El viejón

 

Francisco Luján

La mañana era gris, así como la describen en algunos libros. El humo de la quema de llantas en los sembradíos caía como miel. Por una esquina se escuchó el balar de animales, por la otra, el rechinido de las espuelas en las costillas de algún caballo. Una hilera de gallinas cruzó presurosa la calle. Desde el fondo de una casa el brillo de un trombón se colaba por la ventana.

En este pueblo vivía don Carlos, un viejo alto y flaco, tenía una dentadura enorme de donde salía el humo de la mariguana en cascada inversa para internarse en las fosas nasales y lo restante chocar con el ala del sombrero para ser expulsada hacia atrás; el humo lo delataba desde lejos, traía dos hileras blancas detrás de él.

Un buen día, sin decir nada, el doño salió de su casa y fue al monte. No lo volvimos a ver. Los vaqueros dicen que nunca han encontrado rastro del viejo. Con el tiempo alguien dijo que había robado un paquete de mota que cayó de una avioneta, otros dijeron que se volvió loco por fumarla tanto. Ya va para veinte años y hay quien pone su foto en los altares del Día de Muertos, con la edad que tenía —65, más o menos— es probable su muerte.

Su casa no ha sido invadida, suelo sentarme en el porche a fumar un cigarro cuando voy al pueblo, pareciera mentira, pero la puerta sigue abierta, solo alcanzo a ver desde lejos una mesa con mantel color café y una silla desvencijada. Hay una prohibición tácita de no entrar, como si el pueblo esperara el regreso. He visto algunos balones en el patio, los niños no hacen ni el intento de ir por ellos.

—¡Bájate, chamaco jijuelachingada —son las palabras que recuerdo de don Carlos al pie de un árbol, mientras yo estaba encaramado en lo más alto. Me había metido a su casa persiguiendo el puerquito de mi abuela. Desde ese momento lo vi como un tipo malhumorado, aunque en las pedas con sus amigos mostraba su enorme dentadura en las carcajadas. Jijuelachingada, la palabra con la que me quedé como testigo de su andar por el pueblo, cada que pienso en ella lo hago con su voz de gargajo atravesado en la garganta.

El tiempo no pasa de forma gratuita, parte del techo ya no está, se ve un rayo de luz cruzar uno de los cuartos del fondo. A veces he escuchado palomas pitayeras ahí, ellas no entienden las costumbres del pueblo. Donde quiera que esté el viejón, o donde quiera que haya quedado, estará conforme de que ningún humano ha entrado a su casa, de haber dejado la sospecha para recordarlo en las pláticas de las tardes o borracheras. Ojalá alguien le escriba un corrido.

 

Francisco Luján (Navojoa, 1989), escritor de a veces y cronista a medias. Planea publicar un libro de cuentos policiacos en futuro no muy lejano.

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