Donde la tierra se convierte en lodo

Foto: Socorro González

L. Carlos Sánchez

Las palabras en los ojos. Laceran. Cuentan lo mismo. La tragedia del padre que cubre el cuerpo de su hijo. Con una sábana. La matraca vida que se empeña en arrebatar los nombres de la ciudad. Aniquilarlos. Las balas de siempre, las más enfermas de hoy.  Un día pasamos por la vereda de la ilusión. Cargamos la entrañable belleza. La mirada diminuta, el olor superlativo de la piel pequeña. Entregamos todo y un rayo de luz nos convierte en reflector de todas las sombras. Andamos con el juguete en el pensamiento. Habitamos parques, rodamos piedras, lanzamos cuetes. El tronido de la felicidad porque es otoño. Ese día de pronto se convierte en memoria. Las balas construyen ausencias. Vengo a estarme de luto porque puedo, el poeta y su grito alado. El poeta que también es refrendo de la memoria cuando en su nombre se tiende también un vaho banco desde el impulso. Pintaron la estatua que es Bohórquez. Las palabras en las redes, como una maraña que dicta desilusión. Un cuerpo inerte que minutos previos bajaba del callejón de la alegría. Venía de comer un raspado con los amigos. Le dio un salto a la canasta y anotó de media cancha. El último disparo desde su pierna zuda. La carrera adolescente. La mano de la novia, el aullido del perro que nunca más volvió una caricia. Le rasgaron los días, le paralizaron el intestino, leyó tarde el último mensaje en su muro de face. Porque el cuerpo se desprendía. Pudo verlo antes de esa última luz. Decía te espero en la parada del camión. A las seis y diez como siempre. La hora del crepúsculo, el timbre de la prepa. Lo maniataron hasta los dientes. Para que no dijera la sonrisa. Pero la mirada quedó intacta. Como buscando decirnos el cielo. La mirada del padre en ese momento leía una nota sobre política. La promesa de un mundo mejor. Le arrebató la lectura el sonido del viento. Una frase de intuición. Regresó a la realidad cuando el cuerpo de su hijo. Abatido. En la puerta de su casa. Donde la tierra se convierte en lodo. Castillos de fantasía y canto del pájaro aquel. Vinieron luego a decirle que la equivocación es una lista de muertos. Le contaron también que besó a la muchacha que no debía. Las alas del duelo fueron de apoco un zopilote. La negrura del mundo. El mar sin azul que los años se encargaron de violentar. Las palabras en desbandada. El sonido de un taladro que acicala. En el vientre el llanto constante. La voz del niño que ahora es tumba. Desconcierto. El triunfo de los otros que mañana serán abismo. Que lo han sido siempre. La desazón inexorable. El recuerdo y los pañales. La botarga y su burla. El disfraz de la alegría en un programa de televisión. El proyecto de un canto que aspira la fama. Él que nació en el barrio y al que admiramos los domingos por la tarde debajo del árbol en derredor de los compas de siempre. Él que regresó derrotado de tanto interpretar el mismo estribillo. Botas de Chalino y sombrero de Valentín. El más afamado en sus diecisiete. Al que también desintegraron las balas. Al que seguimos en su carroza. Le pusimos rolas que un día grabamos. La vez que cantó en la cancha donde otrora fue un rastro. En la piedra más alta. La del cerro que nos rodeaba y al que también aniquilaron en política. La transformación cobró la vida de un río que era nuestro. No tenemos adonde mirar que no sea modernidad nunca nuestra. La cruz que cargamos todos al mirarnos por dentro. En una caja de palomitas del cine nos sorprendió el olvido. La explosión de nuestros cuerpos ocho horas al día sin pago de horas extras. Solo la palabra distorsiona la irrealidad. Nos sumergimos después en la esperanza que es olvido.

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