Cortauñas

Silvia Rousseau

Un hombre harapiento llegó a casa de Carmelina. El anciano balbuceó: “Soy el Tío Pepe…me estoy muriendo”. Las mujeres intentaron darle los últimos auxilios. Aún no cantaba el gallo, cuando un coágulo inundó la boca desdentada del viejo, cegándole la vida.

Llegaron los hombres del servicio fúnebre, pero el cadáver no cabía en el cajón, el problema estaba en los pies. Como garras, sus largas uñas sucias y enfermas impidieron colocar la tapa del féretro. La palanca del cortaúñas no unía los filos para retirar el impedimento físico. El espectáculo era repulsivo. No hubo instrumento cortante que fuera efectivo. El tío fue a la tumba con los pies torcidos. Carmelina sintió asco, dolor y vergüenza, siempre ha dicho: “Desde entonces los cortauñas me hacen llorar”.

Al pasar la adolescencia, la muchacha era una prostituta más del pueblo. Su madre quería dinero, y dinero debía poner sobre la mesa para merecer el plato de sopa. Las uñas de Carmelina se cortaban con un machete, pero en la última ocasión, el machetero le amputó dos ortejos, desde entonces las manos delgadas de la muchacha terminaban en una maraña de serpentinas duras cuya longitud nadie conocía.

Día primero del mes. Carmelina dormitaba junto a un panzón roncador conocido como El francés. De pronto algo cortó la piel de la mujer, qué pereza averiguar lo que sucedía al sur de su cuerpo ¿o era el norte? Ah, pero una voz lúcida, nacida en algún resquicio de su cabeza pareció gritarle: “¡Son los pies, estúpida!”. Ella encendió la luz y vio varias heridas sangrantes en los dedos y piernas, dirigió la mirada hacia las extremidades de El francés. Las uñas amarillas, largas y retorcidas, eran tanto o más hediondas que las del tío difunto. El recuerdo del cortauñas estaba allí dejando un manantial en sus ojos.

Carmelina lloró esa noche. Se dice que el duelo duró el resto del mes, mismo tiempo sin probar bocado. Qué suerte, se salvó. Diez días más con la crisis plañidera, y la muchacha nunca volvería a sufrir por un cortauñas.

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