Creo en la inspiración: yo soy de esos que aun escribe por impulso

Los placeres culposos de Omar Gámez Navo

Juan José Flores Nava

HERMOSILLO, Son.— Usted dispensará la confianza, pero cuando se trata de escribir sobre el Navo, hablar con el Navo e, incluso, leer al Navo, uno no puede andar con solemnidades. Es que el Navo es de una pieza. Además, si uno pretende ponerse muy serio o campanudo o solemne, pronto se dará cuenta que con Omar Gámez Navo, el Navo, la cosa no es así. Ahora mismo acaba de pasar. A punto de terminar nuestra charla, luego de tanta seriedad, me desarma: “Nunca he sido bueno para las entrevistas. A veces creo que siempre digo lo mismo. Tal vez diría cosas más profundas si fuera de esos escritores que agarran matraces, pipetas y se ponen una bata para escribir; pero eso no es lo mío. Prefiero las historias escritas con voces que todos entendemos.”

O sea, algo como esto: “Caminó lentamente la cucaracha por la barra, quise aplastarla con el culo de mi botella de cerveza. No lo hice. Vale tanto la pena su vida como la de cualquiera de los que estábamos sentados en la cantina.” O algo así: “Me junto con un chingo de loc@s/ que traen un arcoíris bien apretado en el puño/ pa cuando vengan malos tiempos/ Que escriben libros para que los lean los ciegos/ en un mundo de tuertos/ Que hablan mucho de mujeres y ninguno tiene novia/ Que creen que la noche termina a las 10am/ del otro día/ Que se invitan un café/ y terminan peleados con ellos mismos…”

—Tienes un libro que se llama Rumor de aquellos pasos (Universidad de Sonora), ¿escribir es para ti una manera de volver sobre tus pasos? ¿De qué manera? ¿En qué medida? (Dices, por ejemplo, en unos versos: “Caminar por esos pasos del camino sobre tus pies de palabras…”)

—Yo soy de esos que aun escribe por impulso. No soy tan “cerebral”; es decir, aún creo en la inspiración. Te inspira una mujer, un hijo, un amigo que te cuenta su historia de amor; por supuesto, creo que te darás tinta de que hay ahí más un desamor cínico que el amorcito del bueno. Habré de decirte también que soy una madeja enorme de influencias cuando escribo. Siempre me parece nuevo y sorprendente releer a Abigael Bohórquez; Nicanor Parra siempre tiene el poema, o anti poema, que me deja perplejo. No sé, los poemas de Bukowski siempre son una historia que me atrapa. Y entonces por todo esto es que me siento invitado a escribir algunas prosas…

—Te preguntas también, en otro poema: “¿Qué hace uno con la luz cuando la encuentra?” ¿Qué tantas veces has encontrado una luz en tu vida? ¿Cómo ha sido? ¿Qué ha pasado con ella?

—Eso de la luz no es otra cosa que “el amorcito corazón”; no podemos negar que es uno de los grandes porqués de la poesía, ya sabes: el amor, la vida, la muerte… Digo esas cosas, las escribo porque las considero universales. Podría no estar hablando de mí cuando digo esas metáforas que encuentras. Siempre que escribo estoy pensando en cómo se escuchará en voz alta. Me gusta leer en voz alta y contar historias en los poemas.

—¿Cuáles son tus fracasos? ¿Cuáles tus abismos?

—Es un poco desolador eso… De entrada, por supuesto que hablo del desamor; y de eso que viene después de (como dijera Borges: “El mundo ya no es mágico, te han dejado…”)  Y, bueno, el abismo podría ser ese sufrimiento criminal que te queda después de perder algo como el amor.

—¿Hay, para ti, algún paraíso perdido?

—Es profunda esa pregunta. Debo tener alguno. No sé, tal vez esa novela que tengo empezada y que no termino. Que la empecé ya hace algunos años y a veces regreso a ella por un par de horas. Tal vez no sea tan paradisiaca, pero ya sabes que una novela siempre es un mundo; un microcosmos. Aun cuando sea un texto que no he perdido del todo, siento que existe y me gusta regresar a él.

—Alguna vez me dijiste, si no recuerdo mal, que a la banda, en tus lecturas, le gusta que le leas poemas groseros. ¿Por qué será?

—Les llamo poemas sucios. Regreso a Parra. Esos serían mis antipoemas. Los escribí aun siendo un prepo. Pocas veces acudo a la solemnidad para escribir poemas. Y bueno, con música, esos textos funcionaron con los compas que lo escuchaban. Debo decirte además que fueron los músicos los que insistieron en que desempolvara esos textos que estaban reducidos a ser recitados en borracheras o por mero desmadre.

—¿Hablas de Rod Dumora?

— Rod Dumora es un ensamble que nos aventamos Gaspior Madrigal, Lalo Coronado, Rubén Urbalejo y tu servilleta, o sea, yo. Sólo nos juntamos un día y ellos, que son músicos, pusieron melodía a mis textos. Hacíamos un chou desenfadado. Esos poemas sucios que te digo se escucharon de otra forma. No era nada solemne. Hay que decir que Rod Dumora era el nombre que utilizaba Rodolfo Durón Morales, un escritor de erotismo, de esos que escribían libros cortos que se encontraban en los puestos de revistas en los setenta. Es tal vez uno de los escritores más vendidos en Latinoamérica. Claro que es considerado escritor de un subgénero y nadie por acá le ha hecho un homenaje. Y es que Rod Dumora era de un municipio sonorense que se llama Cócorit.—¿Qué está más cercano a ti, que se parece más a ti, tu narrativa, como es el caso de Voy a dar un pormenor [Conaculta / ISC) o tu poesía?

—Definitivamente la narrativa. Y es que es también un ejercicio de conversar. Ya ves: me gusta que lo que escribo diga algo, platique algo con el lector. Que se conecten mis textos con quien los lee o los escucha en voz alta.

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