Bala perdida

Texto e ilustración: Abril Borbón

La muerte ha manchado mis ojos desde que presencié el temor de una bala perdida. Atónita clavé mi mirada en el sujeto que apuñaba un arma de fuego mientras que transeúntes frente a mí se tiraban al suelo. El horror y la indecencia que sentí en segundos no escatiman mis nervios al grado de no mover ningún musculo de mi cuerpo: el shock. El renacer de un alma en pena, la imposibilidad de un adiós. El ensordecedor llanto de una anciana, el suspirar de una señora y el grito de los testigos que tomaron mi mano para tirarme al suelo. El cielo se pintó de azul y las nubes emprendieron su retirada. Gélida es la muerte. La siniestra que arrebata la vida. Con la inocencia se nace y en consciencia se muere. Hay a quienes no se les concede esa oportunidad. La rosa que cortan en el jardín. El colibrí que se postró en ella. El asfalto de las calles y las piedrecillas se incrementan en mi mirada, un destello de sol. El olor del plomo me recuerda el escenario. Unas manos presionaban mi abdomen. Mi respiración lánguida y yo nos despedíamos de la luz de los días.

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