¿Dios, por qué permitiste esto?

 

 Ramón I. Martínez

“La puta, la gran puta, la grandísima puta, la santurrona, la simoníaca, la inquisidora, la torturadora, la falsificadora, la asesina, la fea, la loca, la mala; la del Santo Oficio y el Índice de los Libros Prohibidos; la de las Cruzadas y la noche de San Bartolomé (…)” este el inicio del largo incipit de una página de la última obra del genial Fernando Vallejo: La puta de Babilonia. Pocos se atreven a tocar de tal forma (¡y con ese lenguaje deprovisto de tapujos!) a una de las instituciones más poderosas del planeta: con un sarcasmo y una ironía infinitos y despiadados dirigido contra quienes no merece piedad: decir “papa corrupto” es un pleonasmo. Documentado queda a lo largo de estas páginas.

¿Y quién es esa “puta”? En tiempos del horrendo genocida Inocencio III, los “herejes” cátaros (también conocidos como albigenses) dedicaron el epíteto en cuestión a la codiciosa romana, entresacado de la páginas del libro del Apocalipsis: “Ven y te mostraré el castigo de la gran ramera con quien han fornicado los reyes de este mundo. La mujer estaba vestida de púrpura y escarlata; resplandecía de oro, de piedras preciosas y perlas; y tenía en la mano una copa de oro llena de las inmundicias de su fornicación, y escrito en la frente su nombre en forma cifrada: Babilonia la grande, la madre de las meretrices y abominaciones de la tierra” (Apocalipsis 17:1-5) ¿Todo este lujo y depravación tiene que ver con alguna religión?

La Puta de Babilonia está formada, a decir del autor, no sólo por la Puta Católica Apostólica y Romana, sino también por otros grupos “cristianos” y por otras grandes religions monoteístas que comparten vicios prácticamente idénticos: el judaísmo y el islamismo. “La Iglesia católica, la ortodoxa y la protestante son la maldición más grande de la humanidad, casi tanto como el Islam” (p. 62).Curiosamente, Vallejo elude el uso de la palabra “Iglesia” y prefiere el sinónimo “Puta” (así, con mayúscula inicial), lo cual es notable al enumerar los nombres de los jerarcas asistentes al sepelio de “la alimaña Wojtyla”, el más perverso promotor de la paridera: durante su reinado este pobre planeta aumentó en más de dos mil millones de seres humanos. Somos ya una plaga.

“Aunque la Inquisición, el invento más monstruoso del hombre, se la atribuya a Ugolino da Segni, alias Gregorio IX, en última instancia también se le debe, como tantos otros horrores, a su tío Inocencio III (…) Gregorio IX, el sobrino del asesino y a su ves asesino, instituyó el engendro como untribunal independiente de los obispos y las cortes diocesanas y lo puso en manos de los dominicos que sólo respondían ante él” (pp. 25-26) El terror para controlar, sumisión del pueblo, totalitarismo que no había tenido parangón: en sus cruzadas contra los albigenses (cristianos “herejes”) el papa que asume burlonamente el nombre de Inocencio III asesinó más cristianos de los que exterminó el Imperio Romano; ni que decir del espeluznante total de torturados y asesinados por la Santa Inquisición (más de treinta mil, si sólo contáramos los de la inquisición española a partir del celebérrimo Torquemada). Pero a pesar de todo esto, el vanidosísimo Wojtyla se atrevió a decir “que los muertos sólo fueron unos cuantos cientos y son resultado de la mentalidad de una época”. Claro, también son productos de una época los demás genocidios, por ello son benditos siempre y cuando Dios los apruebe. Vaya cinismo, todo con tal de darse baños de pureza y seguir nadando en la abundancia fruto de sus acostones con los reyes y poderosos. Ah Puta descarada.

Hasta dónde puede llegar el descaro; el panzer cardenal Ratzinger apenas trasvestida en Benedicto XVI  visita campos de concentración de nazis y arrodillado clama al cielo entornando sus teológicos ojos “¿Señor, por qué permitiste esto?” Vaya: ¿cuándo Pío XII abrió la bocota para protestar contra el genocidio nazi en esos campos?, se conformó con ser cómplice silencioso (¡claro que se enteró!), mientras millones iban como corderos al matadero. “Bajo Pío XI y su sucesor Pío XII la alta jerarquía de la Puta se plegó con una sola voz, la del autócrata pontificio, a Mussolini y a Hitler”; no olvidar la franca colaboración de los acomodaticios curas que se declaraban devotos del fuhrer (y lo reverenciaban como a un santo), para luego declararse en su contra en cuanto la guerra la tuvo perdida. El colmo nos lo cuenta con pelos y señales Vallejo: obispos y curas que organizaron campos de exterminio en la antigua Yugoslavia, al amparo de la suástica y con la bendición de Pío XII. ¡Qué tal con los bondadosos pastores! Bueno sería que Ratzinger se hincara en los mencionados campos y también allí elevara su plegaria llorona e hipócrita: “¿Señor, por qué permitiste esto?”.

Esta pregunta también podría hacerse ante el bodrio que se ha hecho de las “Sagradas Escrituras”: falsificaciones, interpolaciones, errores de traducción, anacronismos, “Cristoloco el rabioso” (cuya existencia no ha podido ser comprobada ni se podrá); libro aberrante y fantasioso (con sus amañadas profecías), cuya versión definitiva ni siquiera está fijada, y ni siquiera generaciones de hábiles políglotas estudiosos han dilucidado dónde está la palabra humana (y sus mentiras) y dónde la de Dios. Vallejo no deja pasar por alta la contradicción en los términos: Dios no puede tener palabra pues ésta es eminentemente humana y, como tal, perecedera y corruptible. ¿Cómo un ser perfecto iba a padecer semejante limitación, por qué no escoge un medio eficaz para no seguir confundiendo a sus creyentes? Este malhadado libraco también sufrirá el sarcasmo del autor, al notar que en realidad no hay un solo Cristo sino varios y ninguno histórico, pues hasta la mención que Flavio Josefo resulta (demostrado está) una perjura adición clerical.

Enmedio del desfile pérfido y detallado de papas putañeros, destaca el papa favorito de Vallejo: Alejandro V, el celéberrimo papa Borgia, de quien se han hecho escarnio múltiples, de su corrupción emblemática, su simonía, sus múltiples “pecados”. ¿Por qué la simpatía por este bendito papa, que es denostado hasta por los historiadores más rezanderos?: no es un tartufo, no niega a sus hijos llamándolos “sobrinos”, va a lo que va sin el menor tapujo y es, después de todo, un magnífico estadista; para ello baste mencionar dos hechos que se nos narran: el tratado de  y el ajusticiamiento del desquiciado Savonarola, a quien la falta de sexo le secó los sesos y lo hizo cometer atrocidades tales como destruir cuadros de Botticelli, azuzado por su desbocada homofobia. “Mintiendo con la verdad, los historiadores lacayos al servicio de  la Puta dicen que el papa Borgia fue un papa malo, ¡como si los restantes hubieran sido buenos” (p. 53)

Vallejo desearía (son sus palabras) cuando menos  unas tres excomuniones por sus escritos, pero él (que como muchas personas guardamos un justificable rencor a Babilonia la grande) se resigna a una simple negación eclesial al “Imprimatur” y al “Nihil obstat”. Estamos ante un libro corrosivo, que a muchos católicos recalcitrantes (en el caso improbable de que leyeron otra cosa que novenitas y catecismos) le haría lanzar amenazas de muerte estilo “anti-abortos”. En lo particular, aunque no estoy tan seguro de que Dios no exista, la lectura de La puta… me hizo desternillarme de cáustica risa, semejante al agua real que destruye cualquier metal que no sea el oro. Sobra decir, que muy poco (poquísimo) queda en pie de las iglesias (“De la ingle les cuelga un pene y del cinturón un rosario; el pene no los deja vivir, el rosario los entretiene.” p. 27) después de haberme enfrentado a este regocijante ejercicio de la inteligencia. Después de la carcajadas ante los documentados e ingeniosos denuestos de Vallejo, sin embargo (mérito adicional del libro), se me quedó el estómago revuelto ante tanta iniquidad impune de la malhadada gran Puta babilónica. Así debe ser, según Kafka, la literatura que trasciende: un pleno mazazo.

Fernando Vallejo, La puta de Babilonia,Planeta, México, 2007, 317 p.

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