“BENDÍCEME, MUERTE, CON TU ESPADA LUMINOSA”: Melodías del suplicio, de Ricardo Muñoz Munguía

Ramón I. Martínez

“Hemos sido arrojados a la existencia” (Sartre dixit), y desde ahí comienza un suplicio hiperónimo que se manifiesta en diferentes conflictos existenciales, empezando por la consciencia de la muerte, la situación límite por antonomasia. En ese contexto podemos releer e interpretar el poemario publicado de Ricardo Muñoz Munguía: Melodías del suplicio.

En música de esferas se relacionan los astros, según los pitagóricos. En música reflejo de la anterior, en melodías de suplicio nos relacionamos los humanos. Melodías contrastando las sombras del cementerio con movimientos de alta luminosidad.: “He visto la asfixia mostrar su luz / apenas en los límites terrestres”. Juego de conciliación opuestos, dialéctica que ya había anunciado Octavio Paz en su Arco y la lira. Y al igual que en la poesía de Paz, en la de Muñoz Munguía encontramos un intermitente juego de luces y sombras, contrapuntos en este lento y amargo devenir de un río como el que inicia (y finaliza) “Piedra de Sol”, de Paz: “avanza, retrocede, da un rodeo y llega siempre.”

Melodías del suplicio, el poemario que nos ocupa, se encuentra dividido en cuatro secciones armónicas: “Sacrilegio de cicatrices”, “Estuario”, “Plegaria por las ciudades”, “Luciérnagas núbiles”.

  1. “Sacrilegio de cicatrices” nos remite al creyente que ha perdido la esperanza y por ello profana lo sagrado, en una cierta desazón espiritual que reniega del pasado manifestado en cicatrices. De ello da testimonio la “Feria de epitafios” con que se abre el volumen:

XIII

Escribo enmedio de un cementerio

entre risas de envidiables vagos,

crezco a diario dentro de un árbol

entre cantos y rezos y lágrimas,

soy olvido a carta cabal

entre campanas doblándose insolentemente,

me aferro en el milagro de la memoria

entre los verbos de mi sangre.

(p. 25)

Memoria y olvido (como un monumento mortuorio, como un epitafio o a lo menos como un cenotafio) es la escritura en la que el propio poeta se reconoce para aferrarse al milagro de la memoria. El simbolismo del árbol tiene reminiscencias de varios poetas de los más diversos: Miguel Hernández, Jaime Sabines, Octavio Paz, incluso la lírica popular donde es uno de los lugares amatorios (locus amoenus) más comunes. Pero aquí el árbol adquiere un simbolismo más cercano a lo litúrgico, como cuando en los oficios litúrgicos de Viernes Santo católico se entona: “Mirad el árbol de la cruz donde entregó su vida Cristo el redentor del mundo”. En la poesía de Ricardo Muñoz Munguía el árbol no sólo es la muerte, sino sitio de privilegiada redención a través de la escritura que busca la supervivencia: la memoria como milagro de la sangre manifestada en la forma estética y vívida.

  1. “Estuario” a través de sus múltiples simbolismos nos remite al río que desemboca a la mar que es el morir; el amor muchas veces equiparable con la muerte:

Ahora podrás llamarte mi viuda:

sin desearlo has conseguido

doblegar al rey sin ningún esfuerzo

y sobre el tablero habrá quedado mi espíritu

(“Jaque”, p. 47)

El amor que no se cumple sino en la muerte, en la agonía (así sea en la desmemoria donde la amada y la muerte se cumplen y confunden).

  1. “Plegaria por las ciudades” se abre con la clave dada por un epígrafe de Rosario Castellanos: “Arrullemos/ con canciones de cuna a la memoria/ y amemos esta zona devastada”. ¿Qué es la soledad sino una gran devastación donde todo se derrumba de amorosa manera?: Fundar sombras bajo las aves que “alzan una red tejida con su canto/ en el que atrapan las figuras del clamor y del vacío.” (p. 73). La oscuridad siempre presente a pesar de la luz que se filtra entre las redes aéreas:

La muerte es de metal; yo lo afirmo.

La noche es ayer; como ayer fui niño.

(“Mineral de infancia”, p. 76)

La ciudad se vuelve en voz del poeta en “Puerto de sueños” de donde nos originamos y a donde regresamos siempre por los prodigios alternativos de la memoria y de la desmemoria.

  1. En “Luciérnagas núbiles” tiene más variantes aún el tono claroscuro del amor cantado en las tres secciones anteriores del poemario. “La blanca hora” (p.106) se ha vuelto propicia para el amor: “Indóciles oleajes en que vibramos / son palabras encumbradas / sobre tus pechos frescos”. La amante núbil se convierte en un ser de luz recreado en los simbolismos recurrentes donde impera la “limpia desnudez” del verso pulido en imágenes del poeta y de su deseo. La escisión eterna (retomando el título de Cernuda): La realidad y el deseo. Tal vez desde este fondo han nacido estas melodías.

Ricardo Muñoz Munguía, Melodías del suplicio, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Puebla. 2011, 116 p., Colección Alejandro Meneses.

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