Cuando todos los días son sábado

Juan José Flores Nava

Al FAOT, que ha tenido de todo, sólo le hacía falta lo que sucedió ayer. Martes 24 de enero, pasadas las 23:00 horas. Suben al escenario de la Alameda de Álamos tres hombres barbados. Llevan sombrero. Su apariencia oscura hace juego con la pantalla que, detrás de ellos, dice, en color dorado y fondo negro, Nunca Jamás. El nombre de la banda y su logotipo al más puro estilo de los grupos de thrash metal. Dos de aquellos hombres blancos –barbados– se ajustan sus instrumentos: el bajo, la guitarra. El otro se prepara para hacer sonar la batería. Son el ensamble clásico de rock: bajo, guitarra y batería. Están por exhibir un sonido duro, de poderosa energía y tronante distorsión, al que le añaden desde una máquina, para distinguirse, saborizante natural de música norteña. La mezcla a la que han llegado luego de arar el polvo de diversos foros de todo el país desde hace unos diez años. Y arrancan.

Omar Sainz (voz y guitarra), Pedro Verdez (bajo y voz) y Max Arnold (batería) llaman a lo que hacen “rock agropecuario”. Suenan machín. Suenan perrón. Suenan bien. Suenan sólidos. En vivo liberan a plenitud la fuerza que ocultan sus grabaciones. Pero comienzan a cantar y las letras confirman que su poder está sólo en su música –y, debo insistir, sobre todo en su música en vivo.

Pero el público, la banda, los jóvenes que están hoy aquí celebran, a coro, sus canciones. Son letras que le van bien a Timbiriche Reloaded o Arjona, a RBD o Moderatto; son letras que cuesta trabajo empatar con un discurso musical de rock pesado, estridente: “Te conocí en el peor de mis momentos/ En la barra de un bar con mis lamentos/ Ya no quería yo saber de nadie y llegaste tú.// Lo mío nunca fue hablar con extraños/ Contigo se dio, fue algo raro/ Segundo encuentro quiero evitarlo/ Más no creo poder.// Porque quiero verte, quiero tenerte/ Y los dos sabemos que va a suceder.// Porque quiero verte y en ti perderme/ Y los dos sabemos que va a suceder…”

Los celulares se elevan, danzan en el aire, captan por decenas a estos ídolos de Ciudad Obregón, la segunda urbe más importante de Sonora, a unos 120 kilómetros de Álamos, hacia el noroeste del estado. Este público, estos jóvenes tienen a Nunca Jamás en físico tocando cerca de ellos. Los instrumentos vibran a unos diez metros de la primera línea de espectadores, pero ellos, los espectadores, optan por verlos a través de la pantalla electrónica de su propio teléfono. Nunca Jamás toca aquí, el sonido está aquí, la intensidad está aquí, en el Festival Alfonso Ortiz Tirado (FAOT), pero ellos, los espectadores, están acostumbrados a comunicarse por medio de dispositivos electrónicos. Deciden, entonces, que es mejor mirar y escuchar todo después, quizá mañana, cuando se regocijen con los “Likes” de lo que compartieron anoche por Facebook. Ellos serán así, y ahora, los protagonistas. Los espectadores serán esa horda de otorgadores de comentarios y “Likes”. Y los Nunca Jamás con su technicolor desde la Alameda de Álamos serán apenas un medio para elevar la fama de Fulano y Sutano, de Mengana y Perengana. Lo importante no es gozar a plenitud el concierto, lo que en verdad importa es que el mundo se entere de que Fulano y Sutano, de que Mengana y Perengana estuvieron ahí.

Nunca Jamás parece intuir la consigna: todo se trata de estar ahí y echar desmadre. Ésa es la máxima. Lo dijo Omar o Pedro o Max (da lo mismo): “Todos los días son sábado y todos los días se vive.” Después, uno de ellos insistirá: “¡Qué chilo es estar tocando en martes y que parezca sábado!” El público grita. Es feliz. “¡Qué importa que mañana lleguen crudos o pedos al trabajo!”, se oye desde el escenario. Los asistentes se desgañitan: “¡Yeah!”

Ahora se enciende otra canción de Fierro por la 300, el nuevo disco de Nunca Jamás. Es una pieza de ésas reivindicatorias, de ésas que reafirman la identidad, de ésas que dan coherencia al título de éste, su cuarto álbum. Porque “¡Fierro por la 300!” es una expresión que se usa por acá para decir que hay que agarrar camino a la fiesta surcando a toda velocidad la famosa avenida 300, en Ciudad Obregón. Y entonces Nunca Jamás suelta, con los ladridos del bajo, los agudos clamores de la guitarra y las estridencias ancestrales de la batería como fondo, lo siguiente: “Venimos del desierto, de tierra caliente/ Donde todos hablan fuerte y nadie se ofende/ De 50 grados, veranos ardientes/ Morritas en shorcitos, hieleras con mucha cheve.// Aunque seas extraño serás bienvenido/ Si lo pides brinca paro sin problema de un vecino/ La gente es alegre y le gusta la fiesta/ Si se pone rudo tú sólo mueve la greña.// Venimos de Sonora, donde el sol no perdona/ Tierra del bacanora y mujeres hermosas/ Venimos de Sonora, donde el sol no perdona/ Para tomar no hay hora, donde el desierto al mar topa.”

Una letra que en ese momento me lleva al rítmico acordeón, también orgullo reivindicatorio de los orígenes, que acompaña a los Titanes de Durango diciendo: “La banda norteña/ Los carros del año/ Las mejores plebes/ Las traigo a mi lado/ Pura buchanita del sellito rojo/ Me gusta cumplirme todos mi antojos/ Las playas, las discos y los malecones/ Palenques y tastes apuesto millones/ Me sobran amigos por toditos lados/ Soy gente muy buena de muy alto rango/ Y les digo a mi gente/ Soy enamorado.”

¡Puro orgullo norteño! Pero ya puestos en esto, entre orgullo y orgullo, me quedo con la frase que leí en la playera de Lupita, una mesera de Álamos de hermosa sonrisa: “¡Deja tú lo guapa, soy sonorense!”

El concierto está por terminar. Ya hemos cruzado la medianoche. Son los primeros minutos del miércoles 25 de enero y los chistes de los Nunca Jamás regresan, no se detienen entre rola y rola. Hasta me siento extra de un capítulo de la comedia musical de Televisa Los héroes del norte: “Compren la merchandais que traemos; Pedro se pasó toda la noche imprimiendo camisas, por eso le duele la espalda”, dice Omar con fuerte voz golpeada, norteña no de Nuevo León, como lo ha aclarado, sino de Sonora. Luego otra rola. Y un chiste más: “Un aplauso para la gente fea… Los olvidó Dios, no sean gachos.” Y otro: “Al vato bien macho que suba al escenario y le dé un beso al Max –dice Pedro– le regalo un doce [de cervezas de lata].” Es evidente: no falta quien lo hace. Lucas, así dice llamarse aquel muchacho aventado, quien para colmo no recibe el premio prometido. O quién sabe. En sus labios ya lleva para siempre el sudor de la frente de Max.

“¡Curados, los babosos!”, dice alguien detrás de mí, para indicarle a su camarada que lo han hecho reír, que ha estado contento todo este tiempo. Volteo y lo miro. Sonrío. Pero en el fondo quisiera que él tuviera el control para tener la posibilidad de decirle el mantra que se aprende por estos lares cuando alguien pone música norteña a todo volumen, el mantra al que el rock de Nunca Jamás robó su última palabra para etiquetarse: “¡Oiga, compa, bájele dos rayitas a su agropecuario!”

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