*El Personal: 30 años de no hallarse

Hugo García Michel

En un medio tan solemne y autocomplaciente como el del rock que se hace en nuestro país, el sentido del humor, la ironía, el sarcasmo fino son cuestiones seriamente excepcionales. Salvo Botellita de Jerez (en su primera época), Naftalina y El Palomazo Informativo, no hay a la vista más que un grupo en la historia cuyas canciones respondan a formas y contenidos en verdad humorísticos (una cosa es hacer humor y otra es hacer payasadas) y ese grupo es el desaparecido —trágicamente, vaya paradoja— El Personal.

Julio Haro, cerebro satírico y corazón creador de esta agrupación surgida durante los años ochenta en la ciudad de Guadalajara, fue uno de esos muy escasos genios que ha dado el rock nacional. Sus letras, cargadas de un humor oscuramente blanco (o límpidamente negro), jamás han sido igualadas por compositor alguno. Cronista de gracia contundente, poseedor de un manejo del lenguaje capaz de jugar con las palabras con un ingenio que asombra por su aparente sencillez, el también cantante nacido en Sonora y fallecido en la capital de Jalisco consiguió escribir un puñado de canciones únicas, inigualables, al mismo tiempo tiernas y provocadoras, sonrientes y ácidas, ingenuas y agridulces, verdaderos clásicos dentro de una escena —la del rock hecho en México— dominada por músicos y seudo músicos con eternas (y fallidas) ambiciones de rockstars.

No me hallo (Ediciones Pentagrama, 1988), el único disco de El Personal con su formación original (Julio Haro, Andrés Haro –no había parentesco alguno entre ambos, por cierto–, Alfredo Sánchez, Oscar Ortiz y Pedro Fernández), es una obra maestra del desenfado, el sano cinismo y el más desatado humor. Musicalmente basado en el reggae, es sin embargo y a final de cuentas un disco de rock.

El álbum de escasos ocho cortes empieza con la divertidísima “¡Niño déjese ahí!”, misma que desde la chistosa y aguda voz introductoria muestra las intenciones jocosamente críticas del plato. A ritmo jamaiquino, con un bajo que marca un beat delicioso, la letra no tiene desperdicio en su burla de la mojigatería y la mochería: “Niño, déjese ahí / que no vas a crecer sano / que te vas a quedar enano / que te van a salir muchos pelo s/ en la palma de la mano”.

“No te hagas” es un cachondo rocanrolito con tintes de foxtrot a la Tin Tan y con su solode kasú incluido. Se trata de una canción de amor gay realmente maravillosa: “No te hagas que a ti te está pasando lo mismo que a mí / No te hagas que a ti también te gusta estar junto a mí / Cuando me miras / Cuando te acercas / Cuando sonríes, amor / es más fácil de sentir”.

La famosa “Dale de comer al conejito” es una especie de son jarocho construido a base de décimas, francamente delicioso en su mood alburero: “Yo no quiero ser tu padre / Yo no quiero ser tu madre / Yo no quiero ser pariente / ni siquiera un buen amigo / Yo lo que quiero contigo / es asunto muy aparte / es a picarte el ombligo / a lo que aspiro yo tanto / y por eso yo te canto / para ver si lo consigo”. Poesía pura.

La segunda parte del álbum comienza con la que a mi modo de ver es la mejor de las ocho piezas: “La tapatía”. La letra trata de todo un periplo por el centro de la capital de Jalisco y es un sardónico homenaje a esa ciudad. “En Guadalajara fue donde yo me enamoré”, canta Julio Haro para empezar el recorrido por la central camionera, el mercado de San Juan, la plaza central, el Hospicio Cabañas, la Catedral, la avenida Juárez, el cine Variedades. Es un tema la mar de entretenido, con partes como “La conocí en la catedral / comiendo un birote descomunal” o “La agarré de la cintura / y le dije con dulzura / ‘Deme un besito siquiera / ándele no sea ranchera’” o “Le compré un par de huaraches / pa que brincara los baches / un collar de tejocotes/ que hacía juego a sus ojotes” o “Vimos bicis, vimos motos / y en la calle muchos jotos” y la estrofa final que me permito reproducir completa: “La llevé a unos antojitos / le brillaron los ojitos / se comió cuatro tostadas / ocho sopes, un pozole / tres tamales con atole / y diez ‘Estrellitas’ heladas / allá fue donde me dijo: / ‘¿Sabes qué quisiera mijo? / Que antes de que yo me vaya / cómprame una jericalla”. Una maravilla.

El disco termina con tres cortes igualmente buenos y memorables. Desde ese himno a la falta de identidad y de sentido de la vida que es la homónima “No me hallo” y ese antihimno en reggae que es “Nosotros somos los marranos”, cuya letra hace mofa de manera espléndida de todos aquellos que para lavar su conciencia se hacen pasar por ecologistas, hasta el tema final, el broche de oro, intitulado, precisamente, “Broche de oro”, otra canción un tanto dura y con un humor más bien amargo, en la que quizá se pueda leer entre líneas que Julio Haro ya sabía que estaba infectado del VIH (“En tu cuerpo encontré la felicidad / me prendí de tu cintura / hasta que me pasaste la factura”).

No me hallo es uno de los mejores discos en la historia del rock hecho en México. Es una lástima que El Personal y dos de sus integrantes (Julio Haro y Pedro Fernández) hayan sido arrastrados por la tragedia del SIDA y que su trayecto artístico haya quedado trunco.

*Tomado de Nexos

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