Ecos en la larga noche (Reseña del libro Para ti no habrá sol de Carlos Sánchez)

Antes de la mitad de esta novela ya hemos aprendido que en ocasiones la vida es el mar que nos deja exhaustos en la playa, al bajar la marea, como pedazos de concha

Por Manuel Méndez

Cercados por el infortunio de una larga noche, existen en silencio; sobre su sien ese velo eterno sin luna y sin estrellas, con las heridas debajo de la piel, no solo los Yaquis, Mayos, Seris, Tohono, sino cualquier pueblo y cultura original, de cualquier rumbo y en cualquier rincón, los de abajo y los de atrás, del desierto a la selva y a la montaña.

Se duelen a veces sangrando; el exterminio les rasguña las espaldas, y sus raíces se encuentran al aire, como almas engavilladas. Y así nada les ha dolido más que el despojo infame, les arrancaron su tierra y su agua.

Para ti no habrá Sol (Ebetchi’ibo kaa taataria ayune, ed. ioB) es un grito y a la vez, aunque en otro tiempo, promesa de esa larga noche.

Carlos Sánchez escucha de cerca los ecos y lamentos taciturnos del alma y la memoria de un pueblo, y narra una historia que está más cerca de la realidad que de la versión oficial. Sánchez construye sus relatos con los personajes que se encuentran allí, a la mano, en las tardes de pasear por el barrio, en los rituales urbanos y de vez en cuando en aquellos ancestrales que guardan con recelos, reuniones de enramadas y máscaras danzantes. Y de esa realidad, que es la suya, nos presenta los entrañables personajes de su libro: Sewa, Nicanor, y a un puñado de otros a quienes desnuda con la pluma implacable, esa misma pluma que nos hace sentir la caricia impúdica de Sewa, que a su vez va dejando expuestas las atribuladas e irremediablemente infortunios de cada uno de sus personajes. Sus letras calan y nos dejan ver que ningún otro escritor antes estuvo tan cerca de su dolor ni de la historia de un barrio.

Rebotar entre la ciudad y el puerto, así como las incesantes temporadas de pesca en las cuales Nicanor incursiona, evocan la naturaleza semi nómada de las culturas del desierto, pero más al vaivén de las olas en un mar picado.

Antes de la mitad de esta novela ya hemos aprendido que en ocasiones la vida es el mar que nos deja exhaustos en la playa, al bajar la marea, como pedazos de concha.

La matanza, el barrio emblemático en la ciudad de Hermosillo, es madre adoptiva que no es compasiva ni amorosa para nadie, el pueblo Yaqui que encuentra en su lecho un refugio, termina, poco apoco, por descomponerse desde adentro y por las embestidas mortales de quienes acuden ante los desposeídos para quitarles lo que ya no tienen.

La sangre salpica la memoria de los personajes dejando al lector con el impacto y el hedor de una realidad que a veces deseamos olvidar, pero lejos de eso esta realidad no cesa en su persecución.

El autor dice que es una historia que trae en la cabeza desde morro, yo le creo porque hay que tener sensibilidad para percibir ciertos dolores tan profundos, dolores que los adultos, acostumbrados a los velos y las máscaras que usamos comúnmente en las interacciones humanas, no alcanzamos a percibir, ¿qué parte del ser suele sacrificarse por cumplir con el pacto social implícito en toda relación humana?

Para ti no habrá sol: Ebetchi’ibo kaa taataria ayune, la novela escrita por el sonorense, se pasea con cierta desfachatez y señorío en redes sociales y sitios de divulgación literaria, a través de modernos enlaces hacia Amazon; excelentes periodistas culturales la mencionan en entrevistas que le hacen al autor, también hay videos de ellas y de la presentación virtual del este libro en youtube, sin embargo, pocos ejemplares, si es que hay, podrá encontrar en librerías de carne y hueso. Hoy así pinta todo.

Yo le recomiendo que lea esta novela sin la opacidad intelectual de la historia oficialista, de los periódicos y noticieros, los informes y publicaciones rebuscadas de los colegios y organismos centralizados y descentralizados, sacuda de la memoria las explicaciones demasiado planchadas de aquellos personajes que se expresan desde la comodidad de una curul o cualquier otro cargo político, tampoco de lo que se dice en la siempre anémica nota roja.

Dejémonos de cosas, sabemos que han embarrado la realidad con palabras complacientes al poder económico y político y con ello intentaron por demasiado tiempo deformar y tapar lo que aquí se desborda irremediablemente dejando al descubierto las verdades de un pueblo que ha pasado por todo lo indecible, sin embargo, quienes amamos la literatura sabemos que lo indecible es la materia prima de los escritores de verdad, por ello lo indecible no lo es más, al menos para la literatura, la deadeveras, la de Carlos Sánchez. Pásele usted.

Aquí un fragmento de la novela de marras:

Creo que nomás volví al barrio para eso. Para mirarlo desvanecerse una y otra vez, para escucharlo decir los nombres de sus hijos, de su madre, de su esposa, de su padre. Ya el abuelo no pudo ponerse de pie. Envuelto en una manta y acostado en su tarima, lo escuché desvariar una y otra vez. Las frases de sus pecados, el remordimiento. La fuga de la cárcel, el dolor siempre presente desde que tuvo que abandonar su hábitat, a la fuerza, para luego permanecer en cautiverio sin saber a bien cuáles fueron sus delitos. Tula, dame agua. Ve al río por las varas que se nos viene el temporal encima. Tula, acércame a la niña, dile que le traje pitahayas, ven, hazme un atole de péchitas, a ver si ya vienen los matanceros a dejarnos el cuero para las máscaras, y a ver si de paso llegan con las vísceras para hacernos una fiesta de comida, Tula, ¿herviste el agua? Ya déjame en paz, te digo que nada tuve qué ver con esas cosas, no, aquí no, él estuvo más allá, dentro, hasta el claro después del monte, allí donde la ofrenda se hacía al creador. No, qué va, yo no maté a nadie, fueron los diableros, si te vienen a contar de mis malas acciones tú no les creas nada, yo no tengo los poderes que dicen que tengo, al contrario, mis manos solo sirven para curar. Allí donde desciende la cuesta, allí mismo se los llevaron, yo nomás me hice bolita debajo de un torote, me escondí como se esconden las liebres, ya nomás miré que se alejaban tantito y entonces pegué la carrera, si ellos me veían por acá no te lo estaría contando. ¿Cuál tesoro, cuáles monedas? La última vez lo miré a caballo, era de mi primo, pero él se lo adueñaba, los animales eran su vida. Tula, que te estás tardando mucho, mírame las llagas de las manos, ya no las aguanto. Tráete un poco de manteca, pónmela antes que se me agaje la piel. No es cierto lo que dicen, cómo vas a creer, yo no mato ni a un pájaro, todo lo que hago es por el bien de todos. Nunca me fugué, recuperé mi libertad por mi buen comportamiento. ¿Cuáles yerbas alucinantes, cuáles andanzas? Nunca necesité de yerbas para mirar de cerca las constelaciones, mi abuelo me lo enseñó y aprendí a descifrar los caminos que marcan las estrellas. Mi nieta lo puede atestiguar, muchas veces le conté todo lo que sé, a ella se lo dije, para que ustedes lo sepan. No le debemos nada a nadie, ni siquiera el agua que dicen que a ustedes les pertenece y que nosotros les robamos, son infamias. Tula, ¿a dónde dices que fuiste? Ya no hace falta, al río se lo llevaron, la tierra seguirá siendo nuestra, aunque no vivamos en ella. El tiempo se los cobrará, un día las aguas recobrarán su cauce y borrarán lo que por ambición hicieron. Perderán la gloria de la que un día nos despojaron.

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