El móvil del crimen (Dramaturgia), de Carlos Sánchez

Oralidad  y escritura se dan la mano en una literatura testimonial de humor ácido y cruel

Ramón I. Martínez

Supe que fue él quien nos delató,

porque ese día me miró distinto.

Chuy Araujo

Con este par de significativos versos abre su más reciente libro de dramaturgia Carlos Sánchez (Hermosillo, 1970), El móvil del crimen, un conjunto de ocho breves y brevísimas piezas donde crímenes y complicidades se dan la mano, en un magnífico despliegue de recursos escriturales que apunta a la construcción de personajes entrañables en relación dialéctica son los motivos del crimen (o crímenes) en cuestión en cada una de las piezas, en trazos ágiles y eficaces que en dos o tres pinceladas nos hace el sugerente retrato de variados personajes del submundo del hampa y de la prisión.

Oralidad  y escritura se dan la mano en una literatura testimonial de humor ácido y cruel, llena de ironías existenciales. Veamos un fragmento de “Carraca”, la pieza que abre el volumen. Es de mañana y en una celda dialogan el Chinola, el Chicano y el Cochi. Este último les dice:

A ratos no aguanto el dolor. Le dije al comandante que no era circo, que la neta es que me está llevando la verga, el muy puto se tumba la barra con que no hay doctores, que no hay personal para llevarme al hospital. Les digo que se me están hinchando los huevos y los cabrones sueltan una carcajada, dicen que eso me pasa por andar cogiendo jotos (saca de entre las bolsas de su pantalón un pedazo de espejo). Con esta madre me voy a charrasquear, me voy a hacer una cortada machín para ver si así me hacen caso. (p.7-8)

La deshumanización a que someten los guardias a los presos y los presos entre sí es una constante en las relaciones entre estos personajes sórdidos. Sin embargo, la deshumanización no es completa, es sólo aparente, pues, como nos dice el Dr. Gerardo Bustamante Bermúdez en la contraportada: “Estas obras muestran que la violencia y la ternura coexisten en los individuos porque esa es la verdadera condición humana.”

La maestría en el trazado de los diálogos es aguda, en una economía verbal donde nada está de más ni de menos. Así nos lleva por un recorrido por el homoerotismo, incluso el amor, el feminicidio, el afecto a la madre, el tráfico de diversos enseres en prisión y en casa, incluso drogas, la amistad, el amor fraterno. Los odios y los afectos se entrecruzan y no dejan de lado enriquecedores monólogos que lindan con el alucine.

El dolor es una constante, mas no el sufrimiento. Carlos Sánchez, en su dramaturgia como en su narrativa, nos lleva a pensar en las palabras de Oscar Wilde en su “Balada de la cárcel de Reading”: “El hombre termina por asesinar lo que ama”.

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