El Tánatos, creo. Me parece que es lo definitivo, como dice Heidegger: “somos seres para la muerte”

“Creo que el problema del amor es que lo racionalizamos demasiado, de manera absoluta y lo que hacemos todo el tiempo es cuidarnos de no sufrir, como estar siempre ganándole a lo que va a suceder, a las posibilidades fatales porque siempre pensamos lo peor.”

Por Óscar Alarcón (@metaoscar)

Caminaba por una calle que nos conducía al Fuerte de San Diego en Acapulco cuando la conocí. El poeta Balam Rodrigo me invitó al encuentro “Acapulco Barco de Libros” en 2013, sólo lo conocía a él. Ya había pasado el segundo día y no lo había visto. En la inauguración del evento se llevó a cabo un homenaje a la poeta Elsa Cross, estábamos sentados en uno de los salones del Fuerte, que por sus colores más que un Centro Cultural parece un Resort.

Acapulco tiene dos climas en un mismo día: siempre caluroso en la calle y muy frío adentro de cualquier edificio. El Fuerte no era la excepción; el clima artificial de la sala donde se llevaba a cabo el homenaje había comenzado a congelarme. Salí y el calor en el Fuerte era apenas tolerable. Escuché a un grupo de escritores preguntar por una tienda. Me les acerqué y comenzamos a caminar calle abajo. Gilma caminaba atrás del grupo, muy reservada, escuchándonos a todos pero muy risueña. Me acerqué y comenzamos a platicar.

En esa primera plática me enteré que tenía dos novelas publicadas, una en Mondadori y otra en Ediciones B. Me dio los títulos, los apunté con la promesa de leerlos. Platicamos un poco de Nitro Press, me dijo que había escuchado de Mauricio Bares y de Lilia Barajas, que se habían escrito hacía no mucho tiempo y que habían concertado una cita para tomar un café. Finalmente, Gilma Luque fue incluida en la Antología Lados B 2014 de Nitro Press.

Cuando se llevó a cabo esta entrevista Gilma aún no conocía a Mauricio y a Lilia en persona. Tampoco sabía que unos cuantos meses después ganaría una residencia de escritura para ir a Buenos Aires.

Óscar Alarcón. Has construido 2 excelentes novelas, cuyos grandes temas son Eros y Tánatos, ¿cuál de los dos temas te atrae más?

Gilma Luque. El Tánatos, creo. Me parece que es lo definitivo, como dice Heidegger: “somos seres para la muerte”, cuando lo único que nos pertenece es nuestro único destino, a de todos, sea como sea que suceda. Por eso me llama más la atención. Pero me parece que mientras mueres, amas. El amor es una idea que está muy subestimada, nos hacen creer que todo está muy bien, como que es un invento del hombre. Me parece que es la manera de relacionarte en el mundo con los otros y también la manera de estar vivo. No importa qué tipo de amor: el amor a la madre, a una pareja, a una mascota. Y son indisolubles.

ÓA. Cuando alguien muere, y su enfermedad ha sido prolongada, su muerte es liberadora para la gente que la estuvo cuidando.

GL. Sí, lo que estás diciendo es otra cosa importante: solamente puedes vivir la muerte de los otros. La muerte de los otros es la que realmente vives. A mí me pasó: mi mamá tenía esclerosis múltiple, tuvo veinte años con la enfermedad y como es degenerativa, incurable, progresiva, todo el tiempo tuve miedo; desde que era niña tuve miedo inconsciente de que se muriera, pero eso pasó justo en el momento en el que se murió. Siempre me imaginaba que me volvería loca, que sufriría muchísimo, que no iba a poder con eso, que me llegaría a desesperar. Y no.

Cuando murió sentí paz, fue liberador totalmente para todos. Supongo que a los enfermos terminales también les llega un momento en el que deciden dejar de luchar.

ÓA. Si deciden dejar de luchar, ¿la muerte es tan egoísta como el amor?

GL. Supongo que un poco más. Porque el amor depende de dos. Puedes amar y que no te amen, pero siempre está involucrado otro, pero la muerte solo te sucede a ti, aunque los otros la vivan.

Lo ideal es que siempre sucediera así: que cuando alguien muere sintieras liberación, paz o que pienses que es lo mejor que pudo haber pasado, pero también hay muertes que destrozan a la gente. El egoísmo reside en que estás sufriendo demasiado y puedes culpar al otro por haber muerto. A lo mejor siempre somos egoístas.

ÓA. Regularmente en este país, que ha sido educado por las telenovelas, pensamos que el dolor más grande que podemos experimentar es el dolor por la pérdida del amante, pero creo que eso no es cierto, ¿cuál crees que sea el dolor más terrible?

GL. Sí claro, eso es absoluto. Supongo que pensamos que es el más terrible porque es definitivo perder a alguien cuando muere, pero todo el tiempo estás perdiendo a un amante. Lo único que hace pensar que es terrible es porque es rotundo. Perder a la madre o al padre te hace ver que no tenías planes más allá de vivir lo que te toca vivir con ellos. Perder a un amante siempre es difícil, aunque sepas que no es para toda la vida.

ÓA. Y sobre estas dolencias, ¿duele más que se muera un padre o un amante?

GL. Lo que duele es perder, en general. Depende de la manera en que se pierda o se muera el amante o la madre. En mi caso, como pasé mucho tiempo esperando a que muriera mi mamá —o como era lo único que podría pasar porque no había una esperanza— fue muy doloroso.

Afectó mucho a mi infancia, ahí reside un dolor muy grande, no por la muerte en sí —que supongo siempre va a ser dolorosa pero también es natural: que se muera la madre antes que uno— sino saber que se está muriendo durante mucho tiempo, entonces sabes que sucederá y la esperanza se vuelve dolorosa. Supongo que debo contestar que es más grande el dolor cuando se muere tu pareja, con quien tienes muchos planes de vida, porque es con quien tú elegiste o planeaste estar. Pero creo que la pérdida en sí es muy dolorosa.

ÓA. El lenguaje también se ve afectado por la muerte, hay gente que ya no nombra a la gente que ha muerto porque le parece doloroso, cuando se mueren los padres existe la palabra “huérfano” pero cuando se muere un hijo no existe palabra para denominar el dolor, ¿cómo se transforma el lenguaje a partir de la muerte?

GL. Creo que a partir de la muerte se transforma todo. Nada puede ser lo mismo. La pérdida te vuelve a definir, te obliga a ser otro. Supongo que la pérdida de un hijo debe de ser la más dolorosa que existe de todas porque justamente tienes demasiados planes para el otro, y ahora que mencionas que ni siquiera tiene un nombre debe ser la más difícil. Es un dolor tan grande que es innombrable.

Y vuelve el egoísmo: todo es egoísta porque lo difícil es perder. Cuando tenía 17 años tuve un novio y pensé que era el amor de mi vida y me quería casar con él… Mi educación sentimental fue a partir de las telenovelas. Yo veía telenovelas porque mi mamá era absolutamente cursi y romántica, la historia que tenía con mi papá fue que comenzó a andar con él cuando ella era muy pequeña, a los 14 años, y duraron 6 años de novios… Iba a ser la historia perfecta.

Entonces yo tenía esa idea de que te enamoras una vez en la vida para siempre, como los cuentos de Cenicienta: yo estaba muy enamorada de este novio de manera inocente y al mismo tiempo una manera muy hecha. Yo quería vivir una historia, no la mía sino la que me habían contado. Él tuvo un accidente en moto y estuvo a punto de morir, para mí era terrible, aunque ya no estábamos bien y queríamos separarnos pues éramos muy jóvenes, nada más el hecho de que él pudiera morir me hacía aferrarme a esa historia y me parece que ese es el egoísmo: yo lo iba a dejar pero no podía perderlo. Y no podía permitir que me dejara, no me podía permitir perder. Si no decides es terrible.

Cuando te contaba lo de mi mamá, no era una decisión pero tuve un momento de consciencia en el hospital en el que dije: “se tiene que morir”. Yo no estaba bien, pero uno puede aguantar muchas cosas con tal de estar con ella, porque ella no se movía. Entonces llegué al punto de decir: “si se muere, está bien”, aceptar la pérdida, dejar de aferrarme… Y con este chico me pasaba lo contrario: “él no me puede dejar así”, pensaba. No se murió y seguimos pero ya era una decisión. Es egoísta pero es más interesante saber cómo nos manejamos, cómo se mueve la cabeza, cómo el lenguaje transforma la vida y cómo transformamos todo a partir de los deseos, a partir de querer tener un control sobre las cosas.

ÓA. Haciendo una comparación de tus personajes de ambas novelas, en Hombre de poca fe los personajes se notan más contenidos que en Mar de la memoria, siento que hay algunos titubeos sobre si cruzar la puerta, arriesgarse, y por otra parte en los otros personajes hay más arrojo, ¿tiene que ver con tu evolución emocional o quisiste plantearlos de esa forma?

GL. Tiene que ver con la evolución emocional —o retroceso— eso espero. Pero también tiene que ver con la estructura de las novelas. Hombre de poca fe sucede en la cabeza a través del discurso del silencio, es contenido. Quería que en el tono y la estructura se vieran la contención y la imposibilidad.

Alfonsina no puede hacer nada más que recordar, pareciera ser que todos los movimientos dentro de la novela tuvieran que ser a partir de la dificultad de moverse, de la dificultad de tomar una decisión.

ÓA. Hay momentos en los que parece que no sólo está discapacitada físicamente, sino emocionalmente.

GL. Claro, porque también es una crítica a las trabas que uno se pone para no sentir. Lo emocional siempre está subestimado. El placer sentimental —no sentimentaloide ni melodramático— está mal visto. Pienso que es lo que nos pasa a todos cuando nos relacionamos: primero nos contenemos hasta que ya no podemos.

Siempre nos estamos manejando con estrategias, con cuidado, como queriéndonos adelantar a las posibles fallas del otro, como si el otro fuese un peligro porque puede lastimarnos. Las estrategias a veces son muy absurdas: como él puede lastimarme, lo voy a lastimar antes. O te contienes.

Tomás es uno de los personajes que se contiene demasiado, cuando se enamora de Jimena es imposible, y a partir de esa historia ya queda maleado, la imposibilidad lo precede, aunque no haya sido una historia real de amor.

ÓA. Y hay un amor secreto en ambas novelas, un amor que está prohibido, contenido, que se llega a realizar y una vez que se logra parece ser que es para la destrucción.

GL. Para empezar soy muy fatalista. En Hombre de poca fe, cuando hablo de que el destino no tiene atajos digo que lo único que no tiene espera es la tragedia —Edipo no puede evitar matar a su padre y estar con su madre—, no se puede evitar la fatalidad, que es una buena metáfora de lo que pasa cuando uno ama: hagas lo que hagas por evitar la fatalidad, llegarás a ella porque estás con otro.

Son dos los que pueden coincidir en algún momento pero también pueden dejar de hacerlo, y eso siempre va a ser doloroso. Entonces siempre habrá una tragedia, cuando empiezas algo lo último podría ser una tragedia, porque aunque no se destrocen alguien se va a morir. La tragedia es intrínseca. Mis personajes siempre están moviéndose en el miedo, protegiéndose, y en la protección comienzan a invalidar las posibilidades de amar. Mi idea del Hombre no es muy buena porque sufre por la elección que hace, entonces la única elección certera es “yo voy a sufrir y es lo único que puedo elegir, entonces voy a elegir lo que sí es posible”.

ÓA. Terminamos un mes que fue calificado por las redes sociales como un mes fatal para la poesía, ¿por qué crees que se deba extrañar más a los poetas, por la ausencia de su persona o por su obra inconclusa?

GL. Depende del poeta. Supongo que si son muy buenos es porque no van a seguir creando, pero supongo que si son muy cercanos será por la ausencia.

La idea de que las letras pueden inmortalizar es real, nosotros leemos autores que han muerto hace mucho tiempo, y de manera cursi puedes decir que están vivos porque están con nosotros, pero yo siempre preferiría a la persona. Te digo que depende del poeta.

Ese siempre ha sido un problema: “¿qué es más importante, el autor o la obra?” Yo los veo juntos, la obra prevalece, puede llegar a todos lados pero partió del poeta. Hay una teoría literaria de los estructuralistas —que es sobre la muerte del autor—, yo digo que sí importa porque no puede haber obra sin autor. En el hecho de ser escritor se le da tanta importancia a la obra que empieza a perderse la persona. A mí me gusta leer biografías y más las autobiografías, porque ahí está el autor creando y hablando de sí mismo, estás con el autor directamente, es decir que lo que sucede en la obra le sucedió…

No tengo nada en contra de la ficción, a mí me gusta mucho, y la ficción nada más exagera la vida pero sigue siendo lo mismo, a mí siempre me ha parecido más importante pensar en las personas que en la obra. Y nuevamente, creo que depende del poeta, por ejemplo murió Sergio Loo y me parece más importante su ausencia porque era muy cercano a mí, su obra —que también me gusta mucho— me parece increíble que exista esa obra y que haya quedado y que uno pueda recurrir a ella. Me sigue pareciendo que preferiría que él estuviera vivo aunque no escribiera, —pero fíjate que esto es absolutamente egoísta—.

ÓA. En tus novelas nos dices que “el amor es un accidente que pocas veces le sucede a dos personas al mismo tiempo”, entonces ¿podríamos decir que el amor es un milagro?

GL. No lo sé, porque la palabra “milagro” implica también “divinidad”. Lo que ocurre es que esa frase es de Mar de la memoria y en Hombre de poca fe digo que el amor es algo que no ocurre nunca, entonces sería una contradicción, pero no estoy haciendo una teoría del amor cuando escribo sino personajes.

No me atrevería a decir que es un milagro pero sí creo que interviene el azar, que coincidas con otra persona. Podría ser el azar y un milagro coincidir, pero creo que también es una elección de continuar. Nos encontramos con gente todo el tiempo, y muchas veces puedes tomar decisiones de estar con una persona o no, yo creo que la elección mutua sí podría ser un milagro, que dos decidan estar juntos además de haber coincidido.

La mayoría de historias que tenemos todos es de gente que amaste y no te amó, es lo más común. Coincidir, que dos se amen al mismo tiempo son cosas que pasan muy pocas veces en la vida, y muchas veces no dejas que pasen.

Supongo que no puedes decidir amar a quien sea porque estaría increíble y sería muy fácil, pero sí puedes decidir continuar con lo que sientes.

ÓA. Entonces, si es cierto que el amor se decide, ¿también el amor es un acto de fe?

GL. A mí la fe me la hizo entender mi abuela paterna, me dijo tener fe es que lo que pase, es lo mejor que puede pasar. Es muy religioso y yo no soy la más religiosa, y no sólo religioso católico que va a misa todos los domingos y cree en lo que les dicen ahí, sino en otro nivel.

No estoy hablando de teología. Pero supongo que es lo mismo, porque si piensas que lo que te está pasando amorosamente, el encuentro, la coincidencia, el otro contigo es lo que te debe de pasar, sin tener en cuenta el presente, la idealización de las cosas, o el miedo del futuro sin esperanza, sin todos los fantasmas o monstruos que nos habitan del pasado, entonces es fe lo que estás haciendo.

Decía mi abuela, “cuando tú hablas con dios, tú le pides que pasen cosas y lo único que tendrías que hacer es saber que lo que va a pasar ahora es lo que tiene que pasar y yo estoy bien con eso”, como colocarte en el lugar y dejar que suceda la vida, eso es fe.

Entonces eso es muy difícil porque uno siempre está deseando, uno va y reza por ejemplo que Eric Bana me ame, y si no te ama entonces “ah, es que dios no me escucha, las cosas no están pasando como deben de ser, pero yo tengo mucha fe y sé que me va a amar”, eso no es tener fe, eso es desear algo y pedirlo. Entender que lo que te pasa es lo mejor.

ÓA. Está cercano a la conformidad.

GL. No sé si a la conformidad, todas las palabras tienen dobles filos. Siempre parece que uno debe de estar peleando contra las cosas para no parecer un cobarde. Me parece que abrir las manos, dejar que la vida pase no es conformarte, es ser lo más coherente.

Todas las discusiones que hay sobre la fe y la razón, la entrega absoluta al destino —que no es el mismo destino de los griegos— parecen muy conformistas, ahí están de nuevo el dolor y el sufrimiento, supongo que si te están rompiendo la cara y estás sufriendo y piensas “creo que esto es lo que dios quería para mí y es lo mejor que me pudo pasar” no es la idea correcta. “Acepto lo que me pasa”, quiero pensar que no es que me peguen en la cara lo mejor que me puede pasar. Quiere decir que cuando dejas de resistirte, cuando dejas de sufrir por un deseo que no puedes colmar, dejar de aferrarte a que algo suceda como crees que debe de suceder y ver lo inmediato.

ÓA. Dentro de tus novelas el amor es autodestructivo para tus personajes.

GL. Sí, en mis novelas el amor es autodestructivo y es muy absurdo. Gabriela —de Mar de la memoria— puede decidir quedarse a vivir con el hombre que está en Montreal, Alejandro, y tener una vida como la que hablábamos sobre la fe: esto me corresponde vivir porque estoy bien, pero cuando piensas en que estás bien te preguntas “¿bien, cómo?, ¿estoy bien porque no me pasa nada malo?, ¿eso es estar bien?”, eso es un conflicto. Entonces Gabriela elige a Nelson, con quien no sabemos si va a pasar algo con él pero es un riesgo.

La única defensa a esos personajes es que lo que ellos quieren es sentirse vivos. Puedes estar en una situación muy cómoda, con muchas cosas resueltas con alguien que te ama, te protege, te consecuente, pero no sentirte vivo, y puedes estar con otra persona que aparentemente te destruye pero tú te sientes absoluto con el cuerpo: absoluto con tu cuerpo, vivo con el cuerpo. Ahí sí existe la palabra “conformidad”, puedes conformarte con el bien, con lo bueno, o puedes ir a buscar lo que no es bueno pero te hace sentir vivo. Mis personajes, en ese sentido, están muy vivas, eligen sentirse vivas a pesar de que van a sufrir o a ser rechazadas.

Gabriela sabe que puede ser rechazada, no hay nada que le indique que no. Ella tiene fantasías acumuladas, ni siquiera podemos saber si es real el amor que tiene por el hombre con el que está —o por cualquiera de los hombres— no importa si es real o no, sino la idea que ella se cuenta y el ideal que persigue, no sólo de él sino de ella misma con él, la historia de amor que ella debe de tener. Supongo que va tras eso y no del dolor, porque podría estar más loca. Creo que eso hacemos todos, pasamos por alto muchas cosas, te vuelves un héroe —aunque quizá no sea la palabra correcta— y estás dispuesto a sufrir… ¡Aunque no piensas que vas a sufrir! Ese no es el objetivo, sino la historia que te imaginaste que podrías tener con alguien.

ÓA. ¿Qué es más violento, el silencio o la acumulación exagerada de palabras?

GL. A mí me parece más violento el silencio, es la contención de las palabras que están chocando unas contra otras y son incapaces de salir. En Hombre de poca fe, Alfonsina no puede hablar y todo su discurso es a partir del silencio y sin embargo habla demasiado, tiene muchas cosas que decirse a sí misma. Los otros juegan un papel importante pero en realidad no existen, está ella sola en silencio, nadie va a saber nada y ella tiene un terremoto de recuerdos. Están juntos el silencio y las palabras.

En Mar de la memoria, es lo mismo, ella empieza deseando la vida y pasa el incidente con la madre y ella guarda silencio, no de manera rotunda pero pasan muchos años para que ella vuelva a desear algo, que existe: que ella está viva. Todo el tiempo están jugando entre las palabras y la imposibilidad de decir y de nombrar.

ÓA. ¿Qué tan difícil es para una mujer escribir en México?

GL. No es difícil. No sé cómo explicarlo, lo he pensado mucho, lo que uno tiene que hacer es hacerlo y luego sucede: publicas aquí o allá y en revistas. Lo que sí creo es que hay un rollo entre los escritores en donde creen que los hombres escriben lo correcto, que las mujeres estamos intentando decir cosas, sin tomar posturas sociales o políticas muy claras, y me parece que no.

No he leído a muchas escritoras contemporáneas, pero Nadia Villafuerte hace una crítica social, también tiene un rollo muy emocional. Orfa Alarcón… Las mujeres estamos ahí escribiendo, pero me parece que aunque no es difícil hacerlo, no es difícil entrar una vez que ya trabajaste demasiado a ganar becas, estar en encuentros. Hay marginación. No es una idea feminista pero creo que hay más hombres que escriben y que se posicionan. Nunca he sentido que tenga menos posibilidades, pero creo que sí hay una idea en el aire de que los hombres son los que están escribiendo.

ÓA. ¿Y una automarginación? Te lo pregunto porque hay ocasiones en las que se organizan eventos en donde aparece “la mesa de mujeres cronistas”.

GL. Entiendo. Es como ponerte en un lugar y otro: las mujeres que escriben, los hombres que escriben. Los escritores y las escritoras es hacer una distinción, todos somos escritores y ya. Supongo que sí podría ser automarginación, y es por la idea de que todo el tiempo debes de estar defendiendo un lugar, porque crees que no lo tienes, entonces no he participado mucho en eventos como “la mesa de narradoras” porque no me fijo si son escritores o escritoras. No sé cómo se vayan posicionando… No pienso mucho en eso, pero a veces siento que están más encendidos los escritores que las escritoras pero hay mucha producción.

ÓA. Por ejemplo el encuentro que organiza Elma Correa en Mexicali, “Tiempo de Literatura”, uno de los encuentros más importantes del extremo norte del país en donde te encuentras grandes escritoras, y en el encuentro no ha ocurrido que “ahora vienen las escritoras”.

GL. Es que eso sería absurdo. Además me parece que eso pasa en la literatura como en la vida en general: las mujeres pueden tener tanto el problema de sentirse aparte que comienzan a hacer grupos… Me parece que el tema debería ser la literatura: lo que estás escribiendo y desde dónde escribes.

Yo tenía a un personaje de una novela que estoy escribiendo, llevaba el texto a un taller y todo mundo me decía que era gay, no pensaba como un hombre. Puedo hablar de un hombre o escribir de un hombre desde la perspectiva de una mujer —creo que es un ejercicio que tengo que hacer— pero creo que las mujeres sí escribimos sobre ciertas cosas, no es que quiera marcar una diferencia pero somos distintos. Eso es en cuanto a lo que escribimos, en cuanto a lo otro: estamos ahí. Hay muchas chicas: Fernanda Melchor, Iris García, Mónica Lavín, Ana Clavel. No sé si cuesta más trabajo, yo creo que no, cuesta igual. Lo que hay que hacer es escribir y lo otro dejarlo a los críticos. Y no hay mujeres que hagan crítica literaria.

Por ejemplo en las redes sociales, si se comenta un tema, regularmente están siempre comentando los hombres, las mujeres no aparecen tanto —al menos a las que yo sigo— y cuando hay una aparición de una mujer es más poética. No sé si eso implique que se vean más unos que otros, y tampoco sé si eso sea importante, al final los libros están ahí de chicos y chicas. A mí no se me ha hecho difícil, no creo que más que a ti.

ÓA. Aunque ya ahondamos en esto, ¿qué es el amor?

GL. No sé… Esa pregunta es muy difícil. ¡Rigo es amor! No sé, pero en mis dos libros hay una influencia de Platón, en Mar de la memoria aparece Fedro y dice que el amor es recordar el absoluto que alguna vez viviste cuando vivías en el mundo de las ideas: contemplamos los absolutos y en la orilla a la que somos llevados por el caballo negro que se desboca por las pasiones, caemos a la Tierra en un cuerpo. Entonces cuando estás en la Tierra y ves a alguien del que te enamoras es porque te recuerda un absoluto, me gustaría pensar que eso es el amor: recordar el absoluto que alguna vez vivimos.

Aunque podría rayar en lo cursi, me gustaría pensar que lo que siempre intentamos es lo absoluto, que cada vez que intentamos amar o estar con alguien es pensar en algo que ya contemplamos, como la reminiscencia, porque estamos recordando algo que ya tuvimos, jugar con los tiempos, pensar en lo absoluto sería pensar en el amor, más que en un accidente y que tenga que ver con un recuerdo de algo grande.

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Gilma Luque (Ciudad de México, 1977). Narradora. Autora de las novelas: Hombre de Poca Fe (Random House Mondadori, 2010); Mar de la memoria (Ediciones B, 2013); Los días de Ema (Ediciones B, 2016) y Obra negra (Almadía, 2017).

*Entrevista tomada del libro Veintitrés y uno (charlas con 23 escritoras) , del periodista y escritor Óscar Alarcón, (ed Nitro Press, 2018).

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