Breve historia de dos perdularios

Bitácora de su ausencia

Juan José Flores nava

Hija, debo confesar que cuando lo vi por primera vez me pareció un hombre ordinario. Y para mi ventura no me equivoqué. Él es uno de esos seres que conversan con el desconocido de al lado: en la fila, en el avión, en el autobús, en el restaurante, en el hotel, en el centro comercial, en la calle. A mí, ya sabes, eso me resulta, además de difícil, carente de sentido. ¿A dónde se llevan, los desconocidos de al lado, las palabras ajenas, las emociones vaciadas, los gestos que brotaron aquí y allá para restaurar lo vivido o ensayar la ficción del futuro? Se van. Desaparecen. Se esfuman con el adiós, hasta luego, que tenga usted buen día, prometo escribirle, nos llamamos pronto. Las palabras, las emociones, los gestos sólo sirvieron –si de algo sirvieron– para matar, en efecto, el tiempo. Pero eso a él no parece importarle. Por fortuna. De tal modo que aquella noche, sin darme cuenta, ya estaba platicando con Rubén. Atrapado.

Rubén, mi amigo, lleva una barba gris y al hablar sacude los rizos de su enmarañado cabello que el tiempo poco a poco va volviendo blanco. Eso me hace imaginarlo como el abuelo que una mañana contaría a sus nietos intensas historias –Rubén es un gran contador de historias–; como el abuelo que le hablaría a sus nietos por teléfono de vez en cuando nada más por el gusto de hacerlos reír –Rubén sabe conjugar palabras y situaciones para descuajaringar a cualquiera–; quizás, incluso, como el abuelo que algún día o, mejor dicho, una noche, arrullaría a sus nietos con algo de la música que siempre lo acompaña –Rubén es un noble maestro guitarrista. Sin embargo, Rubén no es abuelo todavía. Y, en un sin embargo aún mayor, Rubén está más cerca de un Bokowsky, ese viejo indecente de la literatura estadounidense, que de un Viejo de los Alpes como el que creara la suiza Johanna Spyri en su relato infantil Heidi.

Rubén y yo nos conocimos en el trayecto del aeropuerto de Ciudad Obregón, al pueblo de Álamos, en Sonora, desde donde se mira a la giganta Sierra Madre Occidental. Puestos en marcha, arriba del autobús, frente a nosotros se abría paso una extensa noche. Así que no hallando nada mejor que hacer optamos por matar el tiempo conversado. Desde luego que él fue quien inició el intercambio de palabras. Al inicio lo seguí más por cortesía que por ánimo, pero pocos minutos después la conversación formal se convirtió en plática jugosa.

Supe, así, que es maestro de guitarra. ¡Pero no un maestro de guitarra cualquiera, eh, sino, como ya dije, un noble maestro de guitarra! Esto quiere decir, entre otras cosas, que, un día después de que nos conocimos, Rubén dio un concierto en el que ejecutó la misma música que hace cientos de años acompañaba al majestuoso Rey Sol, Luis XIV, mientras sus criados lo despiojaban en alguna de las habitaciones del colosal palacio que levantó en Versalles, Francia, en el siglo XVII. Sólo que, en lugar de emplear una flauta, un clavecín o una viola da gamba, el instrumento que Rubén tocó aquella tarde en Álamos fue una guitarra de diez cuerdas.

No exagero cuando te digo que su concierto no sólo fue hermoso, sino todo un éxito. A Rubén lo felicitaban por las estrechas calles de aquel singular pueblo norteño que una vez al año, desde hace más de treinta, se inunda de buena música, ópera y arte. Cuando volvamos a estar juntos, escucharemos algunas de las piezas de La guitarra en Versalles, el disco que Rubén nos regaló y dedicó a ambos y en el que interpreta la música que escribieran –para la gloria de su Rey Sol, de su Luis el Grande– compositores de nombres tan extraños como François de Couperin, Jaques de Hotteterre y Marin Marais.

Pero hay algo más, pequeña, que quiero contarte de Rubén. Seguro ya adivinaste qué es. Sí: Rubén y yo compartimos unas cervezas, unos tragos, y hasta un rato de música con su guitarra. Primero en una oscura y enorme cantina con varias mesas de billar al fondo y con una rocola que, de la nada, comenzó a aullar justo detrás de nosotros. De ella chorreaba una intensa música de metales y tambores, que nos obligó a gritar para entender apenas la tercera parte de lo que vociferábamos. Después de la cantina, seguimos bebiendo en el balcón de la Posada de Don Andrés, el hotel en el que Rubén durmió (al menos unas horas) un par de noches. Y más tarde proseguimos la mona en la misma mesa en que Jorge departía con sus amigos. Jorge, el dueño de la Posada de Don Andrés, es también un secreto artista: sólidas esculturas de madera de todos los tamaños posibles (hechas por él mismo) brotaban por aquí y por allá en los interiores del hotel. ¿Te lo puedes imaginar? Jorge es un hombre gentil. Y nos invitó a beber sin moderación una ardiente y fibrosa raicilla (o mezcal o bacanora) que acumulaba en una gigantesca botella de whisky, cosa, esa de beber sin moderación, que Rubén y yo cumplimos con diligencia hasta Dios sabe qué hora.

Sin embargo, corazón, no es esto lo último que quiero que sepas de Rubén. De lo que quiero hablarte es de lo más valioso que me enseñó aquella tarde, antes de que callera de nuevo la noche, mucho antes de que la bebida de fuego nos hiciera olvidar los relojes, en un tiempo anterior a la alegría de la música y a la inconciencia del canto; cuando recién bendecía el alcohol nuestra sangre, él, Rubén, me enseñó a buscar dentro de mí cómo quererte, cómo no olvidarte, cómo tenerte cerca sin importar la distancia física que un maldito día impusieron entre nosotros. Rubén, en su momento, supo resistir. Y después perdonar. Hoy tiene como recompensa el amor de su hija. Yo estoy aprendiendo a hacerlo. Estoy aprendiendo a resistir. Y a perdonar.

No te escribo, como lo hubiera hecho hace unos meses, hundido en la angustia y la tristeza, en el rencor y el coraje. Ahora lo hago desde la alegría de saber que estás bien; desde la felicidad de oírte decir, cuando platicamos, que te gusta jugar, leer, aprender, sumergirte en la ociosidad, bromear, divagar; desde el gozo de saber que estás aprendiendo ya a extraviarte en tus pensamientos, a reconocer en tu cuerpo los tímidos atisbos de mujer, a observar con perspicacia tu entorno, a criticar tu mundo.

Hace más de un año, hija, la entrometida distancia se nos impuso. Nadie pidió tu opinión, nadie quiso indagar y respetar tu sentir. No puedo acostumbrarme a tu ausencia. No quiero. Así que de las tristes historias que apretujaron las entrañas de aquellos dos perdularios que se perdieron entre las sombras del lejano pueblo de Álamos, nace esta bitácora que, al registrar tu ausencia, guarda las más sonoras vibraciones de mi tránsito por un país que me recuerda, en cada coordenada, tu presencia.

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