Arte incómodo

 

Vladimir González Roblero

Uno

En torno al arte no dejan de ser vigentes preguntas respecto a si una obra es solamente expresiva o si tiene una capacidad de agencia, es decir, si actúa en la realidad. El primer cuestionamiento se desprende de una de sus vetas, la estética, aquella que considera que el arte es mera contemplación, y desde aquí su finalidad es procurar placer. La segunda cuestión se desprende de su veta sociocultural, y considera que el arte es una institución social, por lo tanto, se vincula a prácticas y discursos de orden político, económico, cultural.

En lo particular, prefiero pensar al arte como un dispositivo de poder, es decir, capaz de incidir en nuestra cotidianidad no solamente como experiencia estética, sino que incomoda, mueve a mirar el mundo en su complejidad social y actuar de manera crítica. Lo anterior es menester para entender dos casos, uno recientísimo: “La Revolución”, de Fabián Cháirez, y otro no tanto, “Oh, chiapaneca mi amor”, de Astrid Breiter.

 

Dos

He seguido las redes sociales virtuales, ese aleph, en donde hay infinidad de comentarios sobre “La Revolución”, obra que retrata a Emiliano Zapata feminizado. Me llama la atención una confusión: quienes la critican creen que Cháirez ridiculiza a la persona, a Zapata, y por lo tanto consideran que atenta contra una de las figuras icónicas de la mexicanidad. No es del todo cierto. La crítica del artista es a una estructura social, el patriarcado, y a uno de sus engendros, el machismo. Si revisamos otras de sus obras, encontraremos que la temática se repite, por ejemplo, con personajes de la lucha libre mexicana.

Ahora bien, me parece que, sin proponérselo, el otro escozor que ha causado es el atentado contra la identidad. Bien es sabido que nuestra historia se ha fincado en la idealización de esos personajes que nos han dado patria, tierra y libertad. Zapata, obviamente, es uno de ellos. Son esos personajes, sus hechos heroicos, constitutivos de lo propio, lo nuestro, lo que nos identifica. Identidad y machismo se mezclan, confunden y muestran el lado oscuro, homofóbico, de cierta mexicanidad.

 

Tres

Algo parecido ocurrió en Chiapas, la patria chica. En el año 2014 la artista Astrid Breiter creó una serie con imágenes de parachicos y chiapanecas erotizados, a la que tituló “Oh, chiapaneca mi amor”. De esa serie otro artista, Neftalí Flores, hizo fotografías con la misma temática. Inmediatamente despotricaron los usuarios de redes sociales. La confusión fue similar al caso anterior. El argumento de los quejosos fue que se estaba dando un mal uso a los trajes regionales y que se desvirtuaba la cultura chiapacorceña, además de atentar contra la Fiesta Grande.

Lo que hay detrás, aunque no sé si intencionalmente, es la crítica a una estructura social, la tan manida identidad. El arte nos hace ver nuestros esencialismos: pensar que la cultura debe permanecer estática, inmaculada. Muestra fragilidades y nos recuerda los riesgos de los nacionalismos.

 

Cuatro

Los dos casos, discursos artísticos disruptivos, apuntan hacia el descubrimiento de cierta religiosidad. Los amagos de quemar la obra “La Revolución” suponen efervescencia, actitudes casi dogmáticas, como si de feligreses se tratara. En ellos hay eficacia en dos sentidos: la capacidad de actuación del arte en nuestra cotidianidad, pues nos mueve e incomoda, y la eficacia de la construcción de la identidad social cuya condición obedece a la esencia de los propios Estados nacionales.

 

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