Desde la Olivares

Martín Salas

“Las ciudades crecen, los barrios se quedan, los vecinos se mudan, pero las historias perduran…” nos menciona El hijo de Don Changel, Alex Cruz, en el prólogo de su libro, y tiene razón. Quienes somos de barrio sabemos que las anécdotas con las que crecimos van más allá de los encabezados de nota roja de algún periódico mala muerte. El barrio es bravo por naturaleza, sí, pero su esencia va más allá.

El barrio es Doña Celia, la señora de las tortillas; Don José, el de la tiendita de la esquina; las partidas de futbol a mitad de la calle, las maquinitas, las tardes de vagancia arriba de una bicicleta, el recuerdo de ese compa que tocó fondo pero que nos enseñó mucho sobre la vida, el primer amor, aquella vecina que nos llenó el ojo a nuestros escasos nueve años. Las historias en la cuadra sobran y el escritor receptivo sabrá hacer de ellas buena literatura.

Con nostalgia del hombre maduro y voz de niño, Alex Cruz, hijo de carrocero, nos transporta a su habitad natural, a la mítica colonia Olivares, la OBL (Olivares Barrio Loco), terreno de los 99s para aquellos que la vivieron durante los 80s o 90s. A lo largo de este sendero narrativo se nos muestra el Hermosillo de finales del siglo XX, pequeño punto en medio de la nada que se debatía entre el rancho y la ciudad.

Los personajes aquí representados son los típicos de cualquier barrio: el loco, la “cantante”, el malandrín, la raza trabajadora. La fugacidad del tiempo y la memoria son dos de sus temas principales. Los relatos se plasman en verso y prosa, a veces la prosa es poética y el verso en su mayoría es narrativo. Textos como Topollilo Vásquez, La farmacia, Cuando viajo nos recuerdan ese género narrativo breve que es la mini-ficción, un artificio literario por poetas mexicanos como Efraín Huerta, por ejemplo, o Julio Torri.

La anarquía de su composición hace al libro portador de una identidad muy marcada. Alguno que otro crítico pretencioso podrá chocar con su estructura, con la manera en que se narran los hechos. Lo que no entienden es que este ejercicio literario tiene lengua propia, tomada de la oralidad, de la vivencia diaria, más que de los clichés estéticos propios de la academia.

La obra es prueba de que no se requieren de mafias literarias para ser escritor, al mismo tiempo da entrada a otro tipo de lectores, conecta con universos alternos, la mayoría del tiempo marginalizados por el amante de “las buenas letras”. Aquí Alex Cruz da dignidad a esos espacios. Son estas, entre otras cuestiones, las que hacen a este trabajo algo admirable.

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