DILATADA ENTREVISTA A GONZALO ROJAS  

Foto: Bruno Herley

Ronel González Sánchez

No tenernos talento, es que
no tenemos talento, lo que nos pasa
es que no tenemos talento…

                                                 G.R.

Justo cuando iba a cerrar la Antología
llega usted y amenaza: «yo soy Gonzalo Rojas,
vengo del Pacífico sur, pero no soy sureño ni pacífico,
mas bien pertenezco al relámpago y disiento del átomo
y el éxtasis.»

Con el recelo propio de los retorizantes,
atiendo el parentesco seglar de las palabras
que caen en la marmita y expansionan
con una pulsación intragrafémica que distiende el período
y tolero su arrebato ergonómico,
su tasación satirizante de lo que sonoriza.

«Ulterior a cualquier ulteriorismo surrealizado en Lebu,
me apliqué a desolemnizar un reticente contrabando
de neblinas poemáticas,
desde que calibré el ejercicio de agenciarme en azogue
la irrealidad de lo supuestamente real y advenedizo,
pero no he obtenido la ascensión del enigma
en los fragmentos nebulosos que le arranqué al silencio».
Correligionario mordaz de la insurgencia
el convidado disimula su aversión por lo árido
con gestos que enrarecen el ocio
virtual e impenetrable de las islas.

«Yo no admito la esterilidad,
no esa suya, la legítima,
no la de prolongarse en pautas y nomenclaturas genéticas
que un día decretaron los entendidos en inútiles
y que, según fórmula del esquizo Rimbaud,
como a cualquiera le otorgan ojos glaucos
reclamando tornillos o quién sabe qué críptica dulzura,
no determina en transacciones con lo efímero.
Yo no admito la feria sin un garabato libresco
que ofrendar al prójimo,
al próximo prójimo paupérrimo que sorbe su café
como si fuera perpetua la instantánea.»

Poco amplifica acerca del apresamiento de lo resbaladizo
que en dos secciona el círculo escritura,
y es necesario adivinar cómo escapa al origen
como el primer arúspice
que vio sobrevenir la didascalia sin acercarse al borde.
«Desde antaño supimos que el poema retorna
a la secreta emulsión fúlgida,
porque todo está suspendido sobre el anillo de la muerte
y el intérprete corta los hilos como contorno mítico
de alguien/algo que es nada
en la subitánea ilusión del desierto.

Si el lastre cae o no será obra de impulsos y opacidades
abolidas
por la serena y levantisca imantación celeste».

Apegado al disturbio de la voz que adjudica dones
y transferencias,
en tanto duda del oblicuo desnacer de las estanterías
abarrotadas de cadáveres,
el poeta le añade un balbuceo absoluto
al encontronazo germinativo con el sílice.

«Hace tiempo abdiqué de los ordenamientos que se automutilan
en ásperas lecciones sin rigor aparente,
en cambio me fielizo a procederes rústicos del eco y el atisbo,
añejas digresiones sobre diástoles
en la legión del énfasis».

No demasiado, sino terca y miserablemente humano
frente a la posesión antimimética de los altos augures,
que auscultan, como Heráclito, el renegado destino del Fluir;
llega usted con su Vallejo y su de Rokha áureos
y elementales, en la honda gramática de la diversidad,
para entramparnos en la norma de una pureza antigua
y, misteriosamente, comenzamos a entender el designio
de cifrar deshilachamientos en el cántico,
atumultuadas vibraciones para captar con el estómago,
vacío ya de tan mal digerida resonancia.

«En esto de desviarse de lo múltiple
y romperse los dedos con el punzón,
no puede haber pactos con lucimientos y comprometeduras
más o menos visibles.
Nos dieron una forma del diálogo
que es como decir una desventura prodigiosa, un deleitoso
vértigo
y, si algún nexo existe con el cosmos, tiene que ser de anulación
y alarma;
no de reproducción de aspavientos,
por infra o supratemporales que parezcan.

La poesía sigue siendo matria de oposición
y como el hambre clamorosa de sosiego
exige sacrificar la res,
sacrificar la res
en la noche ilegal del moribundo.»

Leave a reply