El poeta que mira lo que no quisiera

José Manuel Recillas

Por José Noé Mercado

Lo primero que puede vislumbrarse al leer Atrévete a mirar, tú, que no quieres, el  poemario de José Manuel Recillas (Ciudad de México, 1964) es la arquitectura cultural que construye su autor para luego situar su palabra. Desde esa imperiosa guarida de certezas históricas, humanas e, incluso, cosmogónicas, escribe.

Esta publicación, que recibió Mención Honorífica en el Premio Internacional de Poesía Gilberto Owen Estrada 2016 —jurado compuesto por Mohsen Emadi de Irán, Antonio Gamoneda, Joan Manresa y Rafael Saravia de España, Francoise Roy de Canadá y Subhro Bandopadhyay de India—, apareció bajo el sello de la Universidad Autónoma del Estado de México y está compuesta por “Canción de amor y muerte y despedida de Lillian van den Broeck. Libro Sexto”; “Mahler”; “Eurípides en su último día”; “Aún es 13 de agosto de 1521”; “Última Thule” y “El desahuciado sol de los mortales”.

La conciencia cultural de Recillas perpetra una obra que bien puede dialogar con sus referentes, pero va mucho más allá de la interpelación o la mera cita referencial, bien del mito clásico, ya del personaje célebre. Porque lo que en realidad hace el poeta es resignificar el orden de los hechos, de los episodios culturales que le sirven para su discurso artístico. Barajea los tiempos y obtiene una constante humana en la que el pasado atañe al presente y, más elocuente aún, el destino encaja en acciones pretéritas.

Una poesía de esa estirpe difuminaría su fuerza, vitalidad y significación si no se alza en medio de ese marco humanístico que labra un ensayista, traductor y crítico —“criticastro” le han llamado mentes acaso bienintencionadas pero cándidas o estrechas por ceguera moral ante lo que grita entrelíneas la civilización, la naturaleza humana, el mandarín idolatrado, el poder en práctica— como José Manuel Recillas a lo largo de su trayectoria profesional.

Su contacto con diversas artes y, en última instancia, el tipo de acercamiento a su mundo vital —que atraviesa los tiempos y no sólo consta del presente inmediato—, es objeto de una problematización sistemática que sirve como materia prima y busca el verso expresivo no sólo a través de la técnica de la que brotan endecasílabos perfectos o dobles con sencilla fecundidad, sino de diversos registros que van de la vaga melancolía al sentimentalismo romántico; a la necesidad de redención femenina del trágico; o a la encendida épica que luego se desvanece para dejar paso a la cotidianeidad insatisfecha en la que vive el lector.

El poeta Recillas no se conforma con el cinismo. Languidece frente a una patria pisoteada y se pregunta por el amor, por la justicia, por la sangre derramada. Mi nombre es “fosa”, “espectro”, “derramada sangre que nos condena”, “tiempo atroz de los cadáveres que no perdonan”, “amargo triunfo de la democracia”.

La extrañeza es su pasaporte a un mundo conocido, pero que se mantiene ajeno, distante de todo posible ideal que parecería entrañar el corazón del poeta. Entre la piel femenina de una mujer que es todas las mujeres busca el consuelo de la batalla de la existencia; ahí, buscará el olvido de ser olvidado y de olvidar, de desfigurarse en el tiempo. Cuando un día me toque hablar de ti, defenderé tu nombre de mí mismo

Recillas no parece buscar la palabra, sino cantar con las que ha encontrado. No se enreda en la búsqueda sonora, o en el virtuosismo sin significado o belcantista, a veces tan presente en la música de la que se alimenta como autor, ya que aún cuando sabe de esa ornamentación prodiga pero quebradiza de las artes, recurre a ella piadosamente para creer que también es una tabla de salvación para el hombre que busca la apacibilidad de la conciencia. ¿Qué eternidad la noche lleva y puebla / en la que solos quedan unos y sabiendo que el destino/ es no llegar a la otra orilla en canto/ sino sólo en agudo despertar y estar y ser y amar?

José Manuel Recillas escribe y lucha. Brinda batallas a nombre de ese amor, de esa ética y esa justicia que nadie describió, triunfante en la miseria de los palacios, de las miradas de los vencedores, incapaces de empatía alguna. Lo hace aunque quizás sólo al lector le importe. O a él mismo. Y sé que tanto sacrificio y tanta sangre, como antaño/ en vano es/ pues nadie arriba, sea un dios, o príncipe alguno/ ve el amor ni le interesa. Se atreve a mirar, lo que no quisiera.

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