El querubín de mi abuela

Ronel González Sánchez

                                         Jorobita jorobita, lo que se da no se quita.

                                                                                    Nikita Jrushov

¡Los niños son un amor!
siempre decía mi abuela,
pero apartaba la vela
y escondía el encendedor.
¡Nada supera el candor
que posee una criatura!
Argumentaba segura,
aunque yo, su “nietecillo”,
le hubiera puesto el tobillo
como una fruta madura.

Hay niños que dan trabajo,
pero mi nieto es di-vi-no
declaraba ante el vecino
que asentía, cabizbajo.
Mientras tanto yo, debajo
de la mesa, sonreía
porque abuela no sabía
que su amado mozalbete
había encendido un cohete
en una olla vacía.

 Mi nieto es un querubín
decía y disimulaba
el dolor que le causaba
ver destrozado el jardín.
¿Dónde está mi chiquitín
travieso, el néne inventor?
Inquiría con fervor
y tolerancia prolija
si hallaba una lagartija
en el refrigerador.

Una vez se me ocurrió
decirle a mi hermana Vera
que ella en realidad no era
mi hermana, y Vera partió.
Después abuela notó
la ausencia y pidió un informe.
Yo le improvisé una enorme
lista ficticia y nefasta
y abuela dijo: ¡Me basta!
¡Tu hermana es muy inconforme!

Yo recuerdo la ocasión,
cuando abrí la puerta a Cuco,
sin decirle que Trabuco
más que perro era un león.
El viejo como un avión
voló por el vecindario,
y abuela explicó a Rosario,
la esposa del zeppelín:
¡Cuco comprendió, por fin,
que correr es necesario!.

A la vecina de atrás,
mujer ladina y chismosa,
juré haber visto “una cosa
peluda”… y no sé qué más.
Era un fantasma quizás
porque de blanco vestía.
Mentí, y cuando parecía
que le iba a dar un desmayo
abuela dijo: Me callo,
pero yo oí que reía.

Un día le amarré al gato
una matraca en la cola
y abuela, que estaba sola,
se puso a temblar un rato.
Este mundo es muy ingrato
dijo, con indignación.
¡Mientras mayor atención
le dedico a este animal,
por su inquietud musical
ya no caza ni un ratón!»

En otra oportunidad
cavé una trampa en la ruta
que seguía Restituta
para ir a la ciudad.
Pero la casualidad
hizo que cayera abuelo.
Y abuela le dijo: Cielo,
¡con tanta tierra barata
y tú metiendo la pata
justo donde falta el suelo!

Otra vez “tomé prestado”
de un cofre añoso y secreto
un trozo de nylon prieto
que abuela tenía guardado.
Y cuando fui, disfrazado,
a asustar a abuelo, poco
faltó para que el sofoco
se tornara patatús.
Y abuela gritó: ¡Jesús,
ahora si el viejo está loco!

Una noche de visita
llegó a mi casa Enriqueta,
una dama de etiqueta,
estirada y troglodita.
Le había pedido una cita
a mi abuela, con misterio.
y dijo: es algo muy serio
que necesito “argüir”,
antes de que quieras ir
a servirme un refrigerio.

Abuela frunció una ceja
y miró hacia la pared.
¡Es que tengo mucha sed!
sentenció, rauda, la vieja.
Yo le acerqué una bandeja
que mi abuelo preparó,
y la dama “liquidó”
seis galletas, un pastel,
cuatro empanadas con miel…
y, al final, se relamió.

Pero como le esparcí,
en el café, ají picante,
la susodicha al instante
se fue corriendo de allí.
¡Han abusado de mí!
escuchamos que rugía,
y abuela, implacable y fría,
cerró con una promesa:
¡Yo juro que si regresa
le llamo a la policía!

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