Bravía: las más dignas habitantes en el interior de esas paredes que es la danza

L. Carlos Sánchez

Las historias que se parten. El contraste. Lo que un elemento significa dolor en uno de los personajes, para el otro puede significar el mayor de los placeres.

La más certera propuesta plástica, poética, en el más humilde y potente escenario: Andamios Teatro. La optimización de los recursos.

Esto es la danza que se traduce en pasión desde el rostro, la mirada, el movimiento, la iluminación, la música. Y el binomio perfecto que forman Tiffany Solís y Zahaira Santa Cruz, integrantes de BiAtch danza lab.

En contexto de la Muestra Estatal de Danza 2020, que organiza Instituto Sonorense de Cultura. La proyección desde las redes sociales, porque es tiempo de resguardo y la pandemia así lo dicta.

Dicen las protagonistas de Bravía, que el punto de partida para la creación de esta coreografía es Catalina, personaje de Shakespeare en La fierecilla Domada o La doma de la Bravía.

Y dicta la reacción al contemplar este montaje, que la vida ocurre en el escenario, desde la ficción o desde la investigación, desde la historia y ese registro personal de las bailarinas. Porque el conocimiento de causa es evidente, porque las manos que acarician conllevan el más puro deseo de protección de una para con la otra: hablo de la historia que es humanidad en ambos cuerpos, en ambos nombres.

El cuerpo es el lugar donde habitan los recuerdos, los temores. El cuerpo es el privilegio, una armadura que se vuelve hacia su interior, la protección de lo externo, las manos cruentas que lastiman. Las paredes ignotas que no obstante están y laceran.

Hay un estricto sentido de la poesía cuando las manos deforman el color púrpura y la reacción satisfactoria del lado izquierdo del escenario visto de frente, es la contraparte de la reacción del lado derecho.

Herrumbre desde la desolación que emana del rincón más íntimo, la sugerencia de un aborto, la sutileza de la castración que se decide cuando la desesperanza clausura toda la posibilidad de seguir andando. No hay devaneo más frugal antes de ponerse el sol.

Porque el aullido del coyote convertido en varón asecha. Lo sabe, quien tanto ya lo ha padecido. Y es un nombre de mujer que habita en Bravía.

Bravía, ese dulce acontecimiento en dos cuerpos que levemente, sutilmente, desgarradamente, se fusionan y salvaguardan la dignidad. Porque tan solo asomarse y el mundo carente no sabrá lo que la palabra libertad inquiere. Ni el viento silbará la preciosa melodía necesaria para andar la vida con inocencia inherente en la que conviven los más límpidos personajes, las más dignas habitantes en el interior de esas paredes que es la danza.

El dardo en movimiento se frena contra pleno pecho del receptor. Duele o felicita. La lectura es una conclusión per se. Del tamaño de la locura puede ser la interpretación, del grado de la sensibilidad puede ser la desolación.

Bravía es a todas luces el poema que se escribe en exterior, cuando la noche avanza, cuando la bruma de los fantasmas interiores construyen esa coincidencia entre intérpretes y espectadores.

La estética del movimiento es una hoja de árbol que se desprende y cae sobre el sereno de otoño.

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