Ayer vendí mi nombre gastado por un puño de rabia…

Marabunta, de Balam Rodrigo

L. Carlos Sánchez

En esta página herida en la que escribo sobre mis padres / lleno mis ojos con la textura de sus manos / mientras las mías pierden su fuerza / en el teclado del ordenador / en el que vierto estas letras inútiles, / estos siglos de tinta fantasma / que no pueden forjar un poco de pan para los míos, / pero atestiguan su existencia y su memoria.

La poesía construye un periplo desgarrador. Porque la mirada del poeta habita infancia. Justo allí donde se fecunda la empatía, la capacidad para montarse en los zapatos del otro.

A la vuelta de la vida, Balam Rodrigo, ya una vez que cuelga sus arreos de futbolista, inicia este periplo de reconstrucción donde se describen, a manera de verso, en estilo de crónica, las imágenes y acontecimientos más desoladores y paradójicamente también los instantes límpidos de una infancia donde la poesía es puntual. Cito:

Recuerdo que mi padre nos despertaba a medio sueño en la honda noche, / molidos por el silencio que cantaba en la sangre de los gallos / y nos hacía ir hasta la puerta cerrada por los clavos / y una tranca tan rústica que parecía la espalda aserrada de un árbol recién talado.

De día, las puertas de las hijas se habrían / hacia el fondo de la casa: eran las páginas de un libro empotrado en el cemento del muro, / un libro verde y alto en donde el aire o el gran ojo del sol / leían el dintel lamido por la cal / y el olor a cedro de los muebles pasados por el agua / en el entrar de las cosas en el polvo, la saliva o la luz.

Estos versos, estas imágenes que son recuerdo, alternan las historias de fatalidad en el mundo Marabunta, como para no devastar al lector, o porque simplemente el instinto al momento de la creación es un camino donde el poeta no pude manipular, ni conducir ya lo que el subconsciente le dicta.

Sin embargo, la fatalidad es también punto crucial y constante en el ir y venir del poemario. Porque simplemente, dirá usted apreciable escucha, querido lector, el solo deletrear la palabra frontera, o migrante, o trenes, o rieles, o Centroamérica, ya contiene la sugerencia de un grito desolado que busca, que desea permanecer.

No obstante un cuchillo pavoroso es la noche, el ruido del metal que avanza  se silencia sobre las vías. La metáfora se congracia como un aliciente, para que la voz no se atore en la garganta, para que la sangre implícita no manche el papel ya impreso.

Poema 6. (Sueña Orlin en voz alta):

Se tiende a morir la noche en los andenes.

Rueda el sol sobre rieles de sudor  y amputa en sombras los muñones del día.

El sol es un migrante que carga su morro de ámbar / basta hundirlo en las fauces del cielo: pozo, grito sin aire, boca sin dientes del futuro.

(Me acerco al pozo. Tiro un cubo de sed / a su garganta. / Chirria de óxidos la garrucha. / Suda el lazo esquirlas de luz para amarrar el agua. / Halo la cuerda y la música del pecho tensa mis venas. / Hundo la lengua en un balde que ha llenado la noche: la saco untada, mojada en sombras, entintada / como un vaso de mar en el silencio: ahogada en sangre).

Vuelve la sed y camina descalza / por estos largos rieles que me saben de memoria.

La noche palpa, deletrea sin nombre lo que toca: monto un tren que vuelve una y otra vez / hasta ese día en que los bastardos de la muerte / (migras, narcos, policías, malandros) / me tocan al hombro y mutilan mis sueños: mejor lanzarse a la guillotina de la noche / morir bajo las ruedas de La Bestia / que pesan menos que el odio.

El odio que jamás habitó en la casa de Balam, la generosidad sí. Balam aprendiendo desde niño la lucha de todos los días por encontrar los recursos de manutención por los que su padre se alistaba de mañana para ir a conseguir al otro país, al otro lado de la frontera esa que nunca les fue tal, porque Balam, al y su familia son como viento, y con un Dios de su lado, porque él tampoco necesita pasaporte.

La memoria como un acontecimiento constante para retomar las pulsaciones de esos días. De qué otra cosa puede estar hecho el poeta si no de la infancia y los instantes que le llenaron de preguntas la memoria, los viajes más allá de buscar el placer, la constante necesidad de lucha, para que a los hijos no les falte nada.

Otro poema:

2.- El viaje. El río. El cambrista

Voy a cobrar unos quetzales a Malacatán. / Acompáñame, hijo. Allá compramos carne, / los cortes son aún a la manera de antes, / tal como eran aquí.

También compraremos pollo campero y pan / en el mercado: “Vámonos pues, aún es temprano”.

Entre Colinas del Rey, y la carretera panamericana / una camioneta oxidada y ocho pesos:

¡Talismán! ¡Talismán! grita el cobrador / a cada cuerpo que viaja en el silencio de la frontera.

Todo a nuestro alrededor es verde: vertical y horizontal, el verde.

Bajar junto a la aduana mexicana / y caminar sin que hayan preguntas, documentos.

Nada de eso importa, todos lo saben: no existimos.

Más allá, un falso pasillo repleto de uniformados Y rejas: sordo cardumen de pájaros desteñidos.

Llegamos al pie de una galera de hormigón, / la aduana guatemalteca.

Triciclos, ir y venir de cuerpos, Olor a rancio mar, / sudor, olor a mar muriéndose.

Cincuenta metros y estamos al pie de los cambistas /: pacas de dólares, quetzales, pesos.

“¿Güero, cuánto vas a cambiar hoy?” / Cien quetzales / “Tené: cabal la paga, manito…”

Atravesamos la sombra de hormigón / y tomamos el taxi hacia Malacatán.

Seis quetzales hasta la boca del mercado/: treinta minutos de varios y borrosos nombres de aldeas.

Atrás ha quedado un río que parte el odio en dos país /: ficción del agua que no cesa de fluir, como la sangre.

El odio también un acto inevitable, odio desde la existencia de la palabra frontera.  El odio que se extiende por el río Suchiate, el odio que cruza por el aire, el odio para con los otros, los que buscan, los que desean, los que ya nada tienen que perder más allá de la vida. Y mejor será intentarlo a morir en la parálisis.

Desde su perspectiva y conocimiento del tema que en Marabunta expone, Balam Rodrigo exalta la figura de uno de los poetas más grandes que ha dado la América Latina. Aquí los versos que cuentan y cuestionan:

  1. La navaja. Borges. La garganta.

Late –esta navaja yugular que empuño– / como la lengua de un ángel en mi mano; / querido Borges, aquí no hay compadritos, / ni pampa, pero vos y yo y los otros / vamos hundidos en calles de miedo / que corren como ríos de zarza en las espaldas; / alguien me dijo que quien lleva un arma es cobarde/ : y sí, dos somos los cobardes buscando filos en el otro; / y vos, querido Borges, sé que dejarías la pluma / y las historias de infamia para sostener esta navaja / y afilar tu sangre en esta hora/ : sé que darías tu última visión para empuñar este cuchillo / que late relámpagos e intenta escribir de tajo / al menos una línea en el cuello del hombre / que miro frente a mí: habrá que darle paso a la hoja / para que cifre profundos signos rojos / en su inédita garganta.

Los acontecimientos son argumento sólido. Los argumentos que dictan historia de la desgracia. La desgracia vista y después escrita por Balam.

Qué función tiene el ejercicio de la poesía para con la sociedad. Esta pregunta al leer la propuesta de Marabunta, me trae como respuesta que el hecho de contar la realidad es quizá su más ferviente ejercicio para que nos empapen la mente a través de la mirada.

Ir a allá, arengar los fierros, sentir el viento nocturno y los ojos que de pronto acechan intentando arrebatar la vida. Marabunta existe en ese viaje al que nos lleva, las conclusiones serán a partir de la sensibilidad de quien se trepe a este viaje.

Por lo pronto, a manera de rúbrica, aquí Balam cuenta otra vez:

(Llaga en el éxodo)

Frontera Talismán, Chiapas, México, febrero 15, 2003.

Cada año, miles de indocumentados se internan

en territorio nacional con el fin de alcanzar la frontera

con Estados Unidos. De ellos, tres cuartas partes no llegarán

a ver cumplido el sueño americano, pues los esperan miles

de kilómetros de peligroso y difícil camino.

Diario del sur.

1.

Caminar con los testículos mordidos por el miedo, / con el horros besándonos los ojos y las uñas.

Caminar junto a los árboles que huyen / hacia las fronteras en ciegas madrugadas / elegidas por serpientes.

Reventar las vísceras de las fatigas / donde canta un pájaro de veras voces:

levanto el fémur de mi estirpe calcinado, / levanto mi lengua y los bautizan los jinetes de la muerte.

Hablo y mi palabra desgaja las columnas / de un templo envenenado por violentos.

El insecto que zumba en melodías de trueno / ha bendecido nuestra boca.

Nada más cerca que un beso de mil espinas

lacerando nuestra carne.

En levísimo duelo, las tórtolas inician la mañana / que yace abatida y llena de gritos en nuestras manos.

Ayer vendí mi nombre gastado por un puño de rabia…

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