Correo del fin del mundo, algunos días de un libro en movimiento

Carlos Alberto Rodríguez. Foto de Eva Areli Sandoval

Carlos Alberto Rodríguez. Foto de Eva Areli Sandoval

Por Antonio León

1. Carlos Alberto Rodríguez decide irse de casa, la casa que compartimos desde hace algunos años. Deja los libros y los perros, los amaneceres incandescentes de Mexicali y las tardes de tomar cerveza y escuchar a Charly García. Le esperan meses de viaje en motocicleta hasta la Patagonia, acompañado de Eva y de un paisaje en bucle que apenas alcanzo a imaginar. La gente les advierte acerca del peligro: la orografía del narco, la violencia en los valles, la desazón en las fronteras. Carlos escucha mientras nos vamos de fiesta para celebrar el inicio del trayecto, él siempre toma decisiones como esta: viajar hacia una vida sin miedo porque siempre hay algo hermoso allá, más adelante, más luminoso.

2. Pocos mensajes en el inbox, porque el viaje no admite horas frente al monitor. En las montañas de quiensabedonde tampoco es que haya gran conectividad, ni tiempo para voltear a otro lado. Me dice que hay un agujero en la montaña más alta del mundo, que es linda la gente en el país que transitan, que extraña las Sabritas con salsa, la Tecate roja y los burritos de la güera. Le contesto que hace calor como siempre, que en los licores me preguntan por él, que comimos una cosa que no sabemos si alguna vez tuvo brillo en la mirada.

3. Aparece la pandemia. La llamo cariñosamente la Pandemi Lovato. Se cierran las fronteras y los vecinos de la Colonia Nueva se ponen pesados: localizan la casa de las señoras que acaban de regresar de China y les piden no salir, instalan pancartas e instalan el caos de vociferar manoteando.

Eva regresa, pues Carlos se ha quedado resolviendo asuntos tras la imposibilidad de continuar el viaje de regreso en motocicleta. Algunas fronteras cerraron y todo parece incierto. Han pasado ocho meses en la carretera y ella me cuenta la primera parte del recorrido mientras bebemos café, también hablamos de lo triste del morbo, de lo feo que es el chisme. Luego decidimos ir a ver de lejitos las pancartas amarillistas así nada más, porque hay pocas cosas que hacer en este desierto, porque la vida en exteriores queda cancelada hasta nuevo aviso, porque no podemos abrazarnos en las fiestas ni perrear en nuestro bar favorito.

4. Carlos regresa y nos convertimos en la versión mexicalense de home improvement. Pintamos las paredes, ponemos repisas, colocamos plantitas, limpiamos las ventanas, cambiamos las chapas. Por las tardes volvemos a escuchar a Charly García, también ponemos tangos, a los Cadillacs, a los Saicos y a Chalino Sánchez. Algunas de estas tardes nos leemos en voz alta, poemas siempre. Poemas, porque si no, esta vida suspendida se termina de convertir en una jaula, poemas porque Carlos estuvo de viaje y el retorno a las cuatro paredes debe ser duro, poemas porque amamos los quiebres espléndidos del lenguaje, las otras formas de poblarlo. Carlos escribe en las mañanas y hace scroll en las tardes, tirado en el sofá. Escribe acerca del viaje y el libro avanza por sí mismo, como si tuviera un motor. Recuerdo a Rimbaud y a Kerouac, viajeros irredentos. Pienso en Anne Carson sentada en una silla de mimbre inaugurando trazando una ruta nueva o en José Emilio Pacheco y una obra trazada por caminos largos.

5. Las tardes de lectura y escritura no son tardes de inmunidad absoluta. Los poemas aparecen, se desplazan, se equivocan y recapacitan. En la siguiente ola de la pandemia me bajo, querido amigo, te lo juro. En la siguiente parada terminan algunos sueños a causa del COVID. El fin de año llega con bajas dolorosas. El padre de Carlos fallece y el dolor se mezcla con las horas de escribir en este libro que nace, triste triste, pero que al mismo tiempo exuda gozo por vivir. Este libro en motocicleta que se va configurando lejos de la carpeta asfáltica que lo alimenta.

Enfermamos todos, seguimos el manual de escape, conocemos a la doctora más joven del mundo, las tardes dejan de ser de lecturas y se convierten en un espacio de convalecencia y de incertidumbre.

6. El tiempo es inexorable y ahora sabemos que, durante las pandemilovatos, es particularmente lento. La vida comienza a querer circular fuera del zoom y las rutinas se reacomodan como estepas perezosas. Carlos termina este Correo del fin del mundo y el libro nos hace repetir su recorrido. En estas páginas están las carreteras interminables del sur y los árboles que pasan en sentido contrario a velocidades exorbitantes, las paraneras y las rocas de colores, los arroyos de sonido aéreo y los acantilados. Los objetos intangibles que todos recordamos, aunque nuestro viaje haya sido un deseo. Hay en el libro una voluntad de hacernos partícipes de este camino, un deseo que siempre alcanza el otro extremo y nos muestra el modo abierto del vector. Porque este libro podría avanzar solo, pero prefiere llevarnos.

Tomado de: https://neotraba.com/correo-del-fin-del-mundo-algunos-dias-de-un-libro-en-movimiento/

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