El tren

 

Bruno Herley

Tres de la mañana, el tren pasa y de él saltan hombres y mujeres, detrás de ellos, una luz venida de quién sabe dónde, ilumina el polvo, solo se alcanza a ver sus cabelleras enmarañadas, bolsas y mochilas en las manos.    —¿De dónde vienes? —se le pregunta a Jazmín.

—Del paso (Texas).

—¿Allí te agarraron?

—Sí.

El tren lleva y trae, los techos de sus vagones vienen repletos de personas, entre ellas se ve una que otra luz de teléfonos celulares.

—¿Le hablabas a alguien?

—Sí. A mi jefe para que pase por mí.

—Parece que es común que venga por ti.

—¡Uf! A cada rato. Aguanto hasta que me agarran. Pero no hay pedo, vuelvo al rato.

—Te vas a poner una buena borrachera con los dólares que traes.

—Todo lo mando para acá. Pero primero termino la casa que estoy construyendo porque quiero casarme, ya si sobra, pues sí.

Desde el puente sobre las vías hay hombres observando, cuando ven que las personas comienzan a caminar hacia la ciudad, ellos caminan en paralelo a ellas.

—¡Hijos de su puta madre! ¡Nos van a tumbar la lana! —fue la voz de alerta. La persecución se extendió entre callejones y calles solitarias. Los pasos se escuchaban huecos y más allá algunos gritos, después el alarido de alguien y el correr de tres hombres peleándose una mochila. En el callejón quedó una mujer tendida de costado, a un lado un hombre en cuclillas le sobaba la cabeza.

—¡Los hijos de la chingada le metieron un filerazo!

Nunca llegó la ambulancia o patrulla. A la mujer la llevaron a una casa abandonada y ahí le pusieron un trozo de tela alrededor del tórax, para suerte de ella no fue grave, le habían picado del lado derecho en las costillas con la punta de la navaja. La sangre no paró de fluir hasta que otra mujer puso un poco de ungüento para golpes en la herida. Cerca está el hospital, pudo llegar caminando, acompañada de algunas personas.

—Siempre es la misma fregadera. Estos saben cuando llega el tren cargado. Alguien les pasa el pitazo.

—Bájense más atrás.

—¡Nombre! ¡Puro sicario para allá!

El tren terminó de pasar con su lentitud de víbora cansada. El rechinido de sus ruedas era el filo de una navaja sobre papel, de ahí surgían chispas y las sombras parecían caminar a un costado.

—En tres semanas más vuelvo. Espero que no me agarre la migra allá y los ratas acá.

—Mucha suerte.

—Nada de suerte. Mamas por lento.

 

Bruno Herley. Ha publicado en antologías de poesía y cuento, tiene una novela corta de nombre Dios  es solo un nombre (cómo matar un pájaro con marketing), disponible en Amazon.

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