El amigo que lee y escribe poemas

El enorme Nacho Mondaca
L. Carlos Sánchez
Tengo un amigo al que escucho cuando toca la guitarra. A veces lee poemas cargados de prosa y me regocijo de su elocuencia.
Un día me contó la anécdota de los barbajanes que preguntan por muchachas de cabelleras abultadas. Carcajeamos de dolor en la panza. Otro día lo sorprendí comprando una paleta de limón que luego puso en las manos de un indigente.
Tengo un amigo desorbitado por la maldita costumbre de acumular libros y páginas inconclusas que él mismo estropea cuando le cansa el desasosiego del lápiz en la mesa. La maldita costumbre de asistir de noche a los demonios que le dictan oraciones.
Mi amigo acostumbra treparse de los recuerdos y de pronto lo encuentro pateando balones de futbol. Y vuela junto a ellos. Otras veces acude diligente a las aulas, puede ser de una secundaria, una preparatoria, quizá de una universidad. Incluso en ese lugar al que añora y se llama frontera.
Pues mi amigo entra bien peinadito a cada uno de los salones, luego habla con entusiasmo y expone los recovecos de la literatura, comparte títulos de libros escritos por sonorenses, los asistentes se emocionan y de puro impulso levantan la mano, hacen preguntas, mi amigo los conduce a la seducción de las palabras.
Hay ocasiones en que este muchacho no se aguanta las ganas y convoca a la raza para que nos reunamos a decir cosas, leer poemas o narraciones, un día puede ser en un espacio de la unison, otro día en una plaza, ante el aleteo de los pichones en nuestras cabezas. Una vez hizo una reunión grandota adentro de un mall, pensamos que nadie acudiría, y oh sorpresa, el mall repleto de lectores. Y se repitió durante años.
Así las cosas con mi amigo el de la guitarra, el de la poesía, el de los cuentos. Ah, un día lo escuché en la radio, mi amigo el famoso, porque sale en la radio y la raza lo aplaude, ese día ¿o era tarde?, no recuerdo bien, le escuché leer un cuento donde luego de tanto emocionarnos y emocionarse, imitó el sonido de un perico: Quiero comer, quiero comer, dijo el perico. Nos reímos durante días. Pinchi perico tragón.
Mi amigo se echó a cuestas eso de la promoción de la lectura, se lo tomó en serio y desde entonces no para, entre el desierto, los valles, la frontera, la sierra, no hay lugar que deje sentido.
Quizá mi amigo ahora anda recorriendo el cielo, los mares, porque hace unos días mi amigo inicio la escritura de su libro eterno.
Mi amigo, a quienes seguimos escuchando a diario, con el viento de su sonrisa serena, en su andar pausado, desde la memoria de esa tarde cuando nos reunimos en su entorno para mirarlo cantar de corrido esa que tanto le gusta: En la arena he dejado mi barca, sonriendo he dicho tu nombre: Ignacio. El Mondaca, el enorme Nacho.

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