El telépata

Lénin Guerrero

Hace días Hans Kramer, el telépata, dio con mi taller. Lo noté disgustado según adiviné por haber dado más de tres vueltas en su bocho cromado para encontrarme, quizá por eso fue directo al grano diciéndome que últimamente ha tenido problemas con su conexión inalámbrica a internet. Ni tardo ni perezoso lo pasé a la sala de rayos kirlian. Le pedí que se desvistiera para un chequeo general no sin antes advertirle que sabía yo poco de interfases inalámbricas humanas.

El telépata se detuvo mirándome con ojos medio extraños. Le expliqué que no había nada de morbo, que soy todo un profesional en la materia y que en mi lista de clientes figuran famosos desconocidos: geriatras de duendes, ninfómanas ascetas, defensores de los derechos humanos de la segunda persona del singular, hasta presumí ser visitado frecuentemente por dos trovadores del siglo pasado que nacieron siameses y cuya terapia de separación va mejorando. Violando algunos secretos profesionales y tratando de hacerle ver el poco prestigio que goza mi negocio (al que claramente y en no pocas ocasiones difaman los sicólogos, mentalistas y uno que otro decorador de interiores de Babylon), le dije que sería un honor atender a un telépata tan reconocido.

Hans seguía en silencio prendido de mis ojos, seguramente intentando establecer línea directa con mis transistores mentales.

– Ni lo intente, amigo, hace años adquirí alzheimer y me formateó todo los chips –le dije para que no gastase en vano más energía.

– Ah, qué bueno que me avisa, ya le estaba yo solicitando acceso a los fotorrecuerdos de la ninfómana, que comprueben, claro, que el método del chequeo general es el que usted me sugiere. –decía mientras se desabotonaba la camisola.

– Usted sí que va recio, señor Kramer. La verdad es que no será necesario que se desnude si está usted seguro de que el desperfecto se localiza en su cabeza. Es más, lo invito a probarse este casco de lectura para buscar la falla.

– Inmediatamente. No faltaba más.

La primera prueba fue un téster de reacción hipertextual. Procesador nuevo. Al putazo la velocidad. El siguiente paso consistió en desahogar el buffer de las dudas que como arañas descubiertas en su nido treparon hechas la mocha hasta el disipador de preguntas de Google estimulando al instante las respuestas. En mi monitor se desplegaron algunos datos, imágenes diversas, entre las cuales me pareció ver narraciones acerca del solsticio próximo, inobjetables informaciones acerca de que la edad de los chihuahua se calcula en años humanos al ocho por uno; que la tierra tiene dos movimientos básicos: el de rotación y el de traslación; que la luna está formada por ciertos minerales entre los cuales no se encuentra por cierto el queso; que las estrellas no brillan en vivo puesto que lo que vemos como estrellas son una explosión de hace seis millones de años luz; que el famoso actor Ramiro Villalpando contrajo nupcias en Martinica con la cantante y encuerable actriz brasileña Kiki Da Souza; el etcétera apareció cuando le di escape al monitor.

– Aquí todo está bien. –dije al telépata que impaciente esperaba mi diagnóstico.

– ¿Cómo que bien? Por supuesto que no está bien, esa conexión que usted cree monitorear es producto de mi imaginación, ¿no se da cuenta de que todo es un engaño, que todo es producto de un virus poderosísimo que recicla mis memorias?

– Hágame, Hans, el favor de no mamar. Toda la información que he visto está actualizada. Su interfase está al chingadazo.

Se molestó tanto que me arrojó el casco y sin pagarme los honorarios azotó la puerta. El bocho cromado se alejó ronroneando.

Hoy en la mañana volvió disculpándose. No lo había visto desde entonces. Algo noté en su rostro que me dio la sensación de verlo mejorado, más calmado aún. Habló del clima, del malentendido, más de pronto se montó en su mejor papel de poeta:

– Si la verdad te finta ¿cómo podría tu razón saberlo? –me soltó así sin previo aviso– lo de ella no es suspenso soleado sino química suspensión de pláncton, etérea dosis de escapismos sobrenaturales. Llegada la hora, Houdini, por el bien de nuestro mal preferirás encontrarte a dos mil kilómetros lejos de su estrella, por fuera de su esfera de realidad. Esa luz no permite advertir el telarañal tras lo blanco de un rayo, mucho menos caracoles que agonizan como embriones de una femme fatal. Otra luz dinamita en tu alma cobriza, es un arma letal que entrega pesadumbres al lagarto del sótano.

– Y ahora ¿de cuál fumó mi estimado Hans? –pregunté en tono de broma.

– Si las netas te fintan –insistió en su oratoria–, las olas que te embisten son la misma repitiéndose, movimiento de estelas bajando al cauce de los entrevalles, rocío que estampa sus huellas en tus fauces de arenal. Es sencillo, para que me entiendas, si el océano te finta tu tierra es atraída al precipicio por luces transitorias, pequeña barranca se vuelve, oscuro monte huidizo que enciende descensos de vodka al piso…

Esta vez fui yo el que lo acompañó molesto a la puerta. Por primera vez tuve la idea de cambiar de oficio. Por primera vez me sentía ante un caso irremediable. Debí haberlo notado cuando enfrenté dudas tan simples. Era otro habitante de las vueltas de la tierra. Me encantan más aquellos que se saben sanos y sólo comienzan a sentirse enfermos nomás por cotorrear su propia estela, o aquellos otros que imaginan que la tierra lleva un curso, que es una nave planetaria que conduce a otro lugar, cualquiera entre tanta estrella.

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