Diez años no son nada

Foto: Pina Saucedo.
Pina Saucedo.
Aquí el sol salió, pero amanecimos sin el Mísquez, el personaje que endulzó nuestro barrio por estas calles, que tenía una refresquería a la que, siempre fieles, el Bruno y yo acudíamos a comprarle cuanta chuchería era de nuestro antojo momentáneo: raspados, pepihuates, palomitas de maíz, nieves, chemisses, obispos, o simplemente hielo molido.
Ayer que el Bruno llegó a su negocio buscándolo para comprar y saludarlo como siempre lo hacía -y a veces hasta se pasaba horas enteras platicando sobre los chismes de la localidad o del barrio-, ya no lo encontró.

El taquero de la esquina le dijo que el jueves en la noche falleció de un infarto fulminante y simplemente se fue así, con esa tranquilidad y porte de señor bien arreglado, aunque sencillo, respetuoso, bonachón y muy amable, que a diario leía El Imparcial y veía las noticias, a la antigüita.
El Bruno siempre le recomendó comprar un teléfono celular smartphone aunque fuera baratón, para distraerse en sus ratos libres que pasaba esperando clientela en ese negocio que a diario cerraba casi a las 11:00 de la noche, y aun en fechas festivas de fin de año cumplía con ese horario, ya que por navidad o fin de año, solían llegar a comprarle raspados guaymenses que fueron sus clientes de niños y que ahora viven en distintos lugares del país o de Estados Unidos.
Ese era el Mísquez, el tipo que, ni por el crespón negro que colocaron en la puerta de su refresquería “El chemisse”, pudo convencernos de su muerte, de que así nomás porque sí se haya ido para siempre con sus golosinas a otro mundo en el que ya no nos volveremos a ver.
Hasta siempre, estimado vecino.

 

 

Bruno Herley.

La muerte inesperada es tremenda, uno, al principio, no lo cree, lo siguiente es corroborar la noticia, pero al paso de los días la incredulidad hace su presencia y tratamos de ir con el ausente a realizar las actividades cotidianas, hasta caer en cuenta que ya no hay nada, entonces los recuerdos dimensionan la partida y cierta acidez recorre la boca hasta formar un hueco en el estómago. La nostalgia, las cosas inconclusas, las palabras en el aire, todo, nos devuelve a la cordura, a la aceptación. Y ahí vamos, justificamos nuestro paso por el lugar donde miramos por última vez a esa persona y gozamos, de manera íntima, la ausencia del otro, ese dolor tan apegado a la muerte, a la idiosincrasia de la tragedia.

Hace diez años, al llegar al lugar donde vivo, descubrí un negocio que su especialidad era la venta de raspados, también había refrescos, papas fritas, dulces y toda aquello que lo convertía en la delicia de los chicos chuchuluqueros. Quien atendía el negocio, Pancho Mísquez, era un hombre alto y delgado, de manos grandes y voz fuerte, parecía un gran danés detrás del aparador. Bastó la breve charla por primera vez y saber que compartíamos amigos y diferencias políticas, para que naciera una amistad enorme. A veces, el ir a comprarle algo era el pretexto para platicar y discutir cualquier tema, como buen tendero, tenía la información de primera mano a pesar de no tener teléfono inteligente, era de la vieja guardia, esos que creen en la palabra hablada, en la cultura oral de los barrios. Su tienda era punto de reunión para los ratos libres, para conocer gente, para el debate, era ahí el Facebook de los viejos.

Diez años conviví con él, tiempo que guardará mi memoria, esa caja de pandora que en ocasiones dudamos en abrir. Permanecerá el vacío allá afuera, pero dentro siempre estará él, habrá momentos puntuales para recordarlo, cuando pase por su tienda sentiré la leve pesadumbre de la ausencia y evocaré algún disparate, los pesos perdonados en la compra, las noticias de la calle, todo eso que apelaba a beber refrescos con harto hielo. Solo resta decirte, Pancho, que ahí queda tu banca amarilla, el plan de suplirla por mesitas para incentivar más la plática, las preguntas tontas de obviedades para descongelar la llegada repentina, tus pleitos por las botellas. El Licenciado, el Pancho, el ingeniero pedo, el Luchador, el Borrego, Pancho el Taquero, las doñas de la taquería, todos, ya te extrañamos. Hasta siempre, amigo.

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