El tiempo es la horma de todos los zapatos

La fiesta del reencuentro, la reiteración del júbilo, ese tiempo de ensueño que un día nos hizo tocar a las puertas del cielo, de cuando las morritas nos guiñaron el ojo, de cuando un perfume marca avon nos bañaba de ilusiones el pensamiento.
L. Carlos Sánchez
Ese sábado por la noche el tiempo abrió un boquete de la historia para contarnos felicidad. Refrendamos la adolescencia y al más puro estilo de un requinto bailamos rolas de rock.
El Carlos Corona cumplió años. Cincuentaidós balas nomás de ir y venir. Organizó la fiesta a su estilo, a como quiso. Aplastó las teclas de su cel para convocarnos y entonces nos dejamos querer.
La vieja escuela se llama la banda que nos hizo bailar. Y mientras el cuerpo hizo lo que bien aprendió, en cada uno de nosotros se refrescó la memoria y acudimos a los días de amanecer en los callejones del barrio que es El jito.
Los Surfos nos hacíamos llamar. Éramos la pandilla más generosa de la comarca. Rayábamos bardas, pegábamos el retinto cuando ya la violencia nos azuzaba la suela de los tenis, nos metíamos de trampa a las quinceañeras en el Patio Orquídea, y de vez en cuando disfrutábamos de un tokín con el Interrogación Rock One band.
La fiesta del reencuentro, la reiteración del júbilo, ese tiempo de ensueño que un día nos hizo tocar a las puertas del cielo, de cuando las morritas nos guiñaron el ojo, de cuando un perfume marca avon nos bañaba de ilusiones el pensamiento.
Quizá una vez una de esas muchachas nos agarró la mano y entonces significó ese acto el noviazgo implícito, sin que ella lo supiera. Era la inocencia la que nos hacía rayar en las paredes los nombres con la conjunción de la y. Un corazón con flecha enmarcaba la oración.
Al baile lo que te truje. Tacos y cervezas. A los años y la suspicacia que dictan los sentidos aún vigentes. La diversión como premisa. Bailar para saber que estamos vivos, que seguimos en la tierra y porque cincuentaidós años no se cumplen todos los días.
Bonito es ver a la plebada en su edad que un día tuvimos. Abrazarlos con la mirada y embonar en cada uno de los nombres porque en colectividad el objetivo es el mismo: bailar.
Hicimos pase de lista, de manera tácita, en el rumor de la algarabía, porque en los temas del recuerdo nunca faltan los que están ausentes. Los vimos en medio de la cancha con sus auras siempre lindas, sus camisetas roídas con estampas del Pink Floyd, o el Deff Lepard, con tenis desgastados y liváis ídem.
La cabellera larga con el reflejo de la luna en sus hebras. Abrirse paso por travesura en el café Nelly para luego comer y salir corriendo sin pagar.
Estábamos chavos y limpiábamos vidrios en la gasolinera, también apeamos guamúchiles y trepamos al cerro de la cementera, hurgamos la oscuridad en la cueva de Santa Martha, nos bañamos en el canal donde algunos de los nuestros se ahogaron de muerte durante un chapuzón.
Sábado en que se abre al domingo. La última nota de los chicos de la banda. A las doce en punto. Porque la vida es un formato inflexible y el tiempo enérgico es un mandato.
A seguir cumpliendo años, carnalitos y carnalitas. Que la alegría nos convoque de nuevo, para celebrar la vida, para invocar a los ausentes. Sorprendernos del baile despreocupado de una rola de Los comandos del oeste en la humanidad de aquellos que antes dijeron detestar la cumbia.
El tiempo es la horma de todos los zapatos.

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