Calles desiertas

 Luis Álvarez Beltrán

 

 

Todo lo perdemos porque todo se queda, menos nosotros.

Por eso cualquier forma de posteridad tal vez sea una afrenta,

y quizá lo sea también entonces cualquier recuerdo

Javier Marías

Negra espalda del tiempo 

 

Sin ninguna certeza de hacer un bien o un mal, con un dejo de auto-reprobación, camino la ciudad. Dicen que no debo salir, pero lo hago por una necesidad de liberar la carga del stress. Lo hago por respirar el aire puro en espacios abiertos, transparentes. Pero ahora ¿qué sabe uno de esas cosas? Y es que ahora ¿qué sabe uno de nada? Si la amenaza no se ve y el peligro tiene la cara de mi mejor amigo, del vecino ejemplar, cara de enfermera o doctor, cara de rescatista, de forma que debemos huir todos los días de nuestros propios disparates.

Camino para estirar las piernas, para atender la lógica de mis extremidades, para sentir que hago algo por mi cuerpo y no por estar en contra de las autoridades ni para poner en riesgo al prójimo al que se refería Jesús, ese perfecto y formidable ser de rostro extraño, anguloso o boludo, enigmático, que ahora más que nunca necesita el amor de toda nuestra distancia y el desapego de nuestro confinamiento más remoto. Camino para huir de mí mismo, de mi sedentarismo, de mi inanición y los demonios cotidianos de esa inacción que en términos de economía se leería como improductividad. Me digo que si este martes va a ser un día improductivo, al menos hay que salir de casa. No desobedezco las reglas de esta contingencia, de esta cuarentena, confrontando la prudencia, el bien común, el necesario acuerdo de quien se suscribe a esos consejos democráticos que ahora salvan vidas y constituyen la fuerza y la identidad nacional ante una mortífera emergencia. La verdad es que lo hago desde el más intencionado anonimato. Me separo de todos, saco la vuelta a quien se mueva en derredor, incluso a la probable o improbable estela de aliento que deja algún resuello, me engaño en cuanto a eso, y también lo hago para proteger a los demás de mí, puesto que no puedo saber si ya me he contagiado. Después de todo he ido al banco, a comprar víveres, he visto a una mujer considerablemente cerca y mis hermanos y algún tío nos visitan en casa. Un halo de incertidumbre pesa sobre mi proceder social y antisocial.

Camino la ciudad haciendo un sincero esfuerzo de no mirar a nadie, no acercármele a nadie, pensando que si he de violar las reglas no quiero causar daños o ser motivo directo de reprobación, aunque lo soy. Es decir: camino en defensa propia. Camino despegándome de cualquier persona, camino separado, solitario, callado, pensabundo, errabundo, sana-distancia-bundo, y sí, un poco encabronado de esa reprobación que me he ganado. Una culpa gratuita y caprichosa, una molestia que corroe mi caminar, mis pasos, el destino falaz del escape y la andanza.

Camino sin sentido, acaso no voy a ningún lado. Busco el aire y ciertos ámbitos aquiescentes a la espalda del mundo, páramos que anticipo y advierto no conciernen a nadie, donde me gusta estar.

Acometo los pasos para no resignarme a contar los segundos yendo de una pieza a otra de la casa; para que los minutos no sean un lastre de los días, para que, si se va el sol, no me sorprenda haciendo nada, confinado, encerrado, muriéndome de a poco, inane.

Veo las calles desiertas y eso me contenta; no la circunstancia de esta cuarentena, sino la condición de que mi recorrido no cause algún perjuicio o una mala pasada a aquellos que me miran y pudieran decir: Mira, ahí va ese cabrón, le vale madres todo. Le dicen que no salga y ahí va, de pendejo, como si le dijeran: Tú sí, sal.

Camino entre calles vacías y disfruto hondamente su aspecto fantasmal; si lo común (y esto muchos lo saben) es que yo recorra las calles de la ciudad todos los días del año con cierto sentimiento de que las calles en esa desparpajada libertad me pertenecen desde hace mucho tiempo, rayando como un lápiz el papel, trazando mis pasos la ciudad con cierto aire de rey de los mendigos que no se cansa nunca y siempre se mira con un morral de libros en la espalda (como es que me conocen); ahora no es así. Ahora la soledad de las calles tiene esa afectación del niño mirando desde la ventana con la ilusión de salir a andar en bicicleta, con la probable dolorosa imposibilidad de las parejas adolescentes de recorrer sus tardes tomados de las manos, tibias y sudorosas; con la afectación de pasar por el hospital con ese triste augurio de que alguien está internado y mal, sintiendo que la traquea se obstruye y su esposa rezando en silencio y desamparo invocando el milagro.

Veo las calles desiertas que siempre están desiertas porque esa es su condición de calles pueblerinas, accesorias, líneas asfálticas de cien metros que constituyen solamente una centésima parte de la cuadrícula, la raca, el timbiriche más o menos gigante de esta colonia Centro que lleva décadas y lustros despoblada, sin niños, porque toda la generación anterior se fue (menos yo) y la planificación familiar de aquella época le cayó como si hubieran pasado los apaches. Las calles siempre solas que sólo yo conozco y recorro todos los días del año, visten una nostalgia diferente en estos días. Una soledad que tiene cara de toque de queda, de epidemia, de miedo, un halo de grisura, de luto, de reserva, colorea el mediodía de mis caminatas que ahora me piensan como si fuera otro (y no el mismo. Un proscrito, alguien que camina (por ser mi condición) sin tener por qué hacerlo. Un individuo que rompe las reglas y goza un privilegio que no tiene.

Recorro las calles desiertas y ellas me recorren a mí. La bondad, acaso proverbial, del fresco primaveral del mediodía se siente como un pecado venial que (como pasa con todos los pecados veniales) no cree uno cometer, o socarronamente hace uno como que no se entera, un no querer queriendo, entonces me digo algo: Yo conozco estas calles. Yo sé lo desiertas que son. Lo desiertas que todo el tiempo han sido. Las conozco, conozco su alma como la palma de mi mano. Yo sé qué historia cuenta esa casa y sé qué secretos esconde esa mansión. Yo entiendo, y hasta abrazo, el espíritu de ese árbol, ancho, grueso, expandido, al que alguien lleva tantísimo tiempo olvidado de cortarle el cabello. Árbol Monsiváis. Árbol Beethoven. Árbol Alberto Einstein. Árbol Fernando Savater. Yo sé de esos arbustos y sé de la mirada de la señora que acostumbra regarlos y ahora no veré. Yo sé de la prehistoria de esa peluquería y sé del signo que aguardan los rincones de una casa de dos pisos construida en 1985 en tal esquina que yo anduve baldía cuando mis ojos y mi mente se abrían a esta ciudad y al mundo mientras empujaba un carro de paletas para ganar un peso.

Yo conozco estas calles y son mías por derecho de soledad o de hermandad. Estas calles han estado solas desde hace muchos años lo mismo que yo he estado solo desde hace muchos años.

Yo era paquetero de la Tienda de Empleados del Seguro Social en los veranos de mi secundaria y al salir del trabajo a las seis y media de la tarde yo recorría estas calles, solo, solas ellas, pensando en cierta chica de mi escuela, tarareando baladas de la época mientras los hogares vivían hacia adentro mirando los juegos de Fernando Valenzuela o las telenovelas de Victoria Rufo o de Edith González, y ya las calles eran mis amigas, o mis compañeras, o mis camaradas, o conocían de un chico impresentablemente flaco, melancólico, con corte de cabello anticuado (o sin corte ninguno), la mirada tristona (agachada) y las banquetas y las casas, los jardines y perros, los árboles, los postes, acaso pensarían: ¿qué se trae este con José Luis Perales, con Hernaldo, con Miguel Bosé, con Pecos, con Luis Ángel y con Camilo Sesto, que llueva o se derrita el mundo de calor anda cantando siempre sus cancones? ¿Y a quién la canta tanto? ¡¿A quién?!

Yo sé de calles solitarias y sé qué cosa es ser un solitario en calles solitarias. Alguna noche de Año Nuevo salí de trabajar de un Oxxo en la colonia Libertad en Tijuana, media hora después de las doce de la noche. El judío que teníamos por patrón abrió un vino de dulce de manzana, de esos de treinta pesos, y nos dijo que quería brindar con nosotros por el Año Nuevo y se aventó un discurso. Pensé en recitarles El Brindis del Bohemio, pero teníamos sueño y no lo merecía la ocasión. Después de un desabrido abrazo nos fuimos a dormir. Atravesé las calles solitarias de Tijuana, de Norte a Sur, desde la Libertad hasta la Colonia Gabilondo, y entre callejones oscuros, malolientes, basura, ratas que se atravesaban y un frío que se metía a mi espalda entre mi rompevientos indefenso; caminé lo mucho, lo debido y lo triste con miedo y amargura y entonces, como una maldición que me hacía llorar, yo iba pensando: Yo brindo, dijo Juan, porque en mi mente brote todo un torrente de inspiración divina y seductora, porque brinde en las cuerdas de mi lira, el verso que suspira, que sonríe, que canta y que enamora. Brindo porque mis versos, cual saetas, lleguen hasta las grietas formadas de metal y de granito, del corazón de la mujer ingrata, que a desdenes me mata… pero que tiene un cuerpo muy bonito! Porque a su corazón llegue mi canto, porque enjuguen mi llanto sus manos que me causan embelesos, porque con creces mi pasión me pague… Vamos! Porque me embriague con el divino néctar de sus besos.

Algo sé de calles desiertas en un día o una noche cualquiera. El último autobús urbano de cada día nos recogía a las doce de la noche en la parada a la salida de un aeropuerto gigantesco en una ciudad enorme de los Estados Unidos; nos llevaba hasta el Downtown. No se nos podía pasar porque tendríamos que dormir en las salas de espera del aeropuerto en un diciembre o enero de la frontera con Canadá. Llegábamos al centro de la ciudad para tomar el último camión a la zona Northeast a la 1:15 de la mañana. Media hora después me bajaba del bus para caminar entre la nieve y entre la oscuridad, cinco cuadras para alcanzar mi cama, un trozo de cartón en un piso de madera, envuelto entre cobijas delgadas y baratas en un departamento de una sola pieza, sin muebles, donde vivíamos tres trabajadores ilegales que nunca coincidíamos en los horarios para convivir, para comer. Manos en los bolsillos, los ojos entre el gorro y la bufanda, al menos nunca se apareció el loco y su navaja para teñir de sangre aquel paisaje y para vaciarme los bolsillos. Lejos a la distancia otro amor se moría. O se difuminaba en un destino ajeno.

Las calles lucen necesariamente desiertas. La identidad nacional en estos días se parece a la fase decisiva de una novela de Asimov, de Orwell, de Phillip K. Dick, de esos súper ventas ingleses o norteamericanos que ofrecen catástrofes internacionales a los aburridos lectores estadounidenses que tienen sus alacenas repletas todo el año y cambian de automóvil como nosotros cambiamos de trabajo, cada año. Las calles de mi ciudad y mi país lucen necesariamente desiertas. Yo las recorro como si fuera un ente contaminador, un contagiador tan imprevisto como involuntario. He andado por las calles desiertas desde que tengo memoria y le he tomado gusto a esta condición de paria sigloveintero con afanes letristas o letreros que no deja muy claro si lo que uno da son pasos o son tumbos.

No digo que nadie tenga derecho de quitarme mis calles. Cuando pienso al respecto siento que me corresponden por derecho, pero suena soberbio, altivo, pretencioso. En todo caso pienso que ya me las regresarán, a su debido tiempo. Mientras, ando como un tránsfuga, un quebrantador de la ley, pero evito a la gente como si les temiera. Como si temiera contagiarlos. Como temiendo de que me contagien a mí.

Si los años hablaran dirían que cada vez canto menos. O que ya no hay a quién.

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