De harina y huevo

L. Carlos Sánchez

El tranvía no es deseo. La moda que es muerte anda en carrusel y hoy le tocó al Bibi, el Willy, a quien por apodo conocimos como David. Hernández Meza de apellidos.

Hacía pan y galletas. Coricos en el horno eléctrico que ya luego vendía entre la raza del barrio. Digamos que esa fue su última etapa de panaico, la que no sabemos con certeza en dónde empezó. Yo podría creer que fue en el cerro, en el changarro del tío Toño, con un horno bien chilo, de leña. Pero quizá fue después, al lado de su padre don David ya en la pandería Progreso, en Villa de Seris.

La sonrisa esa que la picardía le dibujaba al Willy, estaba también muy chila. Era el significado de su gusto por la vida fácil, el divertimiento con una cheve dos. La alegría de saber caerle a los días y mostrarle su mejor cara.

El buen Bibi. Lo guaché hace apenas un par de meses, debajo del tejaban donde arregla carros el Pancho su hermano, aquel que fue boxeador y peleó machín en los iunaites. Estaba allí, el loco del Willy, revolviendo la harina y la manteca, un poco de maseca.

Al puro movimiento de sus manos removía también el recuerdo. No sé si me lo invento, pero me dijo sin decir los días aquellos de bailarle en el flamingo, el antro inolvidable de los sesenta setenta. Adónde la raza acudía para bailar con la voz del Ildefonso Lara, el Sobuca, o con los cantos del Brochas. Los precursores del grupo Yndio.

De eso me contaba mientras cortaba ya la masa y la anudaba en círculos. El puro bagaje el del BIbi, viviendo en los iunaites, con el sexo, la droga y el rocanrol. Su sonrisa desmesurada no dejaba de guiñarle el ojo a la felicidad de la memoria.

Recordé ese día, debajo de ese tejabán, con el Pancho de palero para que el Willy soltara el chorizo de lo vivido, de aquellas veces cuando el Bibi le caía al cantón, a con mi jefe, con las puras caguamas como musas. Batazo de cuatro esquinas, decía el narrador desde una radio que se avizoraba indestructible, una radio que encendía con un chingazo y que no se apagaba ni estrellándola contra el piso.

La pura pachanga, de harina y huevo y casi siempre hasta el amanecer. Incansables los adolescentes, mi padre con sus sesentaitantos en la concha y el Willy mínimo con un cuarentón. De fierro, los cabrones.

Pero luego un día, o una tarde, al Bibi se le ocurrió treparse en el camión (¿o en el tren?) y se fue a vivir pa’ Tijuana. Buen rato duramos sin camarearlo. A la vuelta de los años regresó con las puras camisetas de marca, camisas de franela, liváis y tenis de los mejores.

Aquí la anduvo bailando por un resto de años. Igual, en la vida loca, levantando esto o lo otro, yendo y viniendo, a veces a una panaica y luego a otra. El talón consuetudinario para el pipirín y la continuación de la fiesta.

Pues que ya quedaron como peñascazo los coricos, la merca lista y de regla ir a talonerarla. La sonrisa de esa tarde también se apersonaba como un arma para enfrentar la adversidad. El Willy tendido como torta de huevo en el sartén. El saludo bonito, sentidísimo en el pecho y de todo corazón. No recuerdo si nos topamos las baisas. Sí recuerdo la generosidad tierna en su mirada. Al rato, Charly, me dijo cuando me despedí.

Volví al taller del Pancho, a buscarlo a él y también con la onda de toparme al Willy. No lo has visto, Charly, me preguntó en caliente el Pancho, como si por mi mirada advirtiera que yo andaba busando al Bibi. Nel, le dije. Pues lo llevamos al hospital, le hicieron estudios y no le salió nada.

En eso estábamos cuando llegó el Maic con el Bibi sobre una silla de ruedas. Es el Carlos, el del Pando, le dijo al Willy, porque de cuete el Bibi quiso enterarse quién estaba en el rancho.

Me acerqué para saludarlo. Qué tranza, Willy, le dije. Me respondió con un murmullo. No hilaba frases. No podía. Luego quiso levantarse de la silla, como si pretendiera darme un abrazo. No lo logró.

Al Bibi no le respondieron las piernas.

Y ahora que ya es enero, me entero por el Bayo, con un mensaje en mi cel, que el Willy lo intentó de nuevo, quiso pararse pero no le alcanzaron las piernas, por eso decidió usar la alas.

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