El desparpajo de Andrea

Foto: Bruno Herley

Poema: Ronel González Sánchez

En el barrio La Marea,
entre Rincón y Pasaje,
desde que llegó el tatuaje
la cosa se ha puesto fea.
Todo empezó cuando Andrea
le mostró un seno a Ramón
donde tenía un dragón
perfectamente tatuado
y Ramón, emocionado,
fue a agarrar la ilustración.

Ramón quedó de una pieza
por el rabioso desdén
y le pareció que un tren
le aplastaba la cabeza.
Pero ella, con sutileza,
la falda se levantó
y Ramón examinó,
prisionero de la duda,
la enorme araña peluda
que la mujer le enseñó.

Eso me lo tatuó Armando
dijo. Y como tú ves, Mongo,
cuando algo fino me pongo
todo se me va marcando.
Problemas me está causando
al igual que este coyote.
dijo y le mostró el mogote
trasero, donde un capricho,
había retratado el bicho
causante del despelote.

Una bestia semejante
yo vi en un filme de horror
y fui a ver al tatuador
para hacérmela al instante.
Luego un corazón sangrante
en un árbol descubrí,
y el otro glúteo ofrecí
para estamparlo conciso,
aunque Armando no me hizo
justo lo que le pedí.

A Mongo le parecía
el corazón una vianda,
pero una sexual demanda
por dentro lo estremecía.
«¡Ay cómo me gustaría
morderte ese corazón!»
Se calentaba Ramón
ante el hinchado manjar
y Andrea volvió a cambiar
el centro de la atención.

También tengo en la cintura
tatuada una mariposa.
dijo ella, aunque otra cosa
semejaba la criatura.
«Eso es la caricatura
de un murciélago demente.»
Pensó Ramón, impaciente,
porque Andrea, desde la falda,
hacia un demonio en la espalda
subía peligrosamente.

Ese tatuaje es un sello
de mi personalidad,
pues en esta vecindad
a todos quita el resuello.
Y ahora vamos para el cuello
donde hay un mono en un gajo.
Terminó con desparpajo
que sonaba paradójico
porque realmente el zoológico
ella lo tenía debajo.

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