernador de Sonora Ignacio Pesqueira.

Dulce: el desarrollo económico de Cananea generado por las riquezas que obtenía de sus minas el señor Greene, llevaron a que el 31 de octubre de 1901 Cananea fuera considerada como un municipio del estado de Sonora. “Este hombre fue el encargado de trazar la mancha urbana como la vemos actualmente”, dice Óscar Hernández, comunicólogo y dueño del Café Arte Libros Historia, en el centro de Cananea.  “La ciudad la pensó con calles muy amplias, con un diseño urbano muy estadounidense, con callejones de servicio. Mandó construir el palacio municipal, también la cárcel, el panteón, algunas escuelas y el hospital. La Plaza Municipal también es obra suya.”

Agrio: la consolidación económica de esta compañía en Cananea exigió transformaciones tecnológicas, espaciales, territoriales, comerciales, políticas y sociales que requerían de nuevas necesidades y capacidades, así como de nuevos ordenamientos tanto al interior como al exterior de la mina. Por ejemplo, se intensificó el trabajo, aumentado la jornada y haciendo menos poroso el tiempo laboral al implementar fuertes métodos disciplinarios, ejercidos en algunas ocasiones por capataces estadounidenses que se encontraban en alianza estrecha con los empresarios de la CCCC.

Poco tiempo tuvo que pasar, pues, para que las ventajas que daba el porfiriato a los inversionistas extranjeros a fin de que se asentaran en México –mano de obra barata, gobiernos locales al servicio de las compañías, facilidades de apropiación comercial, desarrollo de infraestructura apropiada para sus fines y todo un territorio natural con amplias posibilidades de explotación–, hicieran estallar, el 1 de junio de hace 110 años, uno de los movimientos más emblemáticas de la lucha obrera en México: la Huelga de Cananea de 1906, que hoy puede ser analizada como la expresión de un proceso económico, social y político que el historiador francés Fernand Braudel consideraría de “tiempo medio”, y que, en este caso, va desde 1880 hasta 1920.

Para Óscar Hernández, que aprovecha toda ocasión para estudiar, escribir y hablar de la historia de su ciudad natal, la Huelga de Cananea es el movimiento que derrumba el mito de la estabilidad nacional del gobierno de Porfirio Díaz. No sólo son los recursos que la mina genera, el crecimiento poblacional de la región con gente que llega –deseando ganar mucho dinero– de distintas partes del país y la misma modernización de la ciudad, sino que Greene y su empresa representan esa libertad que les dio Díaz a los estadounidenses para explotar la franja norte de México. “Se sabe que los magonistas tuvieron fuerte influencia en el movimiento. Tienen la idea de entrar por Cananea y derrocar a Porfirio Díaz”, dice Hernández. No es únicamente, entonces, la justa lucha por mejorar las condiciones de trabajo y exigir un mejor salario lo que impulsa la huelga, es también, o quizás sobre todo, la importancia que tiene Cananea en ese momento en el contexto nacional.

Así pues, más que un brote espontáneo que antecede a la Revolución Mexicana, la Huelga de Cananea de 1906 es una confluencia de sucesos históricos. Entre otros, la formación de una conciencia de clase: los obreros experimentan un tipo de explotación, identifican asuntos de interés antagónicos y comienzan a luchar; la efervescencia política nacional que impacta en las movilizaciones sociales locales, transformándolas en procesos más globales de inconformidad no sólo con su situación cotidiana sino en contra del sistema político-económico imperante; y un proceso más general que se prolonga hasta la actualidad: el sometimiento de todos los ámbitos de la vida social a la reproducción de las dinámicas económicas, políticas y sociales generadas por el moderno sistema capitalista.

Agrio: Manuel M. Diéguez, Esteban Baca Calderón o Lázaro Gutierrez de Lara son, para algunos jóvenes de la Cananea contemporánea, nombres de una escuela o calle de la ciudad, no de algunos de los principales líderes de la huelga de 1906. Dulce: hoy siguen de pie varios de aquellos símbolos erigidos por Greene: la plaza, el ayuntamiento, la cárcel (convertida en Museo de la Lucha Obrera –aunque cerrado desde el 8 de enero pasado–) y la casa que habitara hasta su muerte en 1911 (una bella edificación de madera que conserva en su magnífica esencia el Instituto Nacional de Astrofísica, Óptica y Electrónica). Y colofón: para el creador de la moderna Cananea, la ciudad no guarda ni una sola calle con su nombre, tampoco monumentos, sólo una lápida en el panteón de la localidad, que reza: “William Cornell Greene / El fundador de Cananea”.

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