El fantasma invisible de la muerte  

Luis Álvarez Beltrán

La muerte es un fantasma invisible. Siempre lo ha sido; siempre ha estado entre nosotros.

La muerte es un fantasma invisible. Siempre lo ha sido; siempre ha estado entre nosotros. Es como un ente que recorre los mares por el viento y llega como turista a los pueblos de la costa llevándose a un anciano o a un niño o a una señora hipertensa. La muerte es ese halo imperceptible que cabalga en el brazo del tirano que masacra aldeas junto a sus esbirros oscuros. La muerte es ese gradiente transparente de la vida que en forma de hambruna arrasa tribus, villas y poblados en África y en el Asia Menor hace veinticinco años y doscientos cincuenta años y hace dos mil quinientos años. Es el ave de aleteos inaudibles que circunda asaltos, borracheras, carreras de velocidad, juegos amatorios infieles y oficios de narcomenudeo y secuestro. La muerte a cuentagotas de las enfermedades crónico degenerativas que programa visitas a casas y hospitales de una forma cada vez más frecuente y cultural. En Estados Unidos han declarado que la pornografía es un problema de salud pública a la que la muerte sonríe socarrona porque las enfermedades venéreas, los suicidios y las sobredosis forman parte de su catálogo consuetudinario. La muerte desde su fantasmal presencia tiene suscripciones en todas las modalidades de perversión humana. En Estados Unidos han declarado como un problema de salud pública la adicción a los derivados del opio (opioides); la muerte es la cheerleader número uno de los farmacodependientes y al final es la fiscal exclusiva de sus derroteros. Acá no, acá en México rifamos los gordos, más correctamente los obesos, los diabéticos, los hipertensos, los alcohólicos disimulados de su propia afección, los tabaquistas y los desequilibrados del colesterol… también los dados al conflicto, a los golpes, la violencia de género y los delitos del fuero común. Nosotros somos una plaga del delito del fuero común. Y la muerte, manos en la cintura, recoge los despojos o restos tanto de ajustes de cuentas como de feminicidios en una realidad vergonzante donde nuestro país como sistema social en lugar de corregirse se retroalimenta de su propia basura: impunidad: injusticia.

La muerte es el fantasma invisible que en los tiempos de guerra se convierte en legión. Y la guerra es un elemento inherente de las civilizaciones, Siria, Yemen, Sudán del Sur, Nigeria, Turquía, de por siempre los kurdos; guerras civiles o transfronterizas hacen cabalgar a los jinetes Apocalipsis en ensayos locales y regionalistas que anticipan ese mito judío del proceso final. La muerte se pasea por las lunas de octubre y en los crepúsculos otoñales frescos y melancólicos de las hojas caídas en espera paciente de los inviernos crudos, hórridos, para cobrar factura en la temporada alta de influenza y neumonía. A veces el fantasma invisible de la muerte parece una jauría de perros infestados de rabia atacando a diestra y a siniestra enfermos, niños, mujeres, ancianos y hombres de toda edad. A veces la muerte, a razón de no se sabe qué, pasa como una maldición causando o usufructuando el proceder insensato humano de sus fanatismos: carros bomba, ataques en mezquitas, genocidios, aviones contra los edificios, holocaustos, incendios, terremotos, catástrofes, las lluvias monsónicas, y qué más decir y no decir… la muerte el fantasma invisible que nos acompaña como la respiración inadvertida, como el paso cansino de una ruta ciega que no sabemos o no somos conscientes que andamos hacia un atardecer y un ocaso nuestros del todo impersonal. Ingenuo, descreído.

La muerte, como todo lo etéreo, lo estético o lo polifacético, es un elemento poético lo mismo que la luna, el mar, el aire, la soledad, la noche, el viento, el lenguaje, el sexo, la anatomía femenina, el verbo, la palabra, el silencio, la vida, el amor y los lagos secos o llenos de agua. La muerte inmarcesible y maleable cobra en la poesía su dimensión transversal de espíritu y presencia, de símbolo y anécdota, de cuento, de novela y de obra de teatro. De crónica y de testimonio. Muerte sin finNostalgia de la muerteDuelo… de todos los poetas musa ocasional y de todos los narradores asidero infaltable.  Los ahogados no saben flotar y Tardarás un rato en morir cuenta el mejor narrador sonorense del siglo XXI Imanol Caneyada, mucho antes de su ahora celebres 49 cruces blancas. El libro de crónicas de Carlos Sánchez, Matar, epítome de su obra literaria, y la muerte como el fantasma invisible que se lee en la literatura del México moderno desde la primera página hasta la última. Así  nos vamos.

Hoy el tema de la muerte como fantasma invisible toma un especial cariz.

La muerte se vino en estampida, en cascada, en plaga, en marea roja.

Una pandemia, a saber no totalmente definida aun en alcances, en naturaleza y en violencia y agresividad últimas. El fantasma invisible de la muerte se multiplicó, se elevó a su propia potencia y se instauró en el mundo como un desesperado que quiere apresurar las cosas o alterarlas. Ya no fue ese fantasma pasivo del que platicamos a la zaga de la reproducción humana de la raza que le lleva ventaja. Si bien la muerte en una visión más budista que cristiana en su tradicional labor arrasa con bosques, con hidrografías, con faunas y floras de todo tipo y hasta con la vida mineral del planeta, hasta hace poco conservaba una política de limpieza de la especie humana más bien indolente e indiferente, como contemplando cómo nos vamos matando unos a otros a un ritmo insuficiente… de unos meses para acá modificó su proceder y se ha decidido a embestir inexplicable e inexplicadamente y se puso su capa de negro antihéroe y aunque sigue sin ser vista, se puede adivinar su paso y puñalada feroz. Es el coronavirus en forma de Covid 19. Eso es. El fantasma invisible de la muerte ha hecho la guerra este año y su arma y ejército, su ataque y su alegato, su lema, su país, se llaman Covid 19.

El rastro del fantasma invisible nos pasa por los lados. Nuestra madre patria vuelve a los pasajes de sus siglos pretéritos, lo mismo que Italia, Inglaterra y Francia que ya registraron en sus libros de siglos las manchas de epidemias atroces cuyo principal signo es la impotencia triste de sus empoderados. La muerte recorre los mismos espacios que dos siglos atrás pero ahora hay agua potable, electricidad, internet y tv cable. Igual al fantasma invisible de la muerte esas cosas más o menos les pelan los dientes.

De qué tamaño es esta atmósfera, esta estación, esta maldición, esta encrucijada en forma de acertijo que la ciencia no puede resolver. No lo sabemos. La muerte nos pasa por un lado. Ahora la muerte no viaja por los aires. No viaja en el invisible y diáfano y etéreo vehículo de su potentado carácter omnipresente de príncipe de la vida humana con fecha de caducidad. No. El fantasma invisible de la muerte ahora viaja en avión, en tren, en autobús, en carro, en nuestras narices, en nuestra garganta, en nuestra piel, la boca, los ojos, las mejillas, las manos. La muerte se ha montado en la mula de carga que somos los humanos. Yo soy el asesino que no sé y no quiero matar y me pongo en las filas de los supermercados y le doy mi muerte más irresponsable a cualquiera que me alcanza con su carrito de mandado, la cajera y el guardia. El señor mira a una chica en ropa de gimnasio, leggins, una princesa salomónica de aparador y le regala su muerte saludándola. Hola, muñeca, qué bonita estás, aquí te doy mi muerte casual de caballero galante y rabo verde.

Repartimos la muerte porque inherente a ellas somos fantasmas invisibles de la muerte. La llevamos al Oxxo y el Oxxo tiene más muertes que productos porque todos vamos al Oxxo, el Mercado Ley ahora es la Ley de la muerte y pronto será la muerte de la Ley… la que se originó ahí.

Somos mexicanos, toreros por herencia, toreamos a la muerte, andamos entre veinte o treinta señoras obesas de la mediana edad que contentas y diligentes hacen sus compras porque no se puede vivir sin comer, no importa que se muera comiendo.

Traigo la muerte conmigo. La reparto cada vez que salgo. Cada vez que no me quedo en casa. En prospección he matado a mejores amigos y lo peor de todo es que ellos son excelentes personas. Nos matamos todos contra todos porque somos mexicanos, toreamos a la muerte, la esquivamos como esquivamos las balas de nuestra mejor película de acción. Somos Rocky Balboa y peleamos contra la pandemia cuerpo a cuerpo, somos Rambo y creemos que nuestro cuerpo es una ametrlladora que aleja a todos los enfermos de coronavirus con la sola arma de una convicción férrea del valemadrismo y de no creer en nada.

Dijo Kipling (o Rilke): El tumulto y el griterío se extinguen, los capitanes y los reyes mueren, sólo queda tu eterno sacrificio, un humilde y contrito corazón. Señor, Dios de las huestes, quédate con nosotros, no sea que olvidemos, no sea que olvidemos. La frase nos lleva a otras edades y a esta edad. Las frases nos habitan lo mismo que todas las vivencias nos habitran. Ahora nos habita la muerte y no sabemos. No nos damos cuenta. No queremos.

Alguien alguna vez me dijo que yo era un hombre tan malo que cuendo me muera nadie me va a ir a ver. Es posible. Es cierto. Ahora es muy posible. Ya está sucediendo ahora incluso con las mejores personas. Con más razón a mí.

Soy portador del fantasma invisible de la muerte. Soy probable portador del fantasma invisible de la muerte. También tú. El problema es que ni siquiera puedo decirte que te cuides. Porque no me haces caso. Quédate en casa, por favor. Es el mejor lugar. Qué más quieres.

En la tele no nos están diciendo por medio del gobierno que tenemos que ir a Jerusalem a recuperar el cuerpo sagrado de Jesús, para lo cual tendríamos que vencer siete ejércitos negros y de hierro. Ni nada parecido. No te me acerques. Escribo a la distancia y desde la enfermedad.

 

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