El paisaje que es el cuerpo

En este despertar encuentro luego esa mirada profunda que lo abarca todo, la ciudad entera, la urbe donde hemos ido dejando nuestros nombres. Los nombres que pronunciamos a diario con el deseo de no dejarlos morir.

L. Carlos Sánchez

¿Es la desolación un proyecto? ¿La vida nos forma desde el azar? ¿Para qué sirven las tristezas? ¿En qué rincón de nuestro cuerpo permanecen las alegrías?

¿Qué elementos interiores nos hacen interpretar euforia o desazón? Miro el naranja casi rojo y me vuelco a la puesta de sol de aquellos días de tirar papalotes en el picacho, con el Alán y el Coché de compañía. Los mejores pájaros bajo el control de nuestras emociones. Las manos conduciendo el tiempo.

Contemplo ese cuerpo que me cuenta estética y compromiso. La búsqueda implacable del lenguaje que contiene el torrente sanguíneo. Lo que busca ella y encuentro yo. La montaña que se dibuja paraíso, a lo lejos, inalcanzable porque los años me la arrebataron. Será mejor no volver, como al Comala ese que describe un escritor que es Juan.

La provocación de los elementos que contienen esta obra (de cuya existencia las protagonistas son Kenia Noriega y Clotilde López), me excitan al recuerdo de un páramo donde fui feliz.

Hay una silla que pareciera fuera de lugar. Pero entiendo o interpreto que permanece en el sitio por si acaso se nos ocurriera claudicar. La silla generosa bajo dos soles que acompañan quizá el viaje a la desilusión. Porque lo digo yo, porque lo vivo yo, porque lo siento dentro.

¿Qué me han de contar los colores sino esta inmensa nostalgia de primavera, la brusquedad del cambio climático donde dos colibríes juegan a despertarme de los sueños?

En este despertar encuentro luego esa mirada profunda que lo abarca todo, la ciudad entera, la urbe donde hemos ido dejando nuestros nombres. Los nombres que pronunciamos a diario con el deseo de no dejarlos morir.

Qué bien que retrata la dualidad de la existencia esta propuesta plástica donde el cuerpo es el actor principal. Cuántas cosas nos dice la honestidad y la búsqueda de quienes construyen. Acaso un llamado a la auscultación interior, desde los oídos y el tacto. Porque los colores tienen timbres que nos encienden las habitaciones del pecho cuando la penumbra cruel nos abraza sin piedad.

Se siente lindo mirar la alegría en el pelo que vuela, el arco de los brazos rubricando vida.

Hay un jinete que cabalga sin mirar el camino, mientras una madre a ciegas reza por los pasos de su hijo ausente. La muerte acontece de súbito, como una granada que se desgrana en el viento.

Contemplar es volver a los días de hundirnos en la laguna, ese país de agua nuestro que la modernidad nos arrebató. A lo lejos el cerro que paría plomos en la cuna de nuestras resorteras, y ya en corto, con la tierra en los pies, inevitable es sentir el páramo que trajo pelotas y guantes, el hit y la seña para el robo de base.

Las locaciones que tienen memoria, el recuento de los días, el golpe brusco de realidad, de cuando ir a la sauceda representaba divertimento, la búsqueda de alegría y no la búsqueda de los nombres cuya ausencia nos impiden la respiración.

One Response to El paisaje que es el cuerpo

Deja un comentario