El periodismo de la crisis o la crisis del periodismo

 

Vladimir González Roblero

 

Uno

La pandemia es sin duda una crisis. Ha mostrado los límites del capitalismo. Ha tomado desprevenido a un sistema de Salud como el de México, desatendido deliberadamente por años, aunado a una política privatizadora que ha transferido al Mercado la responsabilidad del Estado, no sólo en materia de Salud, sino en Educación, Vivienda, Cultura y un largo etcétera. El resultado es un sistema público (en todos los sentidos anteriores) desbaratado, incapaz de atender satisfactoriamente este largo Confinamiento.

En esa crisis se halla el periodismo. También ha mostrado sus límites: han convertido a la pandemia en un espacio de disputa política, sin respeto por las audiencias, bajo una lógica de mercado.

 

Dos

Vivimos en la era de lo post. Uno de los valores de la Modernidad se fincó en la idea de verdad articulada al conocimiento científico. De ese mismo ánimo ha participado el periodismo, también producto de dicha Modernidad.

Pero ahora este valor se ha tergiversado en posverdad, en ese artilugio que privilegia la producción de sentido, cualquiera que sea, por encima de la realidad. El descaro de este fenómeno es la difusión de noticias falsas. Se ha convertido en un arte según el sentido común de lo artístico, es decir, en algo tan bien hecho, una mímesis o poises que aparenta ser real.

Difundir noticias falsas en una práctica común que se ha acentuado durante el confinamiento. Lo hacen los ciudadanos de a pie desde sus redes sociales virtuales, y también los periodistas formados profesionalmente y reconocidos como tal. Muchos de ellos tienen una agenda política, y desde ella mienten deliberadamente, presentan cifras y comparaciones engañosas respecto a enfermos y decesos, quizá atendiendo a que la gente ya no lee periódicos ni hace click en las notas, y cree estar enterada a tuitazos o con los meros encabezados.

 

Tres

Hace años, antes de las redes sociales virtuales, comenzó a hablarse de periodismo ciudadano. Consistía en abrir espacios para que la gente se expresara en la prensa, como cartas al editor, o bien invitaciones a escribir en una sección fija.

Con el surgimiento de las redes esta posibilidad se potenció. Si pensamos en la definición común de periodismo como aquella actividad que consiste en recolectar y compartir información de interés público, cualquiera de nosotros con acceso regular a internet y un dispositivo móvil lo puede hacer. Y así ha sucedido.

Sin embargo, hemos visto cómo los influencers, youtubers, tuiteros, facebukeros e instagrameros son sedicentes periodistas ciudadanos. Se hallan en los márgenes del periodismo institucionalizado y se venden como su contrapeso.

Pero, vamos, han pervertido el sentido del periodismo ciudadano. Durante la pandemia también han tomado sus posiciones. Por un lado, aquellos racistas, clasistas que han hecho del Covid un espacio de disputa política usando el chiste fácil como herramienta. Por otro, quienes llegan a las conferencias matutinas del presidente, personajes cómicos que alaban sus políticas públicas y defienden sus frases desafortunadas.

 

Cuatro

Le debemos a Antonio Gramsci la idea de intelectuales orgánicos. La usó para referirse a las élites culturales que participan en el diseño y ejecución de políticas públicas, es decir, las propias de un régimen. En estos tiempos se habla de intelectuales orgánicos para referirse a aquellos que defienden lo que Andrés Manuel López Obrador ha llamado “periodo neoliberal”. Sin embargo, en la idea gramsciana, la organicidad intelectual se halla en quienes ahora se suman al poder político; los anteriores, en todo caso, son reaccionarios.

Pues bien, por extensión también los periodistas son intelectuales orgánicos. Algunos de ellos han comenzado a ocupar los medios de comunicación estatales y se hallan en el extremo de quienes han dejado de percibir publicidad gubernamental. Un grupo de estos periodistas son los moneros. Es bien sabido que la caricatura política ha jugado un papel importante en la crítica al poder. Ahora lo defienden. Desde ahí, como los reaccionarios, delinean una estrategia política respecto a la pandemia. Probablemente, en tanto, producción de sentido, su práctica se articula a la idea de posverdad. Importa más la simpatía obradorista que el largo confinamiento.

 

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