Con un cuchillo

L. Carlos Sánchez

Empuña un cuchillo. Lo oculta entre el costado de su camiseta y su antebrazo. Una gorra de los medias rojas le cae hasta la frente. Suenan cumbias rebajadas desde una bocina sobre su pecho.

Anda las calles del barrio, es justo allí, donde colindan la Primero de mayo con la Mina, al final del jito, en el umbral del tiroalblanco, donde lo miro estacionarse. El baile como una ofrenda a la existencia. Lo miro y se camuflaja entre las piedras del cerrito al que de niños acudimos para resbalar las energías.

Antes de irse me saluda con la mirada, yo en la baica de pasón rondón y él con el dibujo preciso del zumo de la noche, el efecto del más reciente chalupazo. Topamos sin verbo, el levantón de cejas y quihúbole qué pasó.

Un puño de preguntas me abrazan como brasas. De qué se trata, me digo, para qué el cuchillo si él se ve que es feliz. Urde los días con la impronta de una dosis, concluyo. Para qué me hago pendejo, éste también, igual que el otro, los otros, traen el arañazo por dentro, la garra del foco que ilumina de oscuridad las entrañas.

Le doy vuelta a los pedales y a quemar cinta. Su mirada como un álbum en mi memoria. A cada paisaje que me topo sobre las ruedas, en el viento matinal, el cuchillo se me clava como un recuerdo.

Entonces miro caer a los del barrio, digo al Chuy, al Huico, al Sapo, al Chacho y un chingo más. Con un cuchillo los mataron. Y es un cuchillo el que me desasosiega de preguntas. Los por qué, los cómo, los para qué.

Y aturdido veo una bruma de recuerdos. Nacimos así, allí, en el ejercicio de la violencia, nuestra más inmediata ley. Porque un día los vimos a ellos, los grandes, con su estilo de indumentaria, el pañuelo en el cuello, los tenis convers, un puño de tatuajes, camisas de franela y un modito de hablar muy peculiar.

La reinvención del lenguaje, los códigos inherentes, porque se vive en el corazón del callejón y la cancha se llama patria.

La referencia del cuchillo, la inevitable insistencia hacia los móviles. Luego otra idea, otro recuerdo, la postal cotidiana en el barrio casi siempre antes del amanecer. Donde en bola, en los escalones de la cancha, hacíamos el recuento de los daños, el saldo de la violencia. Invariablemente eran ellos los malos, porque se apersonaban seguido y nos hacían manita de cochi, nos trepaba a la de a huevo a las pericas. Pinchis chotas. La plaga más nociva del mundo.

Así lo vivíamos con una bolsa de sabor en derredor de nuestras caras. Era temprano y qué tiene si a esa edad está prohibido dormir. Un hielito sabor a fresa mercado en la casa de doña Petra. Ahí donde también se cultivaban caguamas ilegales, el aguaje inmediato, día festivo y fiesta de guardar. La ley seca nos empapaba el deseo.

Al ritmo de los pedales, miré pa’tras y miré el reflejo del sol en el canto del metal. Pinchi cuchillo para qué lo querrá tan de mañana, me dije. Sin dejar de ponerle cola a la vida. Con el viento en la cara y los cuestionamientos punzantes.

El eco de la cumbia rebajada me hacía moverme al un dos tres del pedaleo. Qué poderosa la mente que remite a los instantes más inesperados, los que tenemos en el recuerdo o las reconstrucciones de los hechos que también pueden equivaler a la invención convincente, porque si así lo evoco así debió ser.

El cuchillo se me apersonó de nuevo, ya pasando por la comandancia del soli. Un chingo de torretas en mi mirada, los chotitas alineados, como pasando lista para salirle al toro, el orden que debe privar en las avenidas.

Desde la radio de uno de esos policías me llegó la sugerencia de un sonido, el reporte de una riña en el tiroalblanco. La urgencia en el movimiento me hizo pensar en el muchachito de las cumbias rebajadas. Al sonido de la sirena, mientras que yo no dejaba de pedalear, me pregunté: ¿y si acaso van por él?

Ese pinchi cuchillo güey.

 

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